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La Ruta Norteamericana
Por Fernando Navarro
Columna
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La sombra de Bob Dylan

Los miedos que parecían olvidados reviven por todas partes: la guerra, la intolerancia, la desigualdad, los fascismos... Los bárbaros vuelven a estar a pies de la frontera

La silueta de Bob Dylan al piano durante su concierto en el Palladium de Londres el pasado 20 de octubre.
La silueta de Bob Dylan al piano durante su concierto en el Palladium de Londres el pasado 20 de octubre.

Las nubes están bajas en Londres y un puñado de ilusos se amontonan en la puerta de atrás del London Palladium a ver si de ese autobús negro sale Bob Dylan. Aparcado en Great Marlborough Street, junto a los inmensos camiones de los equipos de sonido, el tráfico se colapsa a bocinazo limpio a esa hora de la tarde en la que Carnaby Street es un alocado enjambre humano: los pubs con los partidos de fútbol en las televisiones están a rebosar y las tiendas no dan abasto con clientes que salen y entran en todas direcciones. Si mañana fuera el fin del mundo, pillaría a Londres con su habitual e impresionante bullicio y a Dylan en ninguna parte, pero siempre sobre un escenario.

Quizá el mundo no se termine mañana, aunque en el mismo país que acaba de enterrar a la reina Isabel II el caos se apodera un poco más de todo: dimite su primera ministra Lizz Truss. Lo que es seguro es que el mundo no es el mismo lugar que habitó Dylan. A sus 81 años, el músico, que ganó el premio Nobel de Literatura y que simboliza como pocos la gran odisea del rock and roll en el siglo XX, está más alejado del mundo actual que nunca. Siempre lo estuvo, o al menos siempre quiso poder salirse del camino principal. Su increíble tránsito en más de medio siglo de carrera artística es testimonio de una vida entregada a la música, a una aventura independiente que ha superado sus propios errores y los obstáculos ajenos. Dylan es quizá el más influyente e inalcanzable de los colosos de la contracultura. Allí donde todos quieren (ayer, hoy y mañana) alimentar la fama, él alimenta la leyenda.

La leyenda de Dylan es tan importante como su oficio. Él lo sabe y actúa en consecuencia: conservar el misterio de su personaje es tan valioso como el escenario. Seguir renunciando a lo previsible o a lo que todos esperan de ti es tan necesario como mantenerte en pie con lo que eres en ese momento. Dylan, anciano y con limitaciones, es un músico que no pertenece al mundo acelerado de hoy en día, pero tampoco quiere pertenecer a su simple recuerdo. El viejo Dylan es un artista que hoy defiende su cancionero más reciente, una colección de composiciones que reflexionan sobre la travesía última, la de una persona de la que todo es pasado, aunque todavía también queda presente. Y nada de futuro.

Nunca Dylan ha estado más alejado del mundo actual o, por qué no, el mundo ha dejado tan arrinconado a Dylan. Cualquiera de las dos opciones lleva a la misma conclusión: está en un sitio difícil de encontrar. Y acercarse a ese sitio es escuchar y observar a un hombre que tiene un diálogo con la muerte. El actual Dylan, ese viejo que no saluda al público y le cuesta un riñón soltar cualquier frase en sus conciertos, vertebra sus actuaciones dando una prioridad absoluta a Rough and Rowdy Ways, el álbum que, en honor al padre del country Jimmie Rogders y tantos otros héroes de los orígenes de la música norteamericana, se erige como su testamento personal, su gran carta a la memoria de una vida que se extingue. Es de agradecer una vez más que, a diferencia de todas las estrellas a lo ancho y largo del globo, dinamite la nostalgia barata, el facilón recorrido de los greatest hits. Guste más o menos o nada, algo es innegable: Dylan siempre se comunica con sus canciones y sigue hablando al presente. Lo hace con honor.

De esta forma, mezcla esas canciones que se preparan para la llegada de la parca con algunas de su etapa religiosa: comienza los conciertos con ‘Watching the River Flow’ y los cierra con ‘Every Grain of Sand’. Entre medias, canta ‘Gotta Serve Somebody’. Como es costumbre en Dylan, ninguna tiene el ropaje original. Es su obsesión por llevar a cabo la filosofía de Picasso: volver a pintar a los viejos maestros y sus propias mejores obras con ojos de la gran experiencia. Con ojos distintos. Sobre el escenario, todo se mueve en un cauce de country-jazz, o folk-jazzy, o como se pueda llamar a la conjunción de estilos originarios de la música norteamericana que se abrazan en un todo. Hay una banda impecable siempre fijándose en cada gesto de Dylan al piano, atentísima al director de orquesta, empastada hasta el paroxismo con un anciano que solo fluye cuando fluyen las canciones, como los viejos jazzmen.

Bob Dylan y su banda durante la actuación en el Palladium de Londres.
Bob Dylan y su banda durante la actuación en el Palladium de Londres.

Las nubes están bajas en Londres y no sale nadie del autobús. Intranquilos, los ilusos se agitan. Se mueven ligeramente las cortinas del enorme vehículo y se vislumbra a un tipo, que parece a punto de salir. Es una sombra entre bambalinas. Podría ser Bob Dylan, pero no lo será. Nunca lo es. La verdadera sombra de Dylan está sobre el escenario, que se funde en negro cada dos por tres, que adquiere un tono anaranjado como de ocaso.

El mundo vuelve a estar en llamas. Basta con pararse a pensarlo: los miedos que parecían olvidados reviven por todas partes. La guerra, la intolerancia, la desigualdad, los fascismos... Los bárbaros vuelven a estar a pies de la frontera y el mundo es el típico lugar donde no te gustaría quedarte cuando no tienes fuerzas para luchar. Dylan, renqueante y más frágil que antes de una pandemia en la que anunció sin pudor una gira hasta 2024, todavía sigue tocando. Firme en su propósito y siempre digno, es, por encima de todo, un músico defendiendo su oficio: tocar, componer, girar, llevar el circo y el mensaje a quién quiera escucharlo. Pero cada día menos gente está dispuesta a escuchar. Cada día es un día menos.

Dentro de esa atmósfera de anochecer, la sombra de Dylan adquiere un aura definitiva. Da la sensación de que todo lo que parecía permanente amenaza con desvanecerse. Sobre el escenario, bajo ese repertorio, hay una ilusión desgastada, como si un territorio, al que pertenecían ciertas canciones y ciertos propósitos, fuera desapareciendo.

Dylan y su sombra están ahí. Todavía. Un músico intentando mantenerse en pie hasta el último aliento, con las botas puestas, como si el final fuera simplemente afrontarlo como una parte más del viaje. Solo que el final, cada día más cerca, nos obligará a todos a recordar todo lo que perdimos, todo por lo que no luchamos, todo lo que pudimos ser.

Las nubes están bajas en Londres y la lluvia está al caer. La ciudad sigue con su ritmo frenético. La sombra de Dylan ha desaparecido, o quizá nunca estuvo y solo fue un truco. Si mañana fuera el fin del mundo, nos daríamos cuenta de que, cuando creíamos que lo habíamos perdido todo, todavía había algo más que perder.

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Sobre la firma

Fernando Navarro

Redactor cultural, especializado en música. Pertenece a El País Semanal y es autor de La Ruta Norteamericana. Ejerce de crítico musical en Cadena Ser. Pasó por Efe, Abc, Ruta 66, Efe Eme y Rolling Stone. Ha escrito los libros Acordes Rotos, Martha, Maneras de vivir y Todo lo que importa sucede en las canciones. Es de Madrid.

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