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COLUMNA

El premio era el Athletic

Fue una profecía cruel y certera. "Jaula nueva, pájaro muerto", dijo el por entonces entrenador oviedista Luis Aragonés en su despedida, en la última temporada del estadio Carlos Tartiere. Los oviedistas aún maldicen su sabiduría. El 6 de mayo de 2001 el Real Oviedo goleaba al Athletic en el recién estrenado Nuevo Carlos Tartiere. El 5-0 parecía encaminar a los azules hacia la permanencia. Fue la última victoria del equipo en su estadio en Primera. Semanas después se consumaba el descenso a Segunda y empezaba un suplicio que dura 10 años.

Desde entonces, a la entidad carbayona le ha pasado de todo: descensos administrativos y deportivos, una Ley concursal, riadas que arrasaban la ciudad deportiva, consejos de administración indignos de la entidad que arrastraban, y arrastran, por los suelos el escudo y el nombre del club, el fallecimiento de un jugador, la lesión de por vida de otro, el saqueo de sus categorías inferiores, las derrotas ante el filial de tu eterno rival, tener que ir a jugar a campos de arena...hasta los jabalíes dejan su impronta en este club, en forma de destrozo de los campos de entrenamiento.

En el fútbol uno se puede quejar cuando un balón va al palo, o cuando un árbitro no le da lo que supone justo ¿pero qué se puede hacer cuando te llegan tantas bofetadas desde fuera del terreno de juego? ¿A quién se le piden cuentas? El dios del fútbol abandonó hace mucho tiempo al Real Oviedo a su suerte.

Pero las desgracias también tienen su lado bueno, y es que unen y obligan a valorar cosas que, cuando todo va bien, se pasan por alto. Así, el Real Oviedo ha logrado crear a su alrededor un sentimiento de lucha, de causa común, entre sus aficionados. El descenso a Tercera División, en 2003, fue un golpe muy duro del que el oviedismo se levantó haciendo honor a su himno: con orgullo, valor y garra. Ver jugar a tu equipo contra un club de barrio de la ciudad vecina no es un trago agradable, pero curte.

El oviedismo, con diez años de heridas a las espaldas, ha aprendido a ver la vida de otra manera. Tal vez una de las ventajas de estar fuera del deporte profesional durante estos años es que se ha librado de lo que se denomina "fútbol moderno", plagado de cámaras, mercadotecnia y escaso de sentimiento. El pasado domingo, cerca de 1.500 oviedistas acudían a Valdebebas a ver a su equipo ganar al Castilla. Seguramente, cuando el equipo estaba en Primera, iban menos al Bernabéu.

Es por eso que, ante el sorteo de Copa, muchos oviedistas querían al Athletic como rival, por delante del Madrid o el Barcelona. No era una cuestión deportiva —nuestras opciones son escasas en cualquier caso— sino una cuestión moral. El Athletic representa lo que muchos carbayones quieren para su club: una entidad seria, luchadora, que respeta la tradición, con una afición fiel y señorial, basada en el trabajo de cantera y en la que los socios pueden elegir al presidente. Un club con un glorioso pasado— es imposible no sentir cariño por el Athletic si uno ha leído las crónicas de Patxo Unzueta— y alejado de las modernidades que, cada día, van estropeando el fútbol.

El dios del fútbol se acordó del Oviedo en el sorteo y le permite que pase a despedirse de San Mamés. En el bombo había equipos con más millones, mejor prensa y más estrellas, pero para la hinchada azul, curada ya de espanto y amante sólo de las cosas reales, el premio era el Athletic, sin duda.

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