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De Jopie a Cruyff

La muerte del holandés nos ha cogido con el pie cambiado, que es como le gustaba que jugasen los extremos

Johan Cruyff posa con la camiseta del F. C. Barcelona en 1974.
Johan Cruyff posa con la camiseta del F. C. Barcelona en 1974. Cordon Press

Cuentan que de niño lo llamaban Jopie y se reconocía fácilmente por ser el más pequeño de la cuadrilla que se pasaba la tarde jugando al fútbol en las calles de Betendorp, un barrio modesto de casas pequeñas situado al este de Amsterdam. Las risas de sus rivales al verlo aparecer en el improvisado campo de juego se tornaban en caras de asombro y malhumor al comprobar lo que aquel canijo de pelo recortado a la taza, ojos azules y nariz aguileña era capaz de hacer con una pelota en los pies. El nombre del hijo menor de Manus y Elda, propietarios de una modesta tienda de frutas y verduras, el mismo que se sentaba sobre una caja de patatas cuando no podía salir a jugar y odiaba las coles de Bruselas por encima de todas las cosas, comenzaba a saltar de boca en boca entre sus asombrados vecinos y no pararía de repetirse hasta terminar convertido en un clamor mundial, con el paso de los años. Un día, su hermano Henry le preguntó si alguna vez pensaba en lo que iba a hacer antes de comenzar una jugada. “No, porque si piensas ya llegas tarde”, respondió el pequeño Jopie.

La muerte de Cruyff nos ha cogido a todos con el pie cambiado, que es como a él le gustaba que jugasen los extremos en sus equipos. Sabíamos que estaba centrado en vencer y golear a esa enfermedad perra y atragantada que es el cáncer pero, al menos a mí, nunca se me ocurrió pensar que Cruyff podía perder este partido, quizás demasiado acostumbrado a verlo triunfar incluso cuando el marcador decía lo contrario. Por más que se hayan empeñado durante décadas sus detractores en sepultarlo, especialmente aquellos que lo saludaban con una sonrisa amistosa y lo despellejaban con adjetivos malintencionados en cuanto abandonaba la sala, nadie podrá enterrar jamás sus ideas ni su manera tan particular y revolucionaria de entender el juego, una herencia tan colosal que alimentará y ofrecerá abrigo a su bien amado deporte hasta el fin de sus días, o lo que es lo mismo, hasta el fin del mundo.

“Los genios son peligrosos. El que es más hábil que sus semejantes los insulta por implicación”, le decían a Howard Roark en la película El manantial. Hasta el día de su muerte, que es la fecha predilecta del ser humano para reconocer los méritos a sus semejantes, como si las medallas solo pudiesen imponerse a los difuntos, fue Cruyff un personaje controvertido y detestado por una legión de mediocres que se sintieron amenazados por las verdades irrefutables que cantaba el holandés. A los gurús del equilibrio les mostró cómo se ganaba con Eusebio de lateral. A los que ponderaban la condición física por encima de la técnica, los arrolló con Guardiola. Y a los que afirmaban que el espectáculo en el deporte era cosa de líricos, los puso a recitar versos en 3-4-3. “Siempre hay que devolver algo al espectador”, decía. Hoy ha cerrado los ojos pero nos deja para siempre su mirada, aquella que intuía que algo debe de ocurrir antes de que ocurra.

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