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Días para la esperanza

Con el fin de semana llegan los Alpes, precedidos de una fuga triunfante y con Urán como líder

Marco Canola, en el centro, se impone en la meta de Rivarolo Canavese. Ampliar foto
Marco Canola, en el centro, se impone en la meta de Rivarolo Canavese. AP

Por unas cosas u otras, y a pesar de todo, y antes incluso de abrir la botella de whisky, las cenas con Matt Rendell acaban siempre con un tono melancólico, sentimental, y, claro, en días como el jueves, alegre. “Pese a todo, hay esperanza para el ser humano”, dice Matt, periodista inglés, y por tanto tendente al pesimismo, y de todo el mundo, que conoce Colombia y a los colombianos como pocos, y de ellos ha escrito. “Si uno como Rigo Urán, un hijo de la violencia crónica de Colombia, pues recuerda que a su padre lo mataron los paramilitares, es capaz no de ser líder, sino de ser la persona que es, puro pacífico, y dedicar su vida desde los 15 años, desde que le dijeron que habían matado a su padre, a construir algo importante, y no a destruir, eso quiere decir que no está todo perdido…”. Y, además, y esto no lo dice Matt, Urán es frágil pese a las apariencias, pese a su capacidad entre los viñedos de Barbaresco y Barolo, en las colinas a veces salvajes y tétricas, para mover el 56/11 de su Specialized a toda velocidad, un desarrollo con el que no se atrevió Evans; pese a esa fortaleza, Urán no es una máquina imbatible, es solo un ciclista al que el cuerpo en cualquier momento le puede decir basta, como se lo ha dicho, antes de llegar a sus suspiradas montañas, a su compatriota Nairo Quintana, que tanto ama escalar y a quien tanto han debilitado las caídas, las toses, los antibióticos.

Pese a esa fortaleza, Urán no es una máquina imbatible, es solo un ciclista al que el cuerpo en cualquier momento le puede decir basta

Hablaba de estas cosas Matt, de los asuntos que le hacen encontrar sentido al ciclismo, y no de las cosas meramente tácticas o técnicas, antes de la etapa del viernes, en la que seguramente su fe en la bondad del ser humano, en las posibilidades del individuo contra al destino, se acrecentó gracias a la victoria de uno como Marco Canola, de Vicenza, donde Palladio, y “passista veloce”, como todos los modestos del pelotón y según la definición de su director en el Bardiani, Bruno Reverberi. Tronaron los cielos negros, cayó granizo que blanqueó las cunetas oscuras de las afueras de Turín y la fuga, inicialmente de seis, finalmente de tres, triunfó contra toda lógica. Era la etapa más corta y más llana, y el pelotón nunca dejó más de dos minutos de ventaja, o eso creía, porque en realidad eran los fugados los que regulaban la diferencia para conservar sus fuerzas para el final. Fue un asunto de fe que se demostró verdadera cuando quiso acelerar el grupo, y aceleró, para ver cómo también aceleraba la fuga. Después, Canola, demostró por fin lo de “veloce” (a los 25 años y en tres temporadas de profesional solo había ganado una carrera, una etapa en Malasia) y lo de “passista”: se hizo un hueco con los codos entre sus compañeros de fuga y entró primero en la última curva, desde donde ya no pudo ser adelantado.

Hoy llegan los Alpes, comenzando por Oropa, donde Pantani empezó a perder la cabeza en el 99 y donde a Indurain le ahogó la alergia en el 93. El Giro comenzará a responder otra pregunta: ¿Fue el día que empezó de verdad, con la contrarreloj de Barolo, el día en que en realidad terminó?

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