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Federer se desinfla ante Raonic

El numero tres se despide de Wimbledon tras perder contra el canadiense (6-3, 6-7, 4-6, 7-5 y 6-3, en 3h 24m), que el domingo disputará su primera final de un gran torneo contra Murray (triple 6-3 a Berdych)

Federer, tendido sobre el césped de la pista central de Wimbledon. Ampliar foto
Federer, tendido sobre el césped de la pista central de Wimbledon. REUTERS

Se terminó la aventura, el hermoso periplo que estaba firmando Roger Federer en esta edición de Wimbledon, cuyo público se quedó sin la presencia del suizo en la gran final y, por lo tanto, con la miel en los labios. El número tres del mundo cedió ante Milos Raonic después de un pulso muy estratégico (6-3, 6-7, 4-6, 7-5 y 6-3, en 3h 24m) y el tenis deberá seguir esperando, porque el fotograma de Federer alzando su 18º trofeo del Grand Slam y edulcorando su leyenda no se producirá ahora, en Londres. El de Basilea, que a sus 34 años aspiraba a su octava corona en el All England Tennis Club, perdió el tren. Se evaporó la tentadora idea de verle alzando otro grande y terminando con una sequía en los majors que se remonta hasta 2012, cuando firmó su última gran consecución individual, precisamente en la hierba londinense.

Se marchó Federer, despresurizado en la recta final del partido y tristón de camino al vestuario. Marchó el suizo y con él un gigantesca porción de la mística y el glamour, porque si a alguien le debe otra condecoración el deporte es a ese hombre que en la veteranía aún conserva el arrojo y la pasión por el juego, y que hace disfrutar a la gente como muy pocos atletas, siempre desde la buena praxis y el buen ejemplo, con la exquisitez por bandera. Como contrapartida, el circuito asistió al estallido de Raonic, al que se le esperaba y que ahora parece haber llegado, porque eliminar a todo un Federer, en Wimbledon y alcanzar su primera gran final es claro síntoma de que el gigante que tenía la voluntad de codearse con la élite se va acercando a esta.

Buen trabajo el que están haciendo Carlos Moyà y el resto de equipo del canadiense, estancado desde hace un tiempo en la zona de confort oscilante, cercana al top-10, pero sin premios con resonancia. Este viernes Raonic dio un golpe muy fuerte, tan poderoso como ese brazo derecho que le permitió ejecutar el servicio más veloz de este torneo (a 231 km/h) y derrotar a uno de los grandes símbolos históricos del tenis en un pulso de lo más táctico, marcado por la fiabilidad de ambos al saque. Por eso, la cuestión consistía sobre todo en no dar un mal paso, en no hacer ni la más mínima concesión porque reparar el daño se antojaba casi imposible.

El genio bajó los brazos y se fue. Se marchó y con su salida se evaporó una gran porción de mística

Federer empezó a remolque, set abajo, pero invirtió la atmósfera y todo hacía indicar que accedería a su undécima final de Wimbledon, pero no fue así. El suizo pagó dos resbalones: el primero en el cuarto parcial, cuando con 40/0 a su favor cometió dos dobles faltas y no cerró el juego, demarrando Raonic hacia el definitivo 7-5 de ese set; y después, en la última manga, el canadiense le rompió el servicio (para 3-1) y Federer bajó las brazos y se rindió, quizá demasiado rápido. Desde ese instante hasta el final, el suizo no hizo más que maldecir para sus adentros, consciente de que ese paso en falso probablemente le iba a privar del gustazo de competir en final.

Y así fue. El genio se fue, y con su salida menguó la mística.

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