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Entradas entre la beneficencia y la reventa

Niños de las favelas llenan los asientos vacíos de los estadios mientras la policía persigue a los que trafican con billetes

Tres niños durante el partido de hockey entre España y Nueva Zelanda el 9 de agosto.
Tres niños durante el partido de hockey entre España y Nueva Zelanda el 9 de agosto. AP

No hay mayor temor para las cadenas de televisión con derechos de transmisión de los Juegos Olímpicos que un estadio vacío. Ocurrió en Londres en 2012, en Pekín en 2008, en Atenas en 2004 y estos días en Río de Janeiro: en el país del fútbol, las cámaras no consiguen disimular las decenas de sillas de colores sin dueño en la mayoría de los deportes. Ni siquiera un deporte rey en Brasil como el voley-playa, con su cuna en las playas de Copacabana e Ipanema, consigue estos días llenar sus gradas.

Durante los primeros días de competición, la tiranía de los asientos vacíos fue el principal dolor de cabeza de los organizadores de los Juegos de Londres en 2012, que acabaron poniendo un chándal a los militares encargados de la seguridad en los estadios y los mandaron a animar a equipos extranjeros.

En Río, el comité organizador ha entregado 285.000 entradas a escuelas y programas sociales. Entre las caras que ocupan los asientos vacíos está Christian Soares, un niño de 10 años que vive en el Complejo de Favelas da Maré, un barrio donde es común que los niños pierdan clase por culpa de tiroteos y donde los recientes eventos deportivos han dejado un legado de intervenciones militares. “Me encantó aprender algo nuevo”, cuenta el niño reproduciendo los pasos de esgrima al acabar el espectáculo.

El padre de Christian es angoleño y limpiador y su madre empleada doméstica: comprar una entrada para el espectáculo olímpico —la más barata ronda los 15 euros— para él y sus tres hermanos está completamente fuera del presupuesto familiar y de su idea de en qué debe gastarse el dinero. Mientras Christian y sus compañeros de clase llenan las gradas para evitar el vacío, cientos de entradas servían de contrabando en hoteles de lujo de Río de Janeiro. La policía de Río detuvo la semana pasada a un irlandés y una brasileña con nueve millones de euros en tickets. Las entradas se vendían ilegalmente por precios exorbitantes: asientos que tenían un precio oficial de 400 euros llegaban a venderse por 7.000 euros.

Del Mundial a los Juegos

Los dos detenidos son empleados de THG Sports, una de las mayores empresas de venta de entradas y paquetes de viajes para eventos deportivos, con sede en Londres. Su director, James Sinton, llegó a ser detenido durante el Mundial de fútbol 2014, también en Brasil, por integrar una mafia de venta ilegal de entradas. Según la policía, que continúa investigando los tentáculos del grupo, los contrabandistas habían conseguido para los Juegos una estructura aún mayor que durante el Mundial.

Ajena a los estadios vacíos, a los niños pobres que los ocupan, a los contrabandistas y el sentido común, emerge la afición brasileña. Protagonista de titulares desde que comenzó la competición olímpica en Río de Janeiro, los brasileños han llevado su cultura futbolística, de insultos, abucheos y cánticos, hasta las disciplinas de mayor concentración.

Mientras que los equipos brasileños como el del balonmano femenino —que debutó con una victoria ante Noruega y ayer cayó ante España— agradecía el calor del público, algunos deportistas brasileños y extranjeros se han quejado estos días de una hinchada que no respeta los tradicionales segundos de silencio en la cancha para apuntar un disparo, oír una pelota de tenis de mesa o sacar en un partido de tenis.

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