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CRÍTICA TEATRAL | UNA NOVELITA LUMPEN

Encerrados con solo dos juguetes

Una potente versión de 'Una novelita lumpen', de Bolaño, y una inesperada dosis de erotismo flamígero. Dirige Rakel Camacho

Imagen de 'Una novelita lumpen'.
Imagen de 'Una novelita lumpen'.

"Ahora soy una madre y estoy casada, pero no hace mucho fui una delincuente. Mi hermano y yo nos habíamos quedado huérfanos. Eso de alguna manera lo justificaba todo. No teníamos a nadie. Y todo había sucedido de la noche a la mañana”. Así habla Blanca, la protagonista de Una novelita lumpen, la última obra que Bolaño publicó en vida. Era un encargo de Claudio López para Random House. Pasa en Roma. La imagino en los años setenta y me hace pensar en un cóctel entre Tennessee Williams y Jean Genet. El texto parece flotar en poesía sonámbula, pero esa extrañeza suena verdadera. “No puedo creer que sea de noche, y que esta incandescencia sea la noche”, dice la hermana. Parafraseando a Marsé, podría titularse Encerrados con solo dos juguetes. Rakel Camacho firma la adaptación y la dirección, que se ha estrenado en el ambigú del teatro Pavón Kamikaze de Madrid.

Blanca quiere ser peluquera, pero acaba metida en prostitución y robo. ¿Acaba? Nada acaba en estas vidas. Blanca puede “pasar” de peluquera a puta, y luego a lo que se tercie. No le pone nombre a sus acciones. No hay planes, no hay moral. Parece que hay que echar para delante. Blanca es Rebeca Matellán. Una actriz que parece físicamente pequeña pero tiene una tremenda entrega física y una potencia erótica que te corta la respiración. Nunca la había visto. Me gustaría verla más veces, en personajes muy distintos.

Enrico (Diego Garrido) es el hermano. Un aire de recién entrado en la adolescencia, un rostro que parece una mezcla de niño y de salvaje. Trabaja en un gimnasio, y al volver a casa devora películas porno “para aprender a follar”. En el gimnasio conoce a dos hombres: Boloñés y Maciste. Trigo Gómez interpreta a Boloñés. Sabemos poco de este personaje. Podría ser el más turbio y un santo varón, que compra, lava, se ocupa de las tareas de la casa. Tiene poca historia. La cámara, por así decirlo, le deja para centrarse en los dos hermanos y en el hallazgo de Maciste: Jorge Kent encarna a este gigante ciego, ojos blancos, rapado al cero, que fue campeón de culturismo y actor de películas de gladiadores. Ahora, Blanca y Maciste follan como si hubieran nacido para eso. Quizás se conocieron en la antigua Grecia, o en una lejana isla de la que ni recuerdan el nombre.

A la pregunta “¿A quién matarías si no tuvieras ninguna otra opción?”, Blanca dice: “Me asomaría a la ventana y mataría a cualquiera”. Puede ser verdad, pero parece una de aquellas frases que decía Anna Karina en las películas de Godard para parecer dura y mala. O no. Más bien parece que su juego favorito es el sexo. Un erotismo feroz (lo que algunos llaman “sexo explícito”). Una mezcla de prostitución y libertad: difícil saber quién domina. Ha de ser duro para Rebeca Matellán y Jorge Kent (y a ratos Trigo Gómez) mostrarse y abrazarse desnudos, empapados en linimento para que sus cuerpos brillen y se vuelvan resbaladizos, a pocos pasos del público. No se me va ese olor intenso, el resplandor de esa piel. Imagino el piso donde viven los hermanos y todo se me mezcla, como a ellos: hay algo de libertad absoluta chocando con algo brutalmente claustrofóbico, un vacío incandescente ahora en todas partes, como un virus sin nombre empapando Roma entera. Ha de ser duro montar esta obra y dar vida a los personajes principales. Para agarrarse tienen ese texto, para mi gusto uno de los mejores de Bolaño, con una poesía y un misterio claros y verdaderos. Luego está, vuelvo una y otra vez, esa entrega de los actores, ese agarrarse y lanzarse como quien rueda por una ladera para escapar de la infelicidad.

Aplaudo la guía de Rakel Camacho, pero hay un momento en que la historia se me va. O parece detenerse. Bien porque los personajes quieren escapar, o porque les veo trepando por un sueño mitad gris mitad fluorescente. Como los de cada día en ese lejano barrio. No sé si fue una decisión de Bolaño, o se le echó la oscuridad encima, no sé si se me fue el santo al cielo, pero me falta algo en Una novelita lumpen, y no sé qué es eso que se me escapa entre los dedos. Quizás falte un cierre que nos deje la boca seca, y luego salgamos al aire con el buen gusto de todo lo anterior. Vayan a verla. Y vayan también a la sala Francisco Nieva del Valle-Inclán para aplaudir a Fernanda Orazi como Winnie, y Francesco Carril, con pocas pero intensas escenas, en Los días felices, de Beckett, traducida por Antonia Rodriguez Gago, con versión y dirección de Pablo Messiez. La próxima semana se lo cuento.

Una novelita lumpen

 

Texto: Roberto Bolaño. Dirección: Rakel Camacho

Teatro Pavón Kamikaze. Madrid. Hasta el 15 de marzo