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Isco y el regate que le parió

Isco, ante el Elche Ampliar foto
Isco, ante el Elche Getty Images

No abundan los regateadores, suerte que se ha ido perdiendo en el fútbol, sobre todo desde que los extremos que hacían locuras junto a las primeras filas han dejado paso a esa estirpe llamada carrileros, mercancías de ida y vuelta, por lo general sin mucho tino. No hay rastro de aquellos benditos chupones, aquellos que necesitaban el aliento cercano del público para crecerse con sus excentricidades. No eran narcisistas, sino rebeldes. Se llamaban Garrincha, Houseman, Mágico González… Con los sublevados, el fútbol se le iba de las manos a todos esos entrenadores de aire estreñido que solo conciben la pizarra con grilletes. Fuera los amotinados, viva el fútbol “pentium”. Sin los insubordinados, salvo en Messi y pocos más, el arte del regate encontró algún asiento entre los locos bajitos de la gran generación española, la última insurrecta. Xavi marcaba la hora hasta que llegaba el tiempo de Iniesta y Silva, por ejemplo, futbolistas capaces de ventilar rivales y sumarse en ventaja con los delanteros. Aquellos fueron los penúltimos, el último es Isco, la mejor noticia del fútbol español en la actualidad.

En este malagueño de poderoso tren inferior y culo caído hay más de un futbolista. A sus 22 años, está el Isco que canta una nana a la pelota, el que garantiza la posesión; está el Isco que se descuelga al balcón del área y enrosca de maravilla los disparos, casi siempre a los rincones de telarañas. Un remate de autor, como lo tenía Henry, que por más repetido se escapa del radar de los porteros. Con Ancelotti también ha florecido el Isco con el pico y la pala, capaz de tapar su zona y afrontar asaltos cuerpo a cuerpo. Pero, por encima de todos los “Iscos” de este mundo, está el driblador, el escapista, el que frena en seco, amaga, acelera y dice adiós, ya sea por derecha o izquierda. Le maldicen los centuriones contrarios, que no dan con la salida. Es el Isco capaz de hacer virguerías de parado y en carrera, lo mismo da que sea sobre la línea, sin escapatorias. Una patente propia del gran Iniesta. Alumbra el Isco que tiene destreza para despachar adversarios por las orillas o por el embudo, ya sea en el mano a mano o con paredes, la acción más indefendible de este juego. Nada mejor para sacudir a las defensas, que se ven a rebufo y destartaladas. Es lo que tiene la gambeta, que desorienta al regimiento más ordenado, obligado al cambio de posiciones para tapar las fugas. Una cosa es anudar rivales y otra superarles por potencia.

El malagueño es torero en todas las plazas y el público le aplaude porque le disfruta, porque es diferente

Como Iniesta y muchos de aquellos “wings” tan maravillosos como majaretas, los que tiraban de chistera para dejar boquiabierto al personal, Isco tiene duende, conecta con las hinchadas, la propia y las ajenas. Es torero en todas las plazas y el público le aplaude porque le disfruta, porque es diferente, porque le ve como un chico salido del pedrero de cualquier barrio, no de esos camerinos en los que se han convertido los vestuarios. Tiene el aire angelical de Iniesta y se ha abierto paso entre la pasarela “florentiniana” de Cristiano y Bale. Un malabarista de casa, justo lo que le faltaba al Madrid, cuyo gran aporte a la mejor España siempre fue más defensivo, con la cerradura de Casillas, la trinchera de Sergio Ramos y el muro de Xabi Alonso. En la Roja de los centrocampistas ingeniosos hoy por fin suma un madridista. Y lo hace justo cuando Iniesta ha cambiado de verso, cuando es otro. Su hueco, el del inolvidable Iniesta chisposo y zigzagueante, se lo ha ganado con creces Isco, el mismo que ha borrado de la memoria al ahora errante Özil.

Todo apunta a que ha llegado para quedarse y que su fútbol no es de sonajero, no vive de las pinceladas. Por lo visto, es un jugador de constancia, quizá porque esa es la virtud que le hizo no rendirse, ser camaleónico para desafiar la supuesta naturaleza de este deporte y asentarse como medio sin colmillo en una línea de solo tres centrocampistas y con tres atacantes con frac. Sabio, ordenado y tenaz, Isco, al igual que James, se ha buscado la vida sin perder virtuosismo. Es mosquetero, pero también un solista de primera al servicio del método colectivo. En la España de podios se celebraba su excelente columna de centrocampistas, grandes pasadores, tipos con temple con la pelota. Pero entre estos iluminados nada mejor que uno con luces y encima driblador, rompelíneas. Por ello, gracias a Isco y los pocos “Iniestas” que quedan, el regate aún tiene vigencia. Bien que lo festeja la clientela, que siempre se rindió ante quienes tienen pies del Bolshoi. A falta de “garrinchas”, ocurre con Isco y el regate que le parió.

 

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