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El deber de Portugal

A los jugadores se les recordará en las vitrinas, donde se recuerda a los campeones

Fernando Santos, manteado tras la victoria.
Fernando Santos, manteado tras la victoria. Getty

La final de la Eurocopa ha vuelto a desenterrar el debate entre realidad y ficción, o sea entre ganar y el modo de ganar, siendo esto último el capricho del autor, que ensalza y mata personajes a su criterio. Una corriente futbolística que suelen poner de moda los aficionados cuando su equipo pierde es que la victoria da igual, pues lo importante es lo que “queda en la memoria”, los niños (con los niños ya se justifica cualquier cosa) y un valor oscuro e insondable que al parecer surge de la derrota. En el caso de la Eurocopa se ha optado sin embargo por la tradición: la victoria de Portugal desprestigia el torneo porque su fútbol no ha entrado, por mucho, en los cánones establecidos. Lo curioso es que se opta por atacar a un equipo después de ganar la Eurocopa jugando “muy mal” al fútbol, un hecho que a mí siempre me ha parecido que tiene un valor extraordinario: ser capaz de jugar peor que los demás y ganarles. Que el gol de la victoria haya sido de Éder, un jugador del que recuerdo párrafos casi injuriosos durante el Mundial de Brasil (los recuerdo no porque los haya leído, sino porque los he escrito), termina de componer un cuadro verdaderamente emocionante.

El debate tuvo su momento más delicado en España cuando se enfrentaron el Madrid de Mourinho y el Barça de Guardiola. Se le reprochaba al Madrid que saliese a jugarle al Barcelona no como el Barcelona, sino como le daba la gana al entrenador del Madrid. El Madrid debía de jugar como el Barcelona sin los jugadores del Barcelona para homologar sus victorias, que las hubo.
Nunca respetó tanto el Madrid al Barça como cuando asumió que no podría jugar como él, y le regaló el balón para que no se lo quitase por la fuerza, y lo esperó atrás para intentar matarlo al contragolpe. Pero eso no bastaba: también había que perder. Sólo perdiendo el Madrid podría decir que lo había intentado respetando al buen aficionado al fútbol. El problema es que intentando ganar con sus propias armas, en lugar de intentarlo con las que le ofrecían sus adversarios, el Madrid respetaba al madridismo.

Como Portugal, jugando más feo que el Madrid entonces, pero jugando más feo de forma más perfecta, ha respetado a los portugueses el domingo. Por eso Fernando Santos, su entrenador, tiene que salir a decir una perogrullada con carácter de titular, porque así está el fútbol: “Estamos aquí para jugar la final y ganarla”. Y Juan L. Cudeiro, en este periódico, recuerda oportunamente un refrán portugués: “Quem feio ama bonito lhe parece (Quien ama a un feo hermoso le parece)”. No fueron bonitos y no se les recordará en los museos, donde se recuerdan a los artistas; se les recordará en las vitrinas, donde se recuerdan a los campeones. Hay milagros como el propio Barça de Pep que tiene el privilegio de ser recordado en ambos lugares; hay equipos que entre el museo y la vitrina, eligen el deber.

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