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El “encargo” del Everest

Araceli Segarra fue la primera española en hollar la cima del mundo, en 1996, como parte de una expedición que rodaba un documental

Araceli Segarra, el pasado noviembre en Madrid. Ampliar foto
Araceli Segarra, el pasado noviembre en Madrid.

Un “encargo profesional” se convirtió en 1996 para Araceli Segarra (Lleida, 1970) en la ocasión de pasar a la historia como la primera española, y 37ª mujer, que pisó la cima del planeta, los 8.848 metros del Everest. La catalana formaba parte de un equipo internacional de alpinistas que rodaba un documental con cámara Imax. “No era un reto alpinístico, no aportaba nada nuevo al montañismo”, admite Araceli, que revive su experiencia en el libro Ni tan alto ni tan difícil (editorial Bridge, colección La Galera). Del Everest le queda su nombre inscrito en la historia y también la sensación de que aquel resplandor de la cumbre le hizo perderse y marchar por caminos que no le convencían.

Araceli creció admirando a Nadia Comaneci. De ahí saltó a la espeleología con 15 años y luego al esquí y a la escalada. Coronó en 1992 el Shisha Pangma, se diplomó en Fisioterapia y llegó esa llamada para rodar en el Everest con un grupo en el que se encontraba también Jamling Tenzing Norgay, hijo del sherpa que holló con Edmund Hillary el techo del mundo en 1953. Araceli recuerda cómo Jamling rezaba en la cima en recuerdo a su padre. “El Everest fue sobre todo emocionante”, dice. “Fui con la ilusión no de escalarlo, sino de hacer un documental. Como no era el estilo que más me gusta en la montaña, saqué la emoción del rodaje. Era algo que no había hecho nunca. Filmar fue menos complicado y diferente de lo que me pensaba. Era un documental, no una historia de ficción, no había maquillaje, peluquería ni dobles. Te levantabas y salías. Nadie te pedía que fueras algo diferente a un alpinista. Representábamos nuestra propia naturaleza”. Un prototipo especial de la cámara Imax, de 24 kilos, era desmontado y repartido en cinco mochilas en las espaldas de los porteadores. Algunas tomas, claro, había que repetirlas, y entonces tocaba subir y bajar el mismo tramo.

Subir al Everest me hizo perderme luego, desviarme de lo que quería hacer

En paralelo a ese documental se vivió también una película con final trágico, las muertes que narra Jon Krakauer en su libro Mal de altura tras el descenso de la cima el 10 de mayo. Araceli encontró luego cadáveres en su camino. “Pero no podíamos abandonar dejando la idea de que el Everest es un lugar donde la gente muere. Queríamos subir”, explica. Con necesidad de oxígeno artificial, eso sí. “Yo no quería, pero después de la tragedia entendí que ya estábamos cansados de sufrir. Era una expedición pesada por la filmación, no era subir y bajar. Acepté el oxígeno, aunque me sentí decepcionada por usarlo. Me había hecho unas ilusiones”.

Araceli Segarra, en 1996. ampliar foto
Araceli Segarra, en 1996.

“En la cima del mundo no se siente mucho. Es curioso. Es en el proceso de dos meses de la expedición cuando pasan cosas y eso no se puede cambiar por media hora en la cumbre”. ¿Y luego? “El Everest me hizo perderme un poco. Por muchas razones. Porque lo que te rodea a veces exige algo de ti y te alejas de lo que quieres, te dejas llevar por peticiones externas, por las expectativas sobre ti. Había una voz interna, un runrún, un sentimiento que me decía que no estaba bien. Me di cuenta de que no hacía lo que sentía”. Se dejó llevar por el espectáculo, por el gancho mediático de los ochomiles. “Luego recuperé el camino. Para mí el atractivo estaba en otros tipos de ascensos. Desgraciadamente, parece que el mundo del montañismo se rige por los ochomiles, cuando muchos grandes himalayistas no se encuentran ahí”. Araceli acudió al Kanchenjunga y al K2, y luego salió de esa rueda para viajar a Irán, Mali, Canadá, Líbano, Patagonia; ha sido conferenciante e ilustradora de los cuentos infantiles Los viajes de Tina; ayudante de cámara en el cine, Discovery Channel y National Geographic; ha participado en programas de televisión…

“Ahora me siento a gusto escalando en roca, en hielo. Disfruto de esa soledad”, comenta Araceli Segarra. “Que me reconozcan o no me da igual. Escalo sin ningún interés por ser protagonista. No me promociono. Si me conocen es por el Everest”.

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