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Oro a la innovación

20 años del título olímpico del hockey femenino español, conquistado tras una novedosa preparación

El euqipo español de hockey celebra una victoria en Barcelona 92.
El euqipo español de hockey celebra una victoria en Barcelona 92.

“Fue el 11 del 11 del 91”. José Brasa Sanjurjo recuerda fechas y detalles, pero además tiñe su relato de una épica que con poco que se escarbe quizás hasta se quede corta. Habla como si fuera un experto en recursos humanos de aquella reunión apenas nueve meses antes de los Juegos de Barcelona. Sin tradición ni recorrido, con apenas 400 licencias en todo el país, el hockey hierba femenino español debía de afrontar su primer desafío olímpico. Aquel día de noviembre Brasa se encerró con sus chicas, quintas en el Mundial del año anterior, y les mostró tres caminos. “Uno era salir a desfilar, jugar y jiji jaja; otro entrenar fuerte e intentar, si sonaba la flauta, llegar a semifinales; el tercero era trabajar al máximo, con entrega exclusiva, dejando trabajos, estudios, familia, pareja y amigos para llegar a los Juegos con opciones a todo”. Se hizo un silencio, el técnico se fue y las jugadoras deliberaron durante largos minutos. Optaron por el camino más ambicioso, el más empinado.

Sin tradición y con apenas 400 licencias en todo el país, el hockey hierba femenino español debía afrontar su primer desafío olímpico

Perfeccionista y metódico, Brasa se entregó como el artista que cincela su obra cumbre. Recurrió a métodos apenas explorados hasta entonces ni siquiera en el deporte más profesionalizado. Formó un grupo de trabajo para optimizar el rendimiento con psicólogos, fisiólogos, nutricionistas y hasta una ginecóloga cuya misión era conseguir que todas las jugadoras tuvieran el periodo al mismo tiempo. “Era conocido en el Consejo Superior de Deportes porque no paraba de ir allí a pedirles cosas”, recuerda la capitana Mercedes Coghen. Presentó detalladas planificaciones que apuntaban a un cielo inimaginado. No todos creyeron en aquella aventura. Un día, un técnico del Consejo harto de tanta demanda le espetó: “La única medalla que vais a ganar es la de Lourdes”. Pero lograron la de oro, la primera de un deporte femenino español de equipo. Este martes se cumplieron 20 años de aquel momento.

Hace un mes las campeonas se juntaron de nuevo en una nueva reunión. Ya no hubo planteamientos apocalípticos, pero alguien puso sobre la mesa el calificativo “inhumano” para referirse a la ruta de aquel oro. Y aun así el recuerdo es inmejorable, eterno. “Fue muy grande, aquello me lo dio todo”, se emociona Natalia Dorado, una de las jugadoras. “Teníamos la mayor virtud que puede atesorar un equipo, la generosidad. Si eres amigo se nota en el campo. Había mucho talento, pero también sobraba carácter”, detalla Coghen. El grupo, con mujeres que iban de los 17 a los 35 años, se cohesionó de tal manera que pasó por encima de cualquier tipo de diferencia, lidió con nueve dolorosos descartes para dejar un colectivo de 25 jugadoras en las 16 del seleccionado final e incluso derrotó una amenaza de disensión que trascendía de lo deportivo. Años atrás el padre de una de las jugadoras vascas del equipo, Teresa Motos había sido asesinado en un atentado de ETA y una de sus paisanas, compañera de línea además, era declarada simpatizante del entorno abertzale. “Y teníamos chicas muy próximas a Fuerza Nueva”, apostilla Brasa. Dio igual, se fraguó un colectivo indestructible. “Teresa es la mejor jugadora de la historia de España, pero además es un dechado de virtudes, una persona que merece la pena, con gran capacidad de compañerismo y de perdón”, describe el preparador. “Los temas políticos se rumoreaban, pero no se hablaban. En aquella reunión elegimos sacrificarnos por un objetivo común que era competir y conseguimos ser una”, zanja Natalia Dorado.

El grupo, con mujeres que iban de los 17 a los 35 años, se cohesionó de tal manera que pasó por encima de cualquier tipo de diferencia

No fue un esfuerzo menor. “Durante una concentración –recuerda Coghen- coincidimos con los jugadores del Barcelona, que estaban de pretemporada, y nos dijeron que estábamos chaladas. Hacíamos más sesiones que ellos. A seis meses de los Juegos fuimos a Cuba seis semanas y allí pasamos hasta hambre, cargábamos sacos de arena por la playa o levantábamos pesas antiquísimas. Regresamos a Terrassa y ya estuvimos concentradas 145 días”. “Tuvimos apenas cuatro libres, yo ni siquiera regresé a casa, vinieron mis padres a verme”, apunta la madrileña Natalia Dorado. Atento a los detalles, Brasa diseñó un plan de trabajo tan duro como efectivo, pero sobre todo innovador. “Pasamos por mil vicisitudes, pero en cierto modo fuimos como ratas de laboratorio”, estima Coghen. “Que me digan donde firmo para repetir”, reclama Dorado. El sentimiento generalizado en el equipo hacia el entrenador es de agradecimiento por más que un detalle mostrara, en plena competición, que no todo el mundo estaba satisfecho. Tras todo aquel sacrificio, después de tanta renuncia, una de las jugadoras, Celia Corres, se quedó sin competir ni un minuto en los Juegos. Todavía reconoce que aquel olvido le marca. Tras ganar la semifinal a Corea su madre bajó al campo y propinó dos bofetadas a Brasa. Este gallego afincado en Madrid cree que, cinco años después, aquel episodio le pasó factura para salir del equipo tras el fracaso de Atlanta, cuando el grupo sí se resquebrajó. “El problema del hockey es que es un deporte catalán y familiar, con una gran endogamia. En cuanto hubo un presidente de Cataluña se cobraron aquella deuda, que en realidad fue una decisión técnica”.

Brasa es de los que no generan indiferencia a su paso. “Una persona especial”, define Coghen, “un innovador”. “Mi bisabuelo era inventor”, recalca el entrenador. Entrenaba a las porteras lanzando bolas desde detrás de una cortina, modificó los sticks de cada jugadora para adaptarlos a sus características tanto en las empuñadoras como en la pala, lo que les permitía levantar la pelota con más facilidad. “Luego lo acabaron patentando las marcas”, apostilla. El segundo gol de la final, el que derrotó a Alemania, estaba mecanizado y repetido hasta la extenuación. Apretó a sus chicas hasta el máximo imaginado, las incentivó llevando a la concentración a exdeportistas olímpicos de éxito para que contaran su experiencia y mantenerlas así centradas e ilusionadas en el objetivo. “No hubo látigo ni dictadura. Solo me llamaban loco”.