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Muere Antonio Puchades, el futbolista que siempre fue labrador

El exjugador del Valencia y de la selección española, con la que disputó el Mundial de 1950, ha fallecido a los 87 años en Sueca

Albelda y Puchades, en un homenaje al exjugador en 2012. Ampliar foto
Albelda y Puchades, en un homenaje al exjugador en 2012.

Hubo un tiempo en que los futbolistas eran de pueblo y en ese tiempo Antonio Puchades era el rey, el rey que surgió de una familia de labradores en Sueca (Valencia) un 4 de junio de 1925 y que hoy, a los 87 años, ha dejado la tierra para mezclarse con ella, la tierra que tanto amó y a la que volvió después de haber dejado su sello futbolístico en Valencia, en España, y en aquel Mundial de Brasil de 1950 (con un cuarto puesto), un lugar muy distante de sus arrozales que conocía por los mapas y que pillaba demasiado lejos para sus alpargatas de labrador y su cesta de comida con la que le despidieron sus padres cuando emprendía tan largo viaje.

Antonio Puchades Casanova, Tonico para la familia y para sus amigos, ya era entonces una gloria del fútbol español, desde que el Valencia le echó el ojo cuando jugaba en su pueblo natal y le abrió los estadios para que desplegase el torbellino que llevaba dentro y fuera el 6 de un Valencia memorable en los años cuarenta y cincuenta, formando pareja con Pasieguito, más técnico, más fino. Puchades-Pasieguito, eran la doble P del Valencia, como Mauri y Maguregui eran la Doble M del Athletic.

Puchades, en su etapa en el Valencia.
Puchades, en su etapa en el Valencia.

Cuando los futbolistas eran de pueblo y del pueblo, a los medios se les profesaba una admiración comparable a la de los delanteros goleadores. Ellos gobernaban un territorio enorme del campo, sin sitio para esconderse, siempre a la vista del público que vilipendiaba las actitudes timoratas y penalizaba los escaqueos físicos. Puchades, Tonico, era un pulmón nada artificial capaz de gobernar el juego ni escatimar sudores ni agujetas. Solía decir que su facilidad para moverse en los habituales terrenos embarrados venía de su experiencia en los arrozales para desenvolverse en la dificultad.

Así entró en el Valencia triunfante de esas décadas tras haber jugado una sola temporada en el Mestalla como aprendizaje para la gloria. Aquellos pulmones escondidos en una carcasa fina pero poderosa, y aquel cerebro para intuir el fútbol, oculto bajo su pelo rubio que le daba un aire de futbolista alemán en la España morena de los cincuenta, necesitaban exigencias y emociones más fuertes cuando Quincoces le dio la oportunidad de debutar con el primer equipo en la temporada 1946-47 siendo partícipe de la primera Liga valencianista, aunque solo anunciara su poderío en cuatro partidos del campeonato. Decía de él Quincoces, su entrenador, que era remiso en los entrenamientos pero un ciclón en los partidos y, claro, lo determinante eran los partidos.

No sería su último título. Puchades obtuvo también la Copa de 1949 venciendo 0-1 al Athletic de su amigo Zarra, que entrenaba el inglés Bagge. Era el Valencia de Eizaguirre, de Mundo, de Igoa, cuando en el Athletic ya estaban cuatro de sus míticos delanteros (Venancio, Panizo, Zarra y Gainza). Y ganó la Copa de 1954 al Barcelona, en revancha de la perdida dos años antes ante el mismo rival, tras una prórroga. El Valencia ganó 3-0 y quedó para la historia la fotografía del portero Quique sentado sobre el larguero de su portería, con las piernas colgando, ante el poco trabajo que le daba el rival.

En el Valencia formó pareja en el medio con Pasieguito y con la selección jugó 23 partidos

Sin duda era el fútbol de otros tiempos, el de Puchades, que siempre volvía al pueblo a cuidar las tierras y a jugar a las cartas rechazando los taxis que le ponía el club... “porque yo soy un hombre de campo”, decía, “y para vivir de la manera que yo soy no necesito muchos millones”. 23 veces internacional, alcanzó el cénit en Brasil, compartiendo el histórico gol de Zarra a Inglaterra. Tonico ya había traspasado todas las fronteras aunque su vida siguiera apegada a la tierra. Más aún cuando una ciática que le hizo retirarse en 1958. “Todo fue porque una vez estuve con Wilkes (futbolista holandés del Valencia) y con su mujer en una isla hawaiana y en esos sitios hace mucho calor, pero una noche refrescó y cogí un frío en la espalda que me producía enormes dolores y no me lo podía quitar de encima”, afirmó en una entrevista al diario Las Provincias. “Los médicos me dijeron que si me operaban de la pierna y me quitaban un hueso se me iban los dolores pero yo les dije: “¡Alto la botifarra!”.

Y se retiró con la humildad de los gloriosos, a sus tierras, a su pueblo en Sueca, a la vida de siempre solo interrumpida por la felicidad del fútbol, cuando los futbolistas eran de pueblo. Con una calle y el nombre de un estadio en Sueca y una avenida en Benidorm. No estuvo mal para un chico del pueblo que pasó a la historia de los grandes del fútbol partiendo de los arrozales.

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