Bale es pura intuición

Los técnicos del Madrid renuncian a instruir a Bale en el desmarque porque creen que la racionalización condiciona negativamente su instinto rematador

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Paul Clement es el ayudante de campo de Carlo Ancelotti en el Madrid. Una de las funciones más importantes de este amable entrenador inglés es la monitorización de Gareth Bale. Entre octubre y noviembre del año pasado Clement se empeñó en impartir a Bale clases particulares de desmarque. Cosas del fútbol moderno. Tuvo tan poco éxito que Ancelotti resolvió que, o interrumpían los cursillos o acabarían perdiendo al jugador.

Clement se desempeña como consejero de Bale. Amparado en su condición de paisano, y puesto que comparten la lengua materna del Doctor Johnson, le traslada las instrucciones tácticas. Le cuenta cómo jugará el rival. Le interpreta los vídeos y le traduce los discursos de Ancelotti. Finalmente, ejerce la ingrata tarea de decirle aquello que no quiere oír. Como cuando va de parte del jefe y le indica que debe retrasarse al mediocampo para ayudar a Modric a tapar la banda derecha, o que no puede descuidar las subidas de los laterales contrarios. Por ejemplo, que es una negligencia quedarse mirando mientras Siqueira avanza, centra sin ser molestado, y el balón acaba en gol en contra. Así fue el 2-0 del Atlético en el último derbi.

Bale, de 25 años, puede ser la clave del derbi de Champions que se disputará esta noche en el Calderón. Una cosa es segura: el rendimiento de este magnífico goleador es el acertijo que más energía consume al club en los últimos meses. Desde la directiva hasta Ancelotti. No hay ejecutivo que no se haya devanado los sesos elaborado una conjetura sobre cómo explotar mejor su talento indómito.

El galés marcó en uno de 10 partidos contra el Atlético: la final de la Champions

“El dibujo será el habitual”, dijo ayer Ancelotti cuando le preguntaron por el difícil encaje del galés en el esquema táctico del equipo que se medirá al Atlético después de seis partidos sin poderle ganar. “Para jugar bien será muy importante que estemos compactos. Todos juntos en todos los aspectos, y naturalmente, con una actitud de coraje”.

La educación futbolística de Bale sigue una línea sinuosa. Como quiera que Clement y Ancelotti veían a Bale mustio el año pasado, con frecuencia desconectado de sus compañeros durante los partidos, sufriente ante la falta de espacios del fútbol que se juega en España, nostálgico de las praderas de Inglaterra en donde los duelos son sucesiones interminables de carreras en las que gana el más fuerte y él, irremisiblemente, imponía sus cualidades de velocista, decidieron actuar. El año pasado idearon un programa especial para ayudarlo a comprender las complejidades del balompié continental. Además de pedirle que se uniera al mediocampo a defender --que eso lo hace cualquiera que tenga ganas--, Ancelotti y Clement se propusieron enseñarle a desmarcarse. A moverse sin el balón. A maniobrar cuando su equipo tenía la posesión para facilitarle a sus compañeros la entrega y recibir los pases en posiciones beneficiosas para él.

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Las clases particulares tenían por objeto iluminar a Bale en situaciones en los que los rivales esperan cerrados en su área y no permiten correr sin chocar. Rivales como el Atlético, precisamente, al que Bale ha hecho un solo gol en diez partidos. Un gol histórico. El segundo gol de la final de la Champions, en el minuto 110, cuando el Atlético, fundido, ya no podía bascular y liberaba espacios. Un gol al fin. Pero, contra el Atlético, un gol cada 1.000 minutos.

Fue a mediados de octubre, aprovechando que Bale se recuperaba de una lesión y estaba solo, cuando Clement abrió el manual del desmarque de ruptura por el primer capítulo. El técnico le enseñó al pupilo las dos variantes elementales: cuándo hacerlo y cuándo no hacerlo. Lo ejercitaron en el campo. Le mostró vídeos para discernir entre aquellas situaciones en las que debía correr a la espalda de las defensas contrarias y aquellas en las que debía esperar. El muchacho asistió a las lecciones con aplicación. Pero durante los partidos Ancelotti observó que caía en fuera de juego con una frecuencia inaudita.

La perplejidad en la que se sumió Bale debió alarmar tanto a Ancelotti que el entrenador resolvió que si seguían intentando que racionalizase el juego acabarían estropeando al jugador. Entonces todos estuvieron de acuerdo en que lo mejor era dejar que Bale se dejase llevar por su instinto sin ningún tipo de condicionante academicista, como había hecho toda su vida. Como hacen la mayoría de los futbolistas británicos. Pura intuición y folklore del fútbol primigenio.

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