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Reportaje:

Escalar el Everest no es tarea fácil, pero sí una forma de ganarse la vida

A pesar de su cifra récord en ascensiones a la cima del Everest, Apa Sherpa vive modestamente y hace de guía para turistas ricos

Este reportaje fue originalmente publicado el 28 de abril de 2005 en el suplemento de 'The New York Times' que ofrece semanalmente EL PAÍS

El comedor del hotel de Apa Sherpa, el Everest Summiteer Lodge, es un testimonio de sus triunfos en el Himalaya. Hay una fotocopia de la página que le proclama dueño del récord de ascensiones con éxito al Everest, cosa que ha hecho nada menos que 14 veces. Hay imágenes de él con dignatarios como la juez Sandra Day O'Connor, del Tribunal Supremo de Estados Unidos, y Sir Edmund Hillary, que escaló por primera vez el Everest en 1953 con el alpinista nepalí Tenzing Norgay.

Pero hay también un aire de desilusión. Su albergue de siete dormitorios rara vez está lleno. Aunque rico para los estándares de este pobre país, sigue siendo prácticamente un pordiosero comparado con los adinerados clientes estadounidenses que él guía hasta la cumbre. A pesar de la magnitud de su proeza, su fama apenas se acerca a la de Sir Edmund. "En otros países, una persona que ha escalado la montaña más alta 14 veces recibiría grandes elogios y aplausos", dice aquí en su aldea natal, un grupo de 45 casas de piedra posadas sobre una pintoresca meseta rodeada de sobrecogedoras montañas de 7.000 metros de altura.

Ahora, con sus más de 40 años, Apa Sherpa, un paquete de músculos y tendones de 1,65 de altura y 54 kilos de peso, sigue escalando, tanto para mantener su récord como para vivir. [Se está preparando para su ascenso número 15 el 11 de mayo]. Aunque escalar el Everest se ha convertido en un deporte de aventura lucrativo, Apa y otros guías sherpa, muchos de los cuales utilizan su grupo étnico como apellido, dicen que no reciben la parte justa que les corresponde. Desde que comenzaron las expediciones comerciales a principios de los años noventa, los clientes adinerados han hecho cola para pagar hasta 50.000 euros a empresas que organizan expediciones.

Los sherpas pueden ganar entre 1.500 y 2.300 euros en los dos meses de la temporada de escalada, asegurando escaleras y cuerdas y cargando con el equipo de los clientes. Los escaladores sherpa de élite, como Apa, hacen mucho más que esto, guiando cuidadosamente hasta la cumbre a occidentales que con frecuencia tienen escasa experiencia como alpinistas y cuyas vidas pueden depender de él. Apa y otros escaladores sherpa, aunque indefectiblemente corteses y leales, empiezan a exigir gradualmente una parte mayor de los beneficios y están hablando más alto a la hora de pedir el reconocimiento que creen merecer.

En un artículo de 2003 que conmemoraba el 50 aniversario de la primera subida al Everest, Tashi Tenzing explicaba que su abuelo, Tenzing Norgay, había hecho siete intentos en 18 años por alcanzar la cima. (Sir Edmund, en cambio, hizo solamente tres en tres años). Hacía un llamamiento al mundo del alpinismo para que dejase de considerar a los sherpas como "meros porteadores de carga y catalizadores anónimos del éxito occidental".

Desde aquel primer ascenso, 1.584 personas han escalado el Everest, según Elizabeth Hawley, una periodista estadounidense establecida en Katmandú que ha hecho la crónica del alpinismo en el Himalaya. Aproximadamente 180 personas han muerto. Hawley dice que para la mayoría de los sherpas, la escalada sigue siendo la mejor forma de ganarse la vida fuera de la economía de subsistencia de alta montaña del cultivo de la patata y el pastoreo del yak. "Es solamente un empleo", explica. "Son poquísimos los que lo hacen porque disfrutan con ello".

Apa Sherpa cuenta que escalar el Everest no se ha vuelto más fácil con el tiempo. Cada ascenso y descenso supone una prueba física y psicológicamente extenuante. Durante el ascenso, se acumulan los temores de una caída o de que aparezca de pronto una tormenta. La oración y la paciencia le llevan montaña arriba, dice. Estar en la cumbre es algo exquisito y le hace sentirse "más cerca de Dios", explica con el rostro encendido. "Es un sentimiento delicioso", añade. Compara escalar la montaña con volar en un helicóptero. "Sólo te sientes seguro cuando estás en tierra".