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Una pensadora libre frente a las masas

Una exposición sobre Hannah Arendt en el Museo de Historia de Berlín se convierte en un recorrido a través de las grandes ideas y la historia del siglo XX

Certificado de ciudadanía estadounidense de Arendt (1951). Ampliar foto
Certificado de ciudadanía estadounidense de Arendt (1951). LIBRERÍA DEL CONGRESO DE EE UU

Es un intenso recorrido por las grandes ideas que ocuparon la mente de Hannah Arendt, omnipresentes en el pensamiento actual. Los refugiados, los derechos humanos, el antisemitismo, el racismo, la amistad. La magnífica exposición abierta al público en el Museo de Historia de Berlín es una excelente oportunidad para conocer mejor a una de las grandes pensadoras del siglo XX. Pero es sobre todo una invitación, a ratos dolorosa, a la reflexión social, política e individual. Porque si algo resalta la muestra es la determinación de Arendt de pensar en libertad, lejos de las masas, que en su Alemania natal propiciaron la ascensión de Adolf Hitler. “Nadie tiene el derecho a obedecer”, es una de las citas que encabeza la muestra.

La exposición se reparte en dos pisos del museo berlinés, abierto al público ahora manteniendo las medidas higiénicas propias de la pandemia (mascarilla, desinfectante, distancia de seguridad). Dentro, bloques temáticos organizan el pensamiento y la vida de Arendt, que ya en 1933 huyó de Alemania, primero a París y después a Estados Unidos, donde impartió clase en varias universidades. Su vida es también la historia del siglo XX.

Para la filósofa, el imperialismo, el colonialismo y el racismo conducen a la deshumanización de los individuos y  culminan en sistemas burocráticos de asesinato de masas, como demuestra la historia

La clarividencia de la autora de Eich­mann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal, que el mundo celebra desde hace décadas, se enfrentó en vida al rechazo a las críticas feroces de sus contemporáneos. También por parte de la comunidad judía, que enfureció ante su relato del juicio en 1961 de Adolf Eichmann, el criminal nazi responsable de la deportación de millones de judíos a los campos de concentración, cuyo proceso ayudó a que el mundo tomara conciencia de la terrorífica magnitud del Holocausto.

Más de 100 testigos desfilaron por la sala, incluidos supervivientes de los campos de exterminio. El relato y la interpretación que Arendt hizo del juicio, en el que la pensadora se detiene en la colaboración de algunos líderes judíos con los nazis, desató una intensa polémica y un debate a menudo considerado catártico. No fue hasta el año 2000 cuando Eichmann en Jerusalén se publicó en hebreo.

Cuando a Arendt le criticaron que no amaba a Israel como debía, respondió sin rodeos. “Nunca he amado ninguna nacionalidad. Ni la alemana, la francesa, la americana, y ni a la clase trabajadora. Solo amo a mis amigos y soy incapaz de ningún otro amor”. Esa incapacidad de etiquetar ideológicamente a la pensadora la destaca la comisaria de la exposición, Monika Boll. “Arendt no invocó ningún programa, ni partido político, ni tradición. Eso hace que sea difícil clasificar su pensamiento, pero también lo hace interesante. ¿Fue una izquierdista? ¿Una liberal? ¿Una conservadora?”, se pregunta Boll.

Ejemplares de la revista The New Yorker, donde inicialmente se publicaron los artículos de Arendt, que asistió a las sesiones en Jerusalén, son solo algunos de los 300 objetos fascinantes que se pueden ver en la muestra. En las imágenes del juicio, la pensadora aparece con una grabadora colgada del cuello y traje de raya diplomática.

Acompañan también al visitante las imágenes de la célebre entrevista que Arendt concedió a Günter Gaus en 1964. En blanco y negro, con el cigarrillo en la mano y las gafas de pasta negra, Arendt desgrana su pensamiento durante una hora, sin más fuegos de artificio que la palabra durante el encuentro en la cadena ZDF. Habla del momento decisivo, de cuando emergió el conocimiento de los crímenes del campo de concentración nazi de Auschwitz. “Es algo con lo que no podemos reconciliarnos”, concluye en un fragmento de la entrevista que se ha convertido en los últimos años en un inesperado éxito en YouTube, con más de un millón de visitas.

Más allá del juicio de Eichmann, Arendt (Hannover, 1906-Nueva York, 1975) reflexionó en profundidad sobre la identidad judía. “Si a uno le atacan como judío, debe defenderse como judío”, se puede leer en las paredes de la muestra en Berlín. Los esfuerzos por asimilarse y el deseo de aceptación de personalidades judías como Rahel Varn­hagen, cuya biografía escribió Arendt; sus críticas al nacionalismo sionista y a lo que ya en aquella época sucedía en Palestina ocupan la primera parte del recorrido del museo de historia.

La condición de refugiada y el destino de los que se ven forzados a huir es otro de los grandes temas que preocupó a una intelectual que durante 13 años fue apátrida, hasta que en 1951 obtuvo la ciudadanía estadounidense. Años antes, en la revista Menorah, había publicado un artículo titulado “Nosotros, los refugiados”.

Broche que llevaba Hannah Arendt en la famosa entrevista televisiva con Günter Gaus (1964).
Broche que llevaba Hannah Arendt en la famosa entrevista televisiva con Günter Gaus (1964). DHM / S. Ahlers

Ese mismo año, en 1951, se publicó Los orígenes del totalitarismo, la gran obra en la que Arendt bucea en la mecánica y la génesis del nazismo y el estalinismo. Para la pensadora, el imperialismo, el colonialismo y el racismo forman parte de construcciones ideológicas que conducen a la deshumanización de los individuos y que culminan en sistemas burocráticos de asesinato de masas, como demuestra la historia.

Y en ese panteón de grandes ideas y pilares vitales aparece también la amistad. Los amigos de Hannah Arendt, repartidos por Europa y Estados Unidos, ocupan un lugar destacado en paneles que jalonan las salas de la exposición. Con filósofos como Walter Benjamin, Martin Heidegger o Karl Jaspers. Pero también con figuras menos conocidas como Anne Weil, su mejor amiga, o Hilde Fränkel, otra gran amistad de su juventud. Porque para ella la amistad era mucho más que la mera socialización. Era la red que protegía y sustentaba a los obligados a buscar refugio lejos de su país. En la exposición se pueden ver también las fotos que Arendt tomó de sus amigos con su Minox.

La muestra pasa de puntillas por la vida personal de la filósofa y también por la relación amorosa que mantuvo con Heidegger, el filósofo que simpatizó con el nazismo y su maestro. Sale a relucir en una entrevista grabada con su sobrina nieta Edna Brocke, a la que le preguntan por el tema. Cuenta Brocke que una vez, al despedirse de Hannah Arendt en el andén cuando se dirigía a encontrarse con Heidegger, le preguntó: “¿Tiene que ser así?”. ­Arendt le contestó: “Hay cosas que son más fuertes que una persona”.

En Estados Unidos, la filósofa dio clases en las universidades de Princeton, Chicago y Berkeley. Los alumnos la adoraban. También allí fue pionera, al ser en 1959 la primera profesora que tuvo Princeton. Pero a Arendt no le interesaron demasiado lo que consideraba los asuntos de mujeres.

Cierra la muestra una serie de entrevistas sobre qué significa pensar libremente. Sobre la importancia de forjar un criterio propio, de pensar por uno mismo. El individuo como elemento clave en una democracia, sobre todo cuando entra en contradicción con el pensamiento de la mayoría. Ese es el espíritu que impregnó el pensamiento de Arendt y que ejerce de hilo conductor en la exposición, que estará abierta hasta mediados de octubre. Si el maldito virus lo permite, bien merece un viaje a Berlín. Porque todo está ahí; todo lo que importa.