El hombre que toca la banda sonora de la prehistoria

El gallego Abraham Cupeiro, descubridor de instrumentos remotos, reinventa en el disco ‘Pangea’ el sonido ancestral del mundo

El músico Abraham Cupeiro toca un dord, antigua trompa irlandesa, en agosto.
El músico Abraham Cupeiro toca un dord, antigua trompa irlandesa, en agosto.ÓSCAR CORRAL

La culpa de todo la tienen las pelis de romanos. Esas en las que las trompetas anuncian con apenas dos o tres notas ridículas la irrupción de los gladiadores en la arena. “Es impensable que las culturas antiguas no tuviesen mucho más desarrolladas sus habilidades musicales”, reflexiona Abraham Cupeiro, un lucense de 40 años que ha hecho de los sonidos de la antigüedad no ya un modo de vida, sino su propia razón de ser. “Los griegos eran maestros consumados de la filosofía, las matemáticas y el teatro, así que su música también debía de ser algo espectacular. A Aristóteles seguro que le gustaba silbar y tararear canciones…”.

En el Centro de Artesanía e Deseño (Centrad) de la milenaria Lugo se expone el apabullante inventario de instrumentos góticos que inmortalizaron el Pórtico de la Gloria compostelano y el orensano del Paraíso. Pero la maleta con la que carga Cupeiro, la más grande de cuantas se ofertan en el mercado, esconde ingenios sonoros ante los que zanfonas y arpas medievales parecen pipiolos. En su equipaje, este intérprete de Sarria, un “niño grande” inmerso en “la aventura del aprendizaje permanente”, como él dice, atesora caracolas de Oceanía, flautas chinas como el xiao o el hulusi (con su característica cabeza de calabaza), una flauta indígena hopi, confeccionada con una pluma de buitre, una gaita colombiana que hizo las delicias de Carlos Vives, una kawala egipcia de caña, una zurna y un duduk armenios y hasta un shofar yemenita. Fascina pensar que ese cuerno de antílope de dos piezas se corresponde, presumiblemente, con aquellas trompetas que derrumbaron las bíblicas murallas de Jericó.

Cupeiro, afable y corpulento, extrae de sus fundas las dos grandes joyas de la colección. Así es como se desvela el dord, una trompa irlandesa de la Edad de Bronce que se estira, estrecha y sinuosa, más allá de los dos metros; y el karnyx, trompeta celta con sus 2.300 años en el DNI, coronada por una imponente cabeza de jabalí. Las dos fueron construidas con sus propias manos en un taller a las afueras de la ciudad. El mismo que sufrió, un par de primaveras atrás, un incendio pavoroso que aún revive en sus pesadillas. “La resina prendió y enseguida se extendieron el fuego y un humo negrísimo. Aún no sé cómo salí vivo de aquella”.

Pero Abraham es un superviviente. La suya es la historia de un chiquillo de orígenes humildísimos, hijo de padres divorciados que se crio en un internado y ha acabado grabando un disco en los estudios Abbey Road al frente de la Royal Philarmonic Orchestra londinense. Él, que compartía cama con su abuelo y calentaba las sábanas con un ladrillo caldeado en la lumbre. Él, que durante cinco meses acompañó a su padre como instalador de calefacciones para poderse comprar su primera trompeta. Él, que con el primer sueldo decente le regaló a su madre un bien anhelado durante décadas: una nevera. Ese es Cupeiro, el rescatador de los sonidos que emocionaban a los más remotos tatarabuelos. El mocetón que hoy ya ofrece casi la mitad de sus conciertos fuera de España y que ha publicado, a través de la multinacional Warner Classics, Pangea, el más ambicioso y global de sus proyectos.

Continente único

Pangea era el nombre con el que, en 1910, el meteorólogo berlinés Alfred Wegener bautizó al continente único que hace 300 millones de años conformaba la Tierra. Cuando el niño Abraham descubrió aquel término, durante una clase de geografía, se quedó obnubilado. Decidió que debía leer cuanto cayera en sus manos para comprender el comportamiento de nuestros ancestros. Y llegó a la conclusión de que el pasado remoto no solo sirve para explicar lo que somos, sino para proyectarnos hacia el porvenir. “Los sonidos milenarios”, reflexiona, “no solo resuenan en nuestro interior evocando tiempos pretéritos". "Además, nos hacen sentir matices y colores tan inusuales que se convierten en futuristas”.

Y en esas anda, inmerso en una investigación infinita e irresoluble sobre cómo eran las músicas que embriagaban a nuestros antepasados prehistóricos. Su reconstrucción del karnyx, por ejemplo, toma como modelo el dibujo encontrado en una moneda romana. Otras de las sonoridades que ha recuperado para Pangea se inspiran en un mosaico del norte de África en el que dos tocadores de tubas comparten escena con un órgano hidráulico. Parece claro que los antiguos desarrollaron fórmulas musicales de cierta complejidad, aunque la ausencia de testimonios escritos impide sacar conclusiones cabales sobre cómo eran las músicas que conmovían, por ejemplo, a los emperadores romanos. Pangea reimagina aquellas partituras inexistentes a partir de instrumentos milenarios de todos los continentes. Y plantea una convivencia inédita entre la música culta y la que se desvanece en la noche de los tiempos.

Abraham ha tenido que superar toda clase de reticencias. Él acredita una formación clásica superior, es capaz de reinterpretar (¡palabra!) la tercera sinfonía de Brahms con su karnyx y obtuvo hace 10 años una plaza como profesor de trompeta en el Conservatorio de A Coruña, pero desde chavalillo padeció el desdén de los intérpretes alineados con la ortodoxia clásica. Hoy sigue lidiando con ello, pero, lejos de intimidarle, lo encuentra divertido. “Quitarle la armadura a los músicos más ortodoxos se ha convertido en el reto”, exclama. “De niños, mi padre nos ponía en el coche música clásica y celta, Édith Piaf o el Golden Gate Quartet, y eso te convierte en un promiscuo musical sin complejos. Hoy acepto con naturalidad que me pongan los pelos de punta tanto los discos de Yes o Genesis, tan rebuscados, como el rock sencillo y bravío de la Creedence Clearwater Revival, pasando por la música tradicional de Azerbaiyán. Y que me emocionaría tanto una llamada de una orquesta de postín como de Supertramp. No puedes comer todos los días el mismo plato de comida, por muy exquisito que sea”.

Y en esas anda el cerebro infatigable de Cupeiro: en la diversificación del menú. Una década atrás, cuando logró su plaza en el conservatorio, se descubrió “deprimido y hundido” con su plácida existencia de funcionario. Comprendió que él estaba hecho de otra pasta, que el día más feliz de su vida había sido aquel de mayo, con 11 añitos recién cumplidos, en que por primera vez lució el traje de gala de la Banda Municipal de Sarria y pudo desfilar por las calles del pueblo con unos platillos entre las manos. Don Manuel Gato, el militar que fue su profesor en el internado, le había inculcado el valor de la disciplina. Y él, aquella mañana de miércoles, descubrió la importancia de poner el corazón en cada nota, en cada golpe de plato. “Desde entonces”, recapitula, “le doy tanto valor a una muñeira como a Morricone o a Tristán e Isolda. Cada día procuro aprender una cosa nueva. Y cada noche, cuando me encuentro con el amor de Loira y Melgo, mis dos perros, me siento un hombre afortunado”.



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