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Un té en las ruinas

Hélène Gestern desentraña la historia de una amistad durante la Gran Guerra en un laberinto de centros narrativos y con la fotografía como fuente de verdad

Soldados franceses de la I Guerra Mundial en bicicleta, alrededor de 1914. 
Soldados franceses de la I Guerra Mundial en bicicleta, alrededor de 1914.  CORBIS / GETTY IMAGES

Se puede llegar a predecir con optimismo que no existirá en el futuro ningún instrumento humano más prodigioso que el libro. Platón lo comparaba con una efigie, que uno cree que está viva pero, si le preguntamos algo, no contesta. Entonces, para corregir ese silencio se inventa el diálogo. ¿Qué habría dicho Sócrates de la amistad, de la inmortalidad del alma? Borges creía que el libro podía llegar hasta la última ranura de la memoria y la imaginación, superando en asombro a cualquier prolongación del cuerpo humano: el microscopio y el telescopio como extensiones del ojo, el teléfono como propagador de la voz o la espada que alarga el brazo.

Pero incluso el libro, en su más alto grado de inefabilidad (Finnegans, un coup de dés), está obligado a rivalizar con otro fenómeno técnico, la fotografía, que no sólo lo supera en viralización (¡ay!) y popularidad, sino también porque en la escritura con luz interviene la aleatoriedad y una cierta irreversibilidad, cualidades que interfieren en la existencia humana, como estamos comprobando en nuestra vida actual. El azar es el Espíritu Santo del fotógrafo, tanto si le reza para que aparezca como si no. En la guerra y en la paz, la fotografía ilumina los espacios intersticiales (Robert Frank) de la realidad, y aunque no da felicidad (Montaigne habla del “placer lánguido” de la lectura, recuerda Borges), exige poco más que voluntad y oportunidad. Por último, y aunque suene patético, la fotografía no sólo hay que verla, sino que, como el libro, hay que releerla, y en estas confidencias estamos tras la agotadora lectura de El olor del bosque (Periférica & Errata Naturae), quinta novela de Hélène Gestern (Nancy, 1971), donde los dos artefactos, fotografía y libro, adquieren por sí solos y a la vez un alto grado de entropía. La misión de la autora —y del lector, abrumado por el encabalgamiento narrativo, entre cartas, archivos, extractos de diarios codificados, poesía, flashbacks, écfrasis— será desentrañar esa medida aleatoria que confiere a la historia contada una verdad, por tardía que sea, incluso cuando el asunto es algo pizpireto y nos damos cuenta, nada más pasar la primera página, de que el nombre de la narradora, Élisabeth Bathori, coincide con el de la Condesa Sangrienta, la asesina más dedicada de la historia cuya vida noveló la poeta surrealista Valentine Penrose (reeditada ahora en español por Wunderkammer). Sólo al final sabremos si lo que parece una simpatía superficial por la reclutadora de vírgenes (¡hasta 650 asesinatos!) que vivió entre el XVI y el XVII es un señuelo en el laberinto narrativo o un oportuno culto sáfico de la autora, que además de excelente escritora es lexicóloga en la Universidad de Lorena.

Bathori, especialista en fotografía, y más específicamente en esa disciplina de orquídeas que es la postal histórica, recibe de Alix de Chalendar, octogenaria en las últimas, el encargo de evaluar la correspondencia de guerra y las fotografías de su tío Alban Willecot, caído en el frente en 1917. Aquel lugarteniente, destinado en la sección fotográfica del Ejército, resulta ser el amigo de Anatole Massis, uno de los grandes poetas de la época, con quien mantuvo dicha correspondencia íntima y regular. Aceptará el encargo, aunque le será muy difícil encontrar las respuestas del poeta al soldado que “había usado la fotografía como teatro burlón y nostálgico para poner en escena la fuerza de la perversión de la guerra y probar su capacidad para desnaturalizar todo lo que tocaba”. Sus pesquisas en los viajes por media Europa, atravesados por sus encuentros románticos con un descendiente lejano de Massis —y esta es la parte menos interesante y entorpecedora de la novela—, la enfrentan a la verdad de una historia hasta entonces velada, en la que las fotografías de ejecuciones de soldados cometidas por los líderes militares para evitar deserciones son más elocuentes y certeras que las confesiones descubiertas en el diario escrito en clave por Diane, la joven prometida de Alban, apasionada de la ciencia y las matemáticas que vive en una época en que el matrimonio era el resultado de una negociación antes que una historia de amor.

Foto a foto, carta a carta, Bathori reconstruirá el pasado desde un siglo atrás hasta la persecución de los judíos, y de paso hace aflorar el suyo: “Algo infinitamente lento comenzó a moverse dentro de mí, algo que no tenía forma ni nombre todavía pero que oscuramente empujó los muros del dolor para exigir la declaración de la luz”. En el caserón que la anciana Chalendar le ha dejado en herencia, próximo a un bosque donde le esperan los túmulos refractarios a la verdad, se inspirará para terminar su manuscrito sobre la vida del poeta-astrónomo Willecot, que titulará Un té en las ruinas.

En esa búsqueda del tesoro emergerán las imágenes que releerá como posos en el fondo de una taza, removiendo la tierra donde se acumula el tiempo de las fotografías clandestinas por las que trata de soñar lo soñado por el soldado. Descubrirá que lo patético de la vida guarda su verdad en la esquina de una imagen contingente pero satisfactoria: “Nosotros somos un rayo, o más exactamente lo que queda de él, bordeado por el bosque…, una masa oscura”. El olor que emana de la floresta hace que vivos y muertos dialoguen entre sí. Y la efigie, cómo no, responde a la luz de ese “enigma funerario fascinante” que para Barthes era la fotografía.

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Autora: Hélène Gestern.

Traducción: Laura Salas Rodríguez

Editorial: Periférica & Errata Naturae, 2020.

Formato: tapa blanda (777 páginas. 26,90 euros)

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