FINAL CHAMPIONS LEAGUE 2016
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

‘Merci Zizou’

Zidane, en la Plaza de Cibeles.JAVIER SORIANO (AFP) / ATLAS (atlas)

Ahora las enciclopedias electrónicas y los pergaminos sin tiempo registran que Zinedine Zidane es el primer entrenador en ganar la Undécima Copa de Europa, (ahora conocida como Champions League) habiendo ganado otra (la Novena) como jugador y otra más (la Décima) como segundo entrenador. Mañana mismo esculpirán en mármol blanco la irrebatible estadística de una nave al garete, un inmenso elefante blanco que flotaba sin timón hacia el filo de un iceberg, que de pronto quedó al mando de Zinedine Zidane, quien no sólo llevó al Real Madrid a la conquista de la Undécima Copa de Europa, sino que lo ubicó en la más honrosa e inesperada posición de terminar la Liga Profesional de Fútbol de España a tan sólo un punto de un Campeón que se creía imbatible. Ahora que el equipo entero, como canta el viejo himno, se comporte como un conglomerado de caballeros del honor y reconozcan la maravillosa campaña del rival caído, ese Aléti que ya había perdido la misma Champions en Lisboa, ahora recrecido con la doble hombrada con la que enfrentaron al supuestamente intocable Barcelona en su Camp Nou (incluso con dos jugadores menos)… pues, precisamente ahora, Monsieur Mon Cher es tiempo de que se le diga públicamente, Merci Zizou.

Gracias por haber elevado el ánimo de cada uno de los jugadores y revitalizar su innegable talento

Gracias por haber elevado no sólo el ánimo de cada uno de los jugadores y revitalizar su innegable talento, sino por haberles devuelto la alegría de jugar y el realismo mágico de los toques geométricos en relevos como poliedros que mostraron en diversas canchas a partir de su llegada al banquillo. Sobre todo, durante no pocos minutos del primer tiempo contra el digno rival Atlético de Madrid se percibía la nueva elocuencia sobre la cancha, ese algo que contrastaba notablemente con el simulado tedio, la mecanizada entrega y el muy forzado esfuerzo que transpiraron esos mismos jugadores del Real Madrid cuando intentaban leer las enredadas partituras de un tal Rafael Benítez, que en realidad no era director ni atril para una casa blanca que siempre se ha distinguido por lo que Monsieur Zidane supo resucitar. Quizá por ello, el día que debutó Usted como Míster en el banquillo, la escuadra tuvo a bien marcar cinco goles (marcador que repitieron otras veces en la Liga) como secreto homenaje al número que Usted heredó de Manolo Sanchís y a la historia del pretérito y a la historia por escribir y ¡Nada más!, como nos hizo cantar Jabois.

Zidane, manteado por los jugadores tras lograr la Undécima.
Zidane, manteado por los jugadores tras lograr la Undécima.Clive Mason (Getty)

Es tiempo de agradecerle, reconociendo que hubo entre los profesionales de la crítica deportiva una inexplicable condescendencia o un ánimo no del todo objetivo al evaluar su presencia al filo de la cancha, con ese abrigo de medio largo y una adrenalina tan entrañable que incluso lo hizo tropezar un día e irse de bruces como si un fantasma del pasado metiera zancadilla. Desde su debut como técnico se le elogiaban los resultados, pero como algo que no precisaba el profundo reconocimiento al trabajo que en realidad no vemos los aficionados: hablo de domeñar los egos de tanto millonario, amortiguar la teatralidad innecesaria de quienes fingen faltas y exageran lesiones inexistentes, convencer con argumentos a quienes tienen que resignarse al banquillo o quienes sólo jugarán pocos pero cruciales minutos semana a semana.

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Allí estaba Zidane desde la banda aleteando con elegancia las palmas de las manos, como quien deseaba que siguiera el juego y que alguien le enviara un balón. De eso se trata: para los aficionados de veras, para los abonados o socios y los fieles sin carné o incluso, para los turistas que vienen a Madrid precisamente para comprar una camiseta blanca, lo único que nos faltaba era verlo en pantalón corto y recrear eso que Usted hacía cuando paraba el balón para que el mundo entero girara alrededor de su cintura. Lo queríamos ver o imaginábamos verlo bajar el mismo balón de la estratósfera y convertirlo en el fruto redondo y seco que paró los relojes en Glasgow, cuando gracias a Usted ganamos la Novena contra el Bayer Leverkusen.

Merci Zizou por heredar a una nueva generación de jugadores –más metrosexuales, depilados y tatuados que los de anteriores épocas—el relevo de los toques en cascada, las tangentes móviles de los extremos, la cronometría lineal de la defensa, la salida relámpago y la contención racional, la explotación de las bandas, el barroco en la media… en fin, cosas que condensan en una renovada generación muchos –si no es que todos—los dones y las dotes que distinguían al Madrid de diferentes épocas. A falta de Saeta, el tridente impredecible; en busca de cabriolas inventivas y volteretas gimnásticas, el regreso del bombazo a media distancia; a falta de líbero, un cuarteto de defensas que se suman al ataque y un largo etcétera de todo eso que se supone no debemos ver en los entrenamientos.

Sobre todo, Merci por haber encarnado el papel directivo ahora indiscutible con humildad y sonrisa. Usted ha confirmado que el mejor atributo de la vera grandeza es que precisamente parece común y corriente. Quienes lo admiramos desde que jugaba en la cancha como quien interpreta con todo el cuerpo la inexplicable sinfonía de una música verde, quienes celebramos todas sus jugadas inolvidables (incluso las que no terminaban en gol o se volvían pases al vacío), así como quienes ya habíamos heredado a nuestros hijos la respetuosa admiración por el talante y seriedad con la que Usted decidió vivir su vida entrelazada al balón –ya escondiéndolo a la vista del mundo o bajándolo de las nubes con la punta de una zapatilla extendida o bien como cráneo para partir el tórax de todo aquel que utiliza el insulto en esto que no es más que juego—y también quienes sentimos no sólo alivio, sino entrañable admiración al verlo de corbata en el banquillo, nos hemos quedado hoy sin dormir, bailando en las faldas de la Cibeles, esperando verlo a su regreso de Milano, con esa Copa de Europa que ya no contamos con los dedos de las manos, para sinceramente decirle: Merci Zizou.

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