LA ANTIGÜEDAD EN CHANCLETAS | 1 LA 'ODISEA'

Toda la ‘Odisea’ cabe en la isla de Formentera

Releer el clásico de Homero en la pequeña Pitiusa permite descubrir cosas pasadas por alto y jugar a identificar pasajes y personajes del poema en clave local

Javier Olivares.
Javier Olivares.

Pasar las vacaciones en Formentera con la Odisea bajo el brazo, llevando a veces en la playa solo el libro y la mascarilla, heroicamente desnudo como Ulises arrojado a la costa de los feacios, de largos remos, es una experiencia enriquecedora. Y muy pertinente estos días en que cada viaje de veraneo lo afrontas como eso, una odisea, de la que no sabes cómo vas a volver y si habrás de hacerlo con el largo rodeo de una cuarentena. Ulises enseña paciencia dentro de la aventura, tesón, iniciativa, resignación cuando es necesario ante el designio de los dioses, y la esperanza de que las cosas volverán a ser como eran, más o menos.

Cada vez más escojo para el veraneo grandes clásicos que suscitan la admiración del personal -cuando no llevas nada puesto hay poco más que admirar- y te granjean cierto respeto, el que no te otorgan Ken Follet o Joël Dicker, cuando pones el volumen decididamente sobre la barra del chiringuito para hacerte sitio. Un individuo que lee Guerra y paz o el Ramayana merece que se le atienda y no se le ningunee, no vaya a ser una lumbrera y hasta a tener un yate. La Odisea me ha acompañado toda la vida desde niño repelente, pero como suele suceder con los clásicos cada vez que los lees encuentras algo que habías pasado por alto o no recordabas. Por ejemplo, que en la Odisea salen focas. Y un pulpo, y cormoranes “de pico alargado, que encuentran su faena en el mar”; que se menciona varias veces al jacinto, que se describe la tumba de Aquiles, o que hay tanto sexo. Y tanta escena gore (Polifemo borracho regurgitando vino y trozos de carne humana, los genitales cortados de Melantio, junto con su nariz, orejas, pies y manos, arrojados a los perros: puro Tarantino). Que los gorrones pretendientes a los que Ulises, convertido en Clint Eastwood, despacha vía flechas y lanzas al final (imagino que aquí no cabe hablar de spoiler) son, si no he contado mal, la friolera de 108 y que Homero se adelantó 28 siglos a La guerra de las galaxias con la frase reveladora: “Soy tu padre” (canto XVI).

Me he llevado a Formentera la edición más ligera y barata que tengo, la de bolsillo de Alianza (2013), sabiendo que el volumen iba a acabar, con tanto trajín de agua, playa, camino polvoriento y aventuras estivales, peor que los compañeros de Ulises (que murieron todos: más spoiler). Como suele pasar es a ese libro baqueteado al que más cariño le acabas cogiendo. Sus páginas, que amenazan con desprenderse como pequeñas velas blancas bajadas un día de calma, están llenas de mar, literalmente: trocitos de algas, salpicaduras salinas, plumas, con algo de tegumento aún, del cormorán muerto que encontré en Cala en Baster. Añádase arena blanca, un tique asombroso de una consumición en El Ministre, manchas de las muchas copas de licor de hierbas y las tiras de envoltorio de Cornetto para marcar el progreso de la lectura y los pasajes favoritos y se podrá imaginar cómo ha quedado la pobre Odisea. La versión es la del admirado Carlos García Gual y pasa como las hierbas con hielo cuando vas sediento. Es sin duda la mejor y más directa lectura que he disfrutado del texto de Homero, lo cual no es raro si cada vez que lees por ejemplo “los líquidos senderos”, “el vinoso ponto”, “el mar poblado de peces”, “las cóncavas naves”, “la aurora de áureo trono” y “de dedos rosáceos”, levantas la vista de la página y ahí están.

Decía que he descubierto muchas cosas. Ulises, del que Gual advierte que nunca sabemos si nos cuenta la verdad, me ha parecido más complejo y menos ejemplar de lo que recordaba. Es taimado, y cruel, soberbio y arrogante. Valiente como indudablemente es, y un guerrero impresionante, un verdadero soldado, destructor de ciudades (revestido de bronce y empuñando la lanza de larga sombra hace tragar saliva), puede también venirse abajo. Aunque es verdad que le pasa de todo y ¿quién no temería a Poseidón, dios de la cabellera azul, desatado? Por otro lado, llora frecuentemente, como en realidad, para nuestra sorpresa, lloran todos en la Odisea; debe ser una vieja costumbre griega. También comen mucho, y se explican las comidas con gran detalle, como en una versión épica de las novelas de Enid Blyton).

Ulises, Johnny Depp y Mortadelo

El gusto por el disfraz de Ulises solo tiene equivalente en Johnny Depp o Mortadelo: le encanta convertirse en otro y se inventa vidas de mentira con una facilidad pasmosa. En otro orden de cosas, no le supone ningún problema ponerle los cuernos a la fiel Penélope con Circe, de bellas trenzas, y con Calipso, divina entre las diosas (claro que con mujeres así, hechiceras, parece que se tenga disculpa). Entre los detalles concretos, me ha sorprendido lo blanqueada que aparece Helena de Troya, ya recuperada por su esposo, el rubio Menelao, bueno en el grito de guerra, y de vuelta en Esparta, donde los visita el hijo de Ulises, Telémaco, a la sazón en busca de su padre. Parece que la reina -que tuvo hijos con Paris y lío con Deífobo y hasta, se dice, con Aquiles- no hubiera roto un plato y fuera una irreprochable ama de casa. Y Homero no hace ningún comentario al respecto (parece que había una tradición de que era peligroso hablar mal de ella). Todo lo más, Helena achaca a Afrodita que la hiciera cometer “locuras”. Nada, un pecadillo, la guerra de Troya, su destrucción, la muerte de tantos. Otra sorpresa: el arco de Ulises, con el que escabechina a los pretendientes, no era suyo, sino que se lo había regalado Ífito, que lo había recibido de su padre Éurito. Y el nombre original del héroe, Odiseo (de ahí la Odisea), lo sugirió su abuelo materno, Autólico, y viene de odio (canto XIX). Una triste paradoja de la Odisea, llena de historias humanas, es que uno de los pretendientes a los que mata Ulises, Eurínomo, es hermano de Antifo, compañero de guerra y aventuras del héroe al que asesina y se come en su caverna profunda el cíclope Polifemo. El padre de ambos itacenses muertos de maneras tan distintas es el viejo Egiptio, al que al menos le queda el consuelo de un tercer hijo… El libro es rico en grandes secundarios, como el padre de Ulises, Laertes, un Lear avant la lettre, o el porquerizo Eumeo, obviamente uno de los personajes favoritos de Homero, que casi se le come la función al mismo protagonista…

Los faros y los cíclopes

Estimulado por la Odisea, me he dado a imaginar qué parajes y personajes de Formentera podría identificar con los de la obra de Homero. En un juego travieso, he decidido que los cíclopes son los dos grandes faros de la isla, el de la Mola y el de Barbaria, que escudriñan con su único ojo giratorio el mar. Los malvados lestrígones habitan sin duda los carísimos chiringuitos de Illetes dispuestos a dejar en los huesos a los incautos clientes. El acceso al Hades no puede estar en otro sitio que en la cueva subterránea del mismo faro de Barbaria. Los amables y hospitalarios feacios son la amplia troupe colombiana del Pelayo, que, por cierto, me piden que le diga a Shakira -“con la que tú tienes tanta entrada”-, que vaya alguna vez al chiringuito de sus compatriotas: ya sabes Shakira, pásate por ahí, mujer. Y también son los feacios la familia Mayans, de amplios huertos y muchas casas, y los Carola, que han dado refugio al pobre émulo de Ulises que firma esto, con la joven Nausicaa amante de los pájaros y las estrellas: Celia.

El Olimpo, donde se despacha ambrosía en forma de libros, noticias y buenas historias, es por supuesto la librería Tur Ferrer, con su Atenea de ojos glaucos, Carme, a la cabeza y su hijo Joan, que daría genial como Telémaco (con su perra Dolça en el papel del fiel can Argos de Ulises). Los lotófagos se agolpan en los dos restaurantes de Jubany, Can Carlito y el nuevo Es Códol Foradat, con el que la hedonista Formentera del Norte ha puesto otro pie colonizador en el salvaje Sur. Poseidón (de la posidonia) es, claro, Manu San Félix, el señor de las profundidades, explorador de National Geographic, que regenta el diving center Vellmarí en la Savina. Los compañeros, embarcados en sus propios viajes y regresos (nostoi), serían Melina, que ha cerrado, ¡ay!, el Can Toni de la Mola, y sus amigos, como Hilo Moreno, insólito explorador polar en Formentera. No sé qué papel le cabe al belga errante y navegante Vincent; por su capacidad de ceñir y camelar (le han dado la patente de corso del velero del Beso y consiguió hasta que Andrea, de Juan y Andrea, lo invitase a pastel de chocolate). Podría ser otro Ulises, pero también uno de esos dioses errantes descalzos y a veces engañosamente andrajosos que te cruzas sin darte cuenta y te llevan al huerto. Escila son las medusas, multiformes y fastidiosas. Caribdis la playa de Llevant cuando hay bandera roja y te chupa mar adentro. Las sirenas, de penetrante canto, abundan en las playas (aunque en la Odisea se dice que solo son 2), como abundan los sirenos, y los enojosos pretendientes. Y Circe y Calipso residen en todas partes, son la esencia misma de la isla, llena de encantos y promesas, sueños y recuerdos, para que, tentado por el amor inmortal, te olvides para siempre de que tú también, como Ulises, tienes una Ítaca a la que debes volver. O quizá no.

Próxima entrega: Las aventuras eróticas de Ulises

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