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Hay tiempo

En pocos escenarios como en un estadio es pródiga la agonía del paso de los minutos, el fútbol es un asunto de última hora

Chiellini e Ibrahimovic, en el Italia-Suecia que ganaron los primeros merced a un gol en el minuto 89. Ampliar foto
Chiellini e Ibrahimovic, en el Italia-Suecia que ganaron los primeros merced a un gol en el minuto 89. EFE

En fútbol siempre hay tiempo. Esta es una lección que aprendes sin necesidad de haber visto un partido en tu vida. Yo empecé a ser consciente de ella en la universidad, cuando conocí a un estudiante de Derecho que se había matriculado en un par de asignaturas de Filosofía. Se llamaba Charly y no pisaba la facultad hasta tres días antes de los exámenes. “Llega usted un poco tarde”, le reprochó el profesor de Introducción a la Antropología Cultural la primera vez que lo vio por su clase. Charly sonrió a medias, alzó un poco los hombros y respondió casi en latín: «Hay tiempo». Parecía Obdulio Varela en la final del Mundial del 50, justo después del gol de Brasil, cuando con el balón bajo el brazo se dirigió muy lentamente al centro del campo para reanudar el partido. Esos dos minutos en los que no se jugó son quizá los más transcendentales de la historia del fútbol. Y es que no importaba perder el tiempo, porque había más. De hecho, al poco marcaron Schiaffino y Ghiggia, y Uruguay consumó el maracanazo.

No recordábamos una Eurocopa tan generosa en goles tardíos, obtenidos al filo del final

En la misma línea flemática, Charly sacó un notable alto en aquel examen, y en todos los siguientes. No sé cómo lo hacía. En cuanto nos tomamos un poco de confianza, descubrí que su control sobre el tiempo abarcaba cualquier faceta. Eso incluía los jueves por la noche, que en aquella época podían caer a martes o a sábado. Hacía acto de presencia sobrio, perfectamente arreglado, airoso, cuando los demás empezábamos a sentarnos en las aceras para agarrarnos al suelo. “Las cosas interesantes siempre pasan a última hora”, le gustaba decir, para explicar la tranquilidad con la que irrumpía en las discotecas, y que nosotros estuviésemos completamente borrachos y él no.

Esta idea sobre la emoción y plenitud de los momentos culminantes adquiere un sentido profundo en el fútbol. No recordábamos una Eurocopa tan generosa en goles tardíos, obtenidos al filo del final. Francia, Italia, España, Alemania, Inglaterra, Hungría o Irlanda del Norte han marcado en los desesperados márgenes del minuto 90, cuando uno se siente tentado a creer que ya no hay tiempo para nada. Y ni siquiera nos hemos adentrado en las eliminatorias y sus prórrogas. Es como si la falta de esperanza en marcar, después de minutos, horas, semanas de asedio estéril, espolease los ánimos. Todos hemos vivido días de los que nuestra perseverancia obtuvo un pequeño milagro. Al final siempre hay un resquicio. En pocos escenarios como en un estadio es pródiga la agonía del tiempo. El fútbol es un asunto de última hora. Charly lo sabía. No le interesaba el deporte; en realidad, tampoco el Derecho o la Filosofía, pero tenía una confianza ciega en sí mismo, y se entusiasmaba pensando en que podía hacer cualquier cosa. Tenía fe en los milagros mundanos. Jamás vi a nadie estirar el brazo con tanta clase para consultar la hora, y después decir: “Hay tiempo”. Daba envidia verlo. Y ni siquiera tenía reloj. Eso sí que era fútbol.

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