DAMAS Y CABELEIRAS
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Una final para contentarlos a todos

Como aficionado culé, me decanto por proclamar que con el Real Madrid como protagonista de la historia no queda otro remedio que apelar al destino

Sergio Ramos levanta La Undécima en San Siro.
Sergio Ramos levanta La Undécima en San Siro. Laurence Griffiths

Desde un punto de vista tan poco objetivo como respetable, espero que lo entiendan, servidor tenía la impresión de que el Real Madrid se presentaba en Milán con el equipo a medio construir o a medio derribar, un poco como esas casas de ladrillo desnudo y cubiertas de uralita con las que se encuentra uno de vez en cuando mientras pasea por algún pueblo de la Galicia más profunda; era algo que no se podía saber con certeza hasta conocer el resultado.

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Giró la rueda y en la suerte final de los penaltis se confirmó la victoria blanca, lo que disipó cualquier duda sobre si el Madrid de Zidane subía o bajaba, incluso de si había o no había escalera. El madridismo fiel y desacomplejado, pues también existe uno casquivano y cenizo, se iba tarde a la cama después de la merecida celebración, quizás los únicos conscientes de que los triunfos de su equipo solo son comparables a lo que dijo aquel matemático francés acerca del corazón: están cargados de razones que la razón no entiende. Las alegaciones a tan valioso triunfo quedaron para los eternos insatisfechos de la familia y los afiliados a equipos rivales, estos últimos especialmente acostumbrados al oficio y, a menudo, mucho más preocupados por el pasado, presente y futuro del Real Madrid que por los asuntos propios.

Como mero espectador no tendría el más mínimo reparo en relacionar el último éxito del conjunto merengue con la buena fortuna y el arte de la casualidad: revolcón en Alemania, pase sin pena ni gloria contra el último City mediocre que veremos en muchos años, y una tanda de penaltis contra el vecino del tercero en la que ni siquiera necesitó de portero; le bastó con un monaguillo, dos cojos y un gallego que encaró el punto fatídico como si fuese lanzar un triple o un tiro libre. Sin embargo, como aficionado culé con una cierta experiencia y sobradamente escaldado, me decanto por proclamar que con el club de Chamartín como protagonista de la historia no queda otro remedio que apelar al destino, esa fuerza inescrutable que lo envuelve y obliga a seguir forjando su leyenda incluso en aquellas temporadas en las que aparenta estar comunicando o fuera de servicio.

Gloria también para el Atlético de Madrid, como no, el único equipo del mundo que ha jugado tres finales y ha perdido cuatro veces. Me parece un rasgo estadístico tan distintivo que no se me ocurre una sola razón por la que un aficionado colchonero querría ver a su capitán levantando la dichosa copa sin incurrir en alguno de los pecados capitales. Sin ir más lejos, yo tengo un vecino que se fugó en medio del banquete de su propia boda y regresó a casa cuatro días más tarde. Como era de esperar, lo pusieron de patitas en la calle y allí terminó su matrimonio pero todavía hoy se enorgullece de que, bodas como la suya, ya no se ven; esa es la actitud.

 

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