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Vivirlo todo, contarlo todo

La escritura arrolladora de Thomas Wolfe, que a menudo se desbordaba en sus novelas, encontró en el relato corto el molde perfecto. Una monumental antología recoge ahora sus mejores cuentos

El escritor estadounidense Thomas Wolfe se sube a un tranvía en Berlín en 1935. 
El escritor estadounidense Thomas Wolfe se sube a un tranvía en Berlín en 1935.  ullstein bild / Getty Images

William Faulkner tenía a Thomas Wolfe (1900-1938) por el más prometedor escritor de su tiempo y nunca sabremos hasta dónde habría llegado debido a su temprana muerte, antes de cumplir 38 años. Bien, pues aquí está Thomas Wolfe. No muy conocido en España, donde se tradujeron hace tiempo El ángel que nos mira (Valdemar) y la que se tiene por su obra más ambiciosa, Del tiempo y el río (Montesinos y, más tarde, Piel de Zapa), Wolfe fue absolutamente admirado por la mayoría de los grandes narradores americanos, desde el propio Faulkner a Philip Roth, pasando por Scott Fitzgerald o Jack Kerouac. Fue un escritor torrencial, incontinente, desmadrado, de lo que su literatura se resiente, por lo que su obra más acabada y redonda quizá sean estos Cuentos que ahora edita Páginas de Espuma y que se suman a los que Periférica había publicado ya en volúmenes separados (El niño perdido, Una puerta que nunca encontré, Especulación, Hermana muerte y El viejo Rivers). En la película El editor de libros se reproduce bastante bien su relación con su editor (es decir, el hombre que leía sus textos por cuenta de la editorial) Maxwell Perkins, que lo fue también de otros grandes; una relación que más bien fue una lucha por domar la escritura salvaje de Wolfe, pues Perkins se ocupaba de dar forma a textos que Wolfe era incapaz de contener y controlar.

Wolfe escribía desaforadamente. Era un hombre de una vitalidad incontenible, su afán de totalidad era contarlo todo, leerlo todo, vivirlo todo, pero su escritura, lógicamente autobiográfica, lo es de un modo expansivo, es decir: no pretende hablar ante todo de sí mismo y de su experiencia personal, sino del mundo por el que él camina, ama, ríe, canta, vive… El protagonista de sus textos no es él, sino el mundo en el que vive tal como él lo ve, y esta precisión me parece fundamental para valorar su obra más allá del género autobiográfico, hoy tan ramplón como de moda.

Su estilo es de una calidad descriptiva como pocas veces se ha dado en la literatura contemporánea

La explosión de vida que contienen sus libros no deja de recordar a otro vitalista: Walt Whitman. El canto al desarrollo, al progreso (tan propio de la época), a la ciudad, al campo, al dolor y al amor, a la esperanza y a la desgracia tiene en Wolfe tanto de elegía como de drama porque su lucidez, acompañada de la compasión (y menciono la compasión como un valor positivo y vigoroso) y el entusiasmo por la vida y por la América que estaba haciéndose, proviene sin duda del canto whitmaniano. Pero si bien la novela lo conduce a menudo al desbordamiento, los cuentos, de tamaño más ajustado, dan la medida de su genio, que era también su peor enemigo. De ahí la importancia extraordinaria de este volumen.

La escritura de Wolfe, de una intensidad y calidad descriptiva como pocas veces se ha dado en la literatura contemporánea, es, a consecuencia del carácter de su autor, acumulativa, es decir, se vale de la acumulación de adjetivos en su afán de rodear al nombre y extraer su esencia; y aun a riesgo de resultar repetitivo, alcanza un potencial de belleza expresiva fuera de serie. Varios de sus cuentos son, más que cuentos, reflexiones sobre la realidad, siempre sin perder su estilo, mientras que los que son estructural y formalmente relatos más acordes con la construcción más tradicional están admirablemente resueltos, tanto los más breves (véanse, por ejemplo, ‘Boom Town’ o ‘Cuatro hombres perdidos’) como en los más extensos (‘El niño perdido’, un texto maravilloso sobre la muerte del hermano pequeño de Wolfe, una obra maestra de la utilización del punto de vista).

Hay relatos que son pura especulación reflexiva (es el caso del espléndido ‘No hay puerta’); otros son de corte costumbrista (el estupendo ‘El sol y la lluvia’, un alarde de observación del modo de ser de unas personas), o ‘El tren y la ciudad’, con ecos de la manera de hacer de O. Henry. A veces escribe como recitando una oración, otras en tono entusiasta, otras con compasión, otras con pura emoción, otras con aire de sermón, otras en modo elegiaco, pero la constante es siempre la comprensión del corazón humano, de manera que hasta en los textos más sombríos y dolorosos hay siempre un trasfondo de celebración de la vida y tristeza de una puerta que nunca encontró. No olvidemos que Wolfe murió a los 38 años. Y, como es natural, esta escritura es un constante criadero de imágenes literarias cargadas de impresionante belleza.

Puede parecer que Wolfe necesitaba a un Maxwell Perkins a su lado; eso es cierto, pero sólo para protegerlo del exceso. De hecho, la estructura de muchos de estos cuentos cumple perfectamente con el mandato de Henry James de que la intriga debe emanar de los personajes y de las situaciones y no al revés (que es la característica de los libros que “se leen de un tirón”, tan propia de los best sellers). Incluso cuando tarda en entrar en materia porque gusta de preparar lo que se avecina, leemos con avidez porque lo que nos interesa no es sólo lo que se dispone a contar, sino cómo lo cuenta, de esa manera tan abarcadora e integradora que sobrepasa la anécdota para llenarla de gente, de realidad y de sensaciones que crean una expectación continua, hasta el extremo de que a menudo parece que se mete en un jardín, como suele decirse, del que sale siempre para volver, enriquecido, al meollo del relato. Lo que no se recomienda es leer el libro todo seguido, que puede ser agotador, sino acostumbrarse a convivir felizmente con él.

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Autor: Thomas Wolfe.

Traductora: Amelia Pérez de Villar.

Editorial: Páginas de Espuma, 2020.

Formato: tapa dura (952 páginas, 39 euros).

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