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La magia de lo real

El perdedor habitual es un ganador que no se da cuenta de su fortuna, un ser incapaz de saborear la victoria que esconde toda derrota

Arsene Wenger, entrenador del Arsenal.
Arsene Wenger, entrenador del Arsenal.

Ni si quiera había comenzado a rodar el balón cuando las cámaras de televisión buscaron a Arsène Wenger para mostrarlo al mundo, casi como un mal presagio. Lo encontraron en su emplazamiento habitual, sentado en el banquillo del equipo local y departiendo sonriente con uno de sus hombres de confianza, ajeno a su destino. Se intuía en su mirada la expectación de las grandes citas y el ánimo intacto pese a las viejas heridas, dispuesto a aprovechar una nueva oportunidad para citarse con la gloria. Fue entonces, cuando me recordó el francés a Santiago Nasar el día en que lo iban a matar, rodeado de un clima fúnebre y olor de aguas dormidas, comentando de manera casual a todo el que se encontraba que era una noche hermosa, e incapaz de interpretar por qué se había despertado, aquella mañana, con la sensación de estar completamente salpicado por cagadas de pájaro.

Tengo un amigo que sostiene que perder no es más que una buena costumbre, casi una obligación para cualquiera que aspire a tener cierto éxito en la vida. El perdedor habitual es, en cierta manera, un ganador que no se da cuenta de su fortuna, un ser incapaz de saborear la victoria que esconde toda derrota, un tipo equivocado sobre la verdadera naturaleza del mundo. A la vida se viene a jugar y a perderlo todo cuantas veces sea posible sin mirar atrás, como ese jugador de ruleta que siempre dobla su última apuesta en espera del dulce desenlace con una rubia de gustos caros colgada de su brazo y una copa, también sin pagar, apoyada en la madera. No existe mejor final que ver como todo se derrumba a tu alrededor mientras en un centelleante letrero luminoso, o en un zepelín, parpadea una última frase de aliento orgulloso y fatal, como en Scarface: "El mundo es tuyo".

En realidad, el mundo es de Lionel Messi. Esa es la única verdad, apenas ya discutida por quienes no saben perder o se han creído con derecho a ganar por el mero hecho de seguir vivos. Se agotan los calificativos para contar sus hazañas, no se encuentran más adjetivos en el diccionario de los que echar mano para hacer justicia a sus virtudes y, si acaso, siempre nos quedará el bello recurso de aquellos primeros habitantes de la imaginaria Macondo que señalaban ciertas cosas con el dedo, pues todo era tan reciente que ni siquiera existían palabras para mencionarlas. Dijo una vez el propio García Márquez que "los creadores de fábulas, que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es tarde para emprender la creación de la utopía contraria", pero mucho me temo que no era consciente el escritor colombiano del advenimiento letal del pequeño astro argentino. Arséne Wenger tendrá una nueva oportunidad sobre la tierra pero se me antoja que el martes escribió su penúltimo final: "Me mataron, niña Wene", pensaría el francés a poco que haya tocado un libro.

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