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EL LIBRO DE LA SEMANA | CRÍTICA DE 'TODO EN VANO'

El año del hundimiento

Walter Kempowski narra en 'Todo en vano', una gran novela, el final de la II Guerra Mundial desde la óptica de una familia alemana que se resiste a admitir la derrota

Combate entre soldados alemanes y soviéticos en Mitau (Letonia), en verano de 1944.
Combate entre soldados alemanes y soviéticos en Mitau (Letonia), en verano de 1944.

Siendo tantas las novelas cuyo tema es Alemania bajo el nazismo, conviene decir cuanto antes que esta no solo es una gran novela, sino que es, además, singular. Se sitúa en el último año de la guerra, en una pequeña ciudad alemana que tiene al Ejército ruso a las puertas y en una finca de las afueras, propiedad de una distinguida familia. En realidad es el retrato de un derrumbamiento nacional visto desde una provincia donde sus habitantes naturales viven ese suceso histórico con la inconsciencia, el despego o la ceguera voluntaria de la gente que renuncia a ver lo que sucede ante sus ojos.

Para contar este episodio final de la Segunda Guerra Mundial desde una mirada alemana, Walter Kempowski idea en esta novela, publicada originalmente en 2006, una estrategia narrativa de una eficiencia notable. El relato se centra sobre todo en la finca, llamada Georgenhof, donde vive la honorable familia Goblig, cuyo cabeza se encuentra destinado en Italia: son la señora Von Goblig, Katharina, su hijo Peter, el servicio y la llamada ­tiita (una especie de ama de llaves). A la casa acuden habitualmente el alcalde de la pequeña ciudad de Mitkau, el tío Josef y su familia y el doctor Wagner. Y —esta es la gracia del relato— por esa casa van pasando personas en retirada ante el derrumbe del frente ruso; ese abanico de gente de paso es el que ayuda a desplegar y enriquecer la imagen de la angustiosa desbandada. La estrategia del autor consiste en crear escenas como pinceladas dispersas sobre un lienzo (la mente del lector) que al ir tomando forma concreta crean un cuadro vivo de los días finales de los Goblig. Ellos aún esperan que nada ocurra finalmente y las escenas/pinceladas se suceden alrededor de la finca haciendo cruzarse a los distintos personajes: locales y en tránsito. Es verdad que son pinceladas, pero están trazadas por una mano admirable que fija matices a cual más sugerente, lo cual permite al autor contar con absoluta soltura, sin la rigidez del orden tradicional y con una suerte de impresionismo vital inicial que comienza por parecer un relato costumbrista y desemboca en un tercio final extraordinario que progresa con una fuerza demoledora para cerrarse con absoluta convicción en torno a la demoledora realidad del desastre con una impresionante fuerza dramática. El cuadro resultante corona el empeño de este formidable ajuste de cuentas de la conciencia alemana con la realidad del horror permitido por una nación alucinada y seducida por el nacionalismo populista de un caudillo paranoico.

Cuando Kempowski toma a un personaje en una de estas escenas, suele cruzarlo con otro y desarrolla dos líneas narrativas a la vez (por ejemplo, cuando Katharina Goblig, la bella e insustancial señora de la casa, piensa en Drygalsky, el director del Hogar del Trabajo, un tendero reciclado en autoridad civil, el texto salta de pronto a los pensamientos de éste antes de volver a sí misma). Esta movilidad, aparentemente ligera, otorga una gran vitalidad a la narración y aviva al lector. La secuencia ‘El desconocido’ en la que Katharina esconde a un refugiado judío no es solo la más poderosa dramáticamente (antes del tremendo final, naturalmente), sino que sirve para dar a conocer todo el mundo emocional, sentimental y educativo de ella y, por extensión, de la vida civil de la gente, y la secuencia del desconocido enlaza con la turbia excursión al mar de un día con el alcalde Sarkander; son dos situaciones límite en la ociosa y repetitiva vida de Katharina en las que nada grave parece haber ocurrido en realidad, pero lo dicen todo sobre ella y sobre las costumbres de la sociedad provinciana alemana ajena a la verdad de la guerra. Toda la narración tiene un aire ligero e intrascendente que va poco a poco generando un crescendo maravillosamente medido que se levanta para culminar en un gran fresco local del desastre nacional. El efecto pincelada ha cumplido su misión.

El derrumbe alemán está contado con la objetividad propia de un retrato, pero, como sucede en los grandes retratos, posee la humanidad conmovedora del gesto, de los momentos cruciales de la vida de una gente que está siendo derrotada desde tiempo atrás y que, por fin, descubre la derrota en su pequeño territorio, como amparados en la incredulidad pasiva de quien esconde la cabeza bajo el ala. Conviene señalar que está muy bien mostrada la patética confianza que aún mantienen en que el Führer no los dejará solos, que el derrumbe es parte de su estrategia de defensa. A todo ello se une la miseria moral que se adueña de todas las almas en fuga: la horrible suma de bajezas a las que es capaz de llegar el ser humano en los momentos del “sálvese quien pueda”. El relato sucede en el tiempo inmediatamente anterior a esa Alemania derrotada y en la miseria que mostró Rossellini en su admirable Germania, anno zero.Solo queda en pie, como un símbolo, Von Goblig, el único de ellos que no es responsable del horror que sus mayores, consciente o inconscientemente, contribuyeron a construir. Una gran novela.

El testimonio de un autor acusado de espionaje por los rusos

Walter Kempowski (1929-2007) publicó Todo en vano, su novela más famosa, un año antes de morir. En los años ochenta, y después de pasar ocho años en las cárceles de la RDA acusado de espionaje por las autoridades soviéticas, se consagró a un proyecto monumental llamado Das Echolot, en el que reunió, a modo de collage, testimonios de primera mano, diarios, cartas y memorias sobre la Segunda Guerra Mundial que organizó en 10 volúmenes publicados a lo largo de dos décadas. Kempowski volcó su propia experiencia en el ciclo de novelas Deutsche Chronik.