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SILLÓN DE OREJAS COLUMNA i

Liberaciones y descubrimientos

La nueva novela de Elvira Lindo es para el crítico: "su obra maestra"

Francisco Martínez de la Rosa, retratado por Díaz Carreño.
Francisco Martínez de la Rosa, retratado por Díaz Carreño.

1. Lindezas

La narradora de A corazón abierto (Seix Barral), la última “novela” de Elvira Lindo —y, lo digo de entrada, su obra maestra—, se hace consciente, en un momento dado, de que “a veces se tarda media vida en mirarse una misma con compasión”. Media vida y, sobre todo, una ya muy variada producción literaria que ha ido componiendo, como “figura en la alfombra”, un puzle memorialístico que su último libro cierra brillante e irremediablemente. Entrecomillo lo de novela porque, prescindiendo del grado de ficción circunstancial (y autoficción) que en ella haya introducido su autora, lo cierto es que A corazón abierto es un impresionante memoir, un implacable (auto)análisis y un doloroso arreglo de cuentas con la novela familiar. Como le ocurre a su narradora, la verdadera vocación de Lindo no es literaria, sino aventurera. Claro que la literatura sin paracaídas es la mayor aventura: la que lleva al (re)descubrimiento de una misma a partir del descubrimiento de los otros. En el centro de este viaje está la figura del padre: un personaje torrencial y fascinante, atrabiliario y egocéntrico, a la vez obsesionado por el orden y por (sobre)proteger a los suyos, pero incapaz de mostrar sus afectos por miedo a mostrar su acongojante vulnerabilidad. Un padre obsesionado por el miedo al abandono —como sufrió dramáticamente de niño: Madrid, 1939—, una figura imponente, ferozmente individualista, proclive tanto a los entusiasmos fantasiosos como a los abisales delirios, y que arrastra a su familia a una existencia nómada y desarraigada: El Atazar, Málaga, Cádiz, Mallorca, Ademuz y Madrid son, sin orden, algunas de las etapas. Ese es el personaje que la narradora no puede descubrir hasta que está debilitado, con las corazas agrietadas, y ya no tiene respuestas voluntaristas o mágicas para entender los cambios del mundo, como le pasaba al septuagenario Arthur Sammler, aquel magnífico personaje de Saul Bellow, también perplejo al final de su vida, ante la naturaleza de su presente. El redescubrimiento del padre implica un cambio fundamental en la sensibilidad de la narradora: sus piezas se ordenan, ya sabe de dónde viene, ha descubierto que aquella figura totémica también moldeó sus miedos, sus inseguridades, sus conjuros supersticiosos para intentar mantenerlos a raya. A corazón abierto es, sobre todo, una radical inmersión en el corazón de una mujer que finalmente logra liberarse no solo de sus rencores y pánicos, sino de prejuicios impuestos por la moral familiar del patriarcado. Todo ello confiere a este libro sincero, además de su carácter novelesco (la ya mencionada ficción circunstancial, con personajes que evolucionan), una validez generalizadora, universal, y profundamente feminista.

2. Poetas

Hace pocos años, Cátedra publicó una Historia poética de Nueva York en la España contemporánea, de Julio Neira, un estupendo trabajo/antología acerca de la atracción que la capital cultural del mundo contemporáneo ha ejercido sobre nuestros poetas, desde los deslumbramientos del Juan Ramón de Diario de un poeta reciencasado (1917) hasta la producción de jóvenes que han cantado a Nueva York en la primera década de este siglo. A Eduardo Moga, poeta y editor, también le interesa, como a Neira, la conexión de las grandes ciudades con la sensibilidad de los creadores que las eligen como sujeto. En su estupendo Streets Where to Walk is to Embark (publicado por Shearsman Books, Bristol), el sujeto es Londres, y los protagonistas son los poetas españoles, desde Martínez de la Rosa en adelante, que han utilizado la ciudad que Conrad saludó como “la mayor y más grande [the ­biggest and greatest] de la tierra” como asunto, motivo, inspiración o telón de fondo de sus versos. El libro, pensado especialmente para lectores británicos (con los poemas en versión original y traducida), pero también útil para españoles, permite una visión diacrónica de los sucesivos estilos, como si el conjunto consistiera en el mejor resultado de una imaginaria competición de poetas sobre un tema único a lo largo de los dos últimos siglos.

3. Desiderata

A propósito: se me escapó por los pelos una nota autógrafa y lacrada (un 20 de diciembre de hacia 1850) que Francisco Martínez de la Rosa (poeta, dramaturgo, presidente del Consejo de Ministros y director de la RAE: como ven, una fiera) envió a su amigo el historiador, ministro y también académico Pedro Pidal solicitándole unos libros (entre ellos, las Memorias de Godoy, “el Príncipe de la Paz”); había pujado por ella en una subasta, pero me pasé de tacaño. Me habría hecho gracia regalarme esa nota con desiderata escrita del puño y letra (con caligrafía ligada y muy entintada) del personaje. La puja por escrito se iniciaba en 25 euros; ofrecí 30, por si acaso, pero se la llevó alguien que no pagaría más de 35. Mala suerte. Como también me lo parece, de otra manera, que me hayan plantado, a cien metros de mi casa —y de mi bendito Sillón de Orejas—, una nueva franquicia —y ya van muchas— de esas, digamos, librerías low cost que compran libros usados (no cualquiera, claro: ellos eligen) a 20 céntimos cada uno, para venderlos a 3 euros (un volumen), 5 (si compras dos) o 10 euros (si compras cinco). En el primer caso —si alguien compra por tres euros un solo libro—, el beneficio bruto supondría un 1.400%, lo que haría estremecerse de placer a Warren Buffett. Miren, ya sé que tiene que haber de todo en este mundo, incluso “librerías” que se ofrecen también para “adornar” con su fondo estanterías de pubs o comercios de ropa. Y no está mal comprar en ellas, si se encuentra algo interesante. Pero a la hora de desprenderse o aliviarse de libros, mi consejo es que hagan cálculos y regálenlos o, al menos, deposítenlos donde puedan encontrarlos otros sin pagar. Pesan menos.