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EP Musical BLOGS Por FERNANDO NAVARRO
CRÍTICA i

El final de Bob Dylan y la filosofía de Picasso

El músico, que tocará en ocho ciudades españolas, protagoniza en París un gran concierto donde rescata sus clásicos

Bob Dylan toca el piano en el teatro Grand Rex de París el pasado 12 de abril.
Bob Dylan toca el piano en el teatro Grand Rex de París el pasado 12 de abril.

Después de haber protagonizado las vanguardias artísticas del siglo XX, un anciano Pablo Picasso se instaló en un estudio de la Costa Azul para repasar las obras de los autores clásicos que le habían marcado: Rafael, Velázquez, Delacroix, Manet, Goya… Les dibujaba bajo su propia experiencia y también hacía versiones de sus propios lienzos más famosos bajo el estilo de aquellos maestros. Terminó sus días rodeado de sus universos, como si la pintura, como causa, como arte, como modo de conexión con el mundo y como deuda humana, definiera toda su existencia. A punto de cumplir 78 años, Bob Dylan, uno de los músicos más influyentes del siglo pasado, promulga la misma filosofía. Acabará sus días como Picasso.

Casi octogenario y con achaques en su caminar despacio y algo cómico, Dylan está ante la última etapa de su vida. Su estudio es un escenario y no está en la Costa Azul. Su estudio es un espacio siempre cambiante, en continuo movimiento, dentro de lo que él mismo califica como Never Ending Tour (La gira interminable). Es su taller, que igual pasa por una gran ciudad como por una pequeña localidad fuera de los mapas de las agendas de las estrellas. De esta forma, si la gira interminable pasó el año pasado por Salamanca, Madrid y Barcelona, a finales de este abril y principios de este mayo lo hará por Pamplona, Bilbao, Gijón, Santiago, Sevilla, Fuengirola, Murcia y Valencia. Anoche lo hizo por París, donde tocó el jueves y lo hará también esta noche de sábado.

Bajo el techo estrellado del Grand Rex parisino, un maravilloso teatro art-deco de principios del siglo XX, Dylan y su banda aparecieron de repente de la oscuridad. Se hizo un apagón y al volver la luz ya estaban los cinco sobre el escenario, como caídos del cielo, o surgidos de las entrañas de la tierra. Ellos con traje gris, Dylan con chaqueta blanca de lentejuelas brillantes, pantalón negro con amplia línea dorada y botas blancas. Se hizo la luz en el mismo instante en el que se lanzaron con Things Have Changed, la canción a la que ha recurrido el músico estadounidense para abrir sus conciertos en los últimos tiempos. Su declaración velada para decir a su público que las cosas han cambiado, aunque él mantenga los mismos modos con respecto a su leyenda en vida. Ni saluda ni habla ni encara sus canciones clásicas como suenan en los discos. Dylan cambió hace tanto tiempo que ya ni se recuerda cómo fue antes.

Quizá el mismo tiempo que lleva afrontando esta última etapa de su vida artística, a la postre de su vida entera. Con más de 100 conciertos al año, a Dylan solo le queda morir en el escenario, ese taller personal y a la vista de todos donde, si ninguna enfermedad ni percance interrumpen todo abruptamente, ya está ejecutando su canto del cisne como Picasso, rodeado de sus maestros, haciendo versiones de sus lienzos más famosos. Versiones como Highway 61 Revisited, que asaltó la noche como un caballo abriéndose paso por la curva. Inesperada y contundente, con un redoble de batería que bombeó salvajemente. Es George Receli un baterista excepcional, un pura sangre de golpes secos, que podría crear su propia escuela por sus formas brillantes en Love Sick y que rescata a Dylan cuando su voz de óxido no llega al pico alto, ese que de joven alcanzaba con facilidad pasmosa y ternura afilada.

Anoche, se notaron las costuras de un tiempo y otro cuando cantó It Ain’t Me, Babe, el momento más flojo. La fuerza poética de la siempre imperfecta voz de Dylan se transformó hace tiempo en un canto limitado, dañado, pero que se sustenta por su imperiosa necesidad de abrirse paso, de masticar a pesar de la edad. Se pierde diente y detalle en los tonos, pero adquiere un acento de extraña agonía, como de época que llega a su fin pero con la mirada al frente. Como hizo en Like a Rolling Stone, llevada a un terreno de swing ligero, Dylan distribuye los compases de la canción de forma distinta con la complicidad de su magnífica banda, los altera para adaptarlos a su última voz, la más vetusta, la más arisca, la única que puede morder el polvo de su propio mito y darle la vuelta. Así, se ha despojado del traje de Sinatra, renunciando a los standards americanos en el repertorio e introduciendo sus propios clásicos, tan solicitados, tan cambiados.

Es el mito del hombre escurridizo, ahora obsesionado con sus maestros. El caudal sonoro que crea la banda, presidida con Dylan en el piano, coge las hebras de la música norteamericana de raíces y las condesa en un todo. Un todo absorbente, sublime por momentos como en Scarlet Town, Early Roman Kings, Thunder on The Mountain, Soon After Mignight o Gotta Serve Somebody. Coge esos sonidos pre-rock and roll (country-western, R&B, folk, swing, blues…) y los inyecta en sus canciones para transformarlas en el mismo discurso conceptual, ya sea la archiconocida Blowin’ in the Wind o la enérgica pero mucho menos famosa Pay in Blood. Para redefinir su propia obra, se nutre de esas exploraciones de los pioneros, que marcaron a un Robert Zimmerman adolescente en los cincuenta escuchando programas nocturnos de radio en su pueblo de Minnesota y que dieron forma y significado al definitivo rock and roll, la vanguardia musical que transformaría el siglo XX, convirtiéndolo en algo más divertido, tolerante y abierto.

Como Picasso, Dylan, que tocó la emotiva When I Paint My Masterpiece, está en la última etapa de su vida rodeado de sus maestros. Ya dijo en alguna de sus escasas entrevistas en este siglo XXI que toda su imaginería viene de ahí. Creador de un cancionero inigualable, todo un universo en sí mismo, Dylan tuvo distintas etapas y cada cambio importante en su estilo se terminó convirtiendo en un movimiento con connotaciones sísmicas en el entorno de la música popular. Por eso, el musicólogo Paul Williams, uno de los biógrafos más reputados de Dylan y fundador de la revista musical Crawdaddy, le llamó “el Picasso de la música”. Ahora, el compositor estadounidense no genera ondas expansivas, aunque su particularísimo empaste sonoro de la música norteamericana tradicional sea un concepto a valorar, y quién sabe si influyente en algún joven músico por venir y friki del genio huraño, quien concedió el mejor momento de la noche al interpretar Don’t Think Twice, It’s All Right al piano y con armónica (recuperada en varias canciones como no se recuerda).

Soplando con toda plenitud el instrumento con el que se dio a conocer hace medio siglo, Dylan, alumbrado por un simple foco de luz anaranjada en plena oscuridad, cortó el aire al cantar algunos de sus más celebrados versos, una composición que bien puede hablar de sí mismo y su relación con el público y con la historia. “Hasta la vista / Donde me dirijo no puedo decirlo / Adiós es una palabra demasiado buena / Así que solo diré que te vaya bien”, cantó para que luego la intensidad de la armónica inundase el teatro de cielo estrellado. Una melancolía poderosa y rota se apoderó de la noche. La gente acabó levantada de sus butacas y decenas de ellos se agolparon en pasillos y primeras filas durante los bises. Tras tocar Blowin’ in the Wind y It’s Takes a Lot to Laugh, It Takes a Train to Cry, Dylan se fue sin despedirse mientras el grupo siguió tocando. Adiós es una palabra demasiado buena. Tanto los creyentes del músico como sus detractores, e incluso los indiferentes, deberían saber ya una cosa: Bob Dylan no estará en su propio funeral.

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