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La bravura fatal de Xabi Alonso

El centrocampista del Madrid, que empezó la temporada con problemas físicos y ha sido uno de los héroes de la eliminatoria, se pierde el partido decisivo por acumulación de tarjetas

Alonso se lamenta tras ver la tarjeta amarilla que le deja sin final. Ampliar foto
Alonso se lamenta tras ver la tarjeta amarilla que le deja sin final. reuters

Hay algo de los coros alpinos en las multitudes bávaras cuando entonan las canciones tradicionales del Bayern, o cuando repiten el estribillo de Highway to Hell. El tema de AC/DC retumbó dos veces en la tremenda megafonía del Allianz Arena y el público se unió a la recitación a todo pulmón mientras el túnel de vestuarios se iluminaba con luces rojas y todo era endiablado en las caras de los futbolistas que iban bajando de los vestuarios al campo, como si en el descenso se insinuase una condenación, la inminencia del alfa y omega. Karl-Heinz Rummenigge, el director ejecutivo del Bayern, había anunciado que arderían "hasta los árboles" para recibir al Madrid, y algo de eso hubo. Hubo fuego, solo que en las llamas se precipitó como un muñeco inerme el mismo Bayern arrastrando en su caída a Xabi Alonso. Si la noche fue gloriosamente ardiente para el Madrid, el costado trágico de los triunfadores se reflejó en la pérdida de Alonso, líder indiscutible del equipo y mano derecha del entrenador, Carlo Ancelotti.

El Madrid se imponía por 0-3 en el minuto 38 cuando Alonso cometió el que probablemente sea uno de los errores más penosos de su carrera. El mediocentro le dio una patada a Schweinsteiger al borde del área, como si su equipo estuviera pasando aprietos. No era así. El Bayern no había disparado ni una vez entre los tres palos y la hinchada se había enmudecido. No había por qué hacer falta en esas condiciones pero el jugador más cerebral del Madrid no pudo inhibir el rapto de bravura. Cuando se vio superado, soltó el gancho, por instinto, por orgullo, por costumbre.

Xabi le dio una patada a Schweinsteiger cuando el Madrid ya ganaba por tres goles

La entrada, a destiempo, no tocó pelota sino espinilla. Fue señalada por el árbitro, el portugués Pedro Proença, y el penalizado supo inmediatamente que lo pagaría caro. Alonso cayó de espaldas como si le hubieran dado un mazazo en el cráneo. Se llevó las manos a la cabeza y permaneció un instante boca arriba. Quizás viera las nubes reflejando el resplandor rojizo, las luces en el voladizo, la cobertura de plástico del estadio con forma de globo. Proença le mostró la amarilla y en el gesto dictaminó que, por acumulación de amonestaciones, se perderá la final de Lisboa, en el Estadio de la Luz, el próximo 24 de mayo.

Alonso fue, junto con los centrales, uno de los héroes de los dos partidos de la semifinal. A los 32 años, en la plantilla madridista no hay otro futbolista más experto ni más astuto para interpretar y gestionar los partidos. Contra el Bayern, su misión consistió en ajustar las distancias entre líneas, adelantar o replegar la defensa, coordinarse con Pepe y Ramos atrás y con Di María y Modric por delante. Fue una labor extenuante porque requiere correr, pensar y hablar continuamente a compañeros que, en ocasiones, carecen del oficio para hacer lo que hacen. Di María y Modric nunca habían desempeñado estas funciones en una línea de tres volantes y muchas veces se encontraron perdidos, corriendo más de la cuenta, o sin percibir cómo colocarse frente a las oleadas de rivales, unas veces Kroos, otras Schweinsteiger, otras Lahm, Alaba, o Müller. El colega vasco supo orientarlos como un capataz al que, en más de una oportunidad, juzgaron con rigor. A veces, Di María y Modric tuvieron la sensación de que trabajaban para el señorito.

A los 32 años, en la plantilla madridista no hay otro futbolista más experto ni astuto

Alonso tuvo baches importantes en su capacidad física a lo largo de la temporada, sobre todo en los meses que siguieron a la Navidad, pero llegó entero a los enfrentamientos decisivos de la Champions. Fue una ayuda que Ancelotti juzgó vital. Desde la pretemporada, el técnico le contempló como a su interlocutor principal, el único capaz de transmitir sus ideas a todo el grupo. Ayer, antes del partido, reunió a todos sus compañeros en un círculo y les soltó una arenga. Después hizo un rondo con los cuatro defensas, Pepe, Ramos, Carvajal y Coentrão, y les siguió refrescando consignas. Los cinco formaron una unidad impenetrable en una de las exhibiciones de eficacia defensiva más admirables que se recuerdan en la Champions.

Las consecuencias resultaron fabulosas, y no solo porque implicaran la caída del gran Bayern. El equipo alemán, tres veces finalista en los últimos cuatro años, solo logró un tiro peligroso entre los tres palos en 180 minutos de confrontación y el Madrid se impuso en Múnich por primera vez en su historia. Hasta ayer, había completado 10 visitas tormentosas: nueve derrotas y un empate.

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