El día en que Dalí se vistió de almirante para recibir a Franco

Los diarios inéditos del coleccionista Reynolds Morse desvelan los plantones del dictador al artista, que se prestó a apuntalar la imagen modernizadora del régimen

Carmen Polo, Franco y Dalí en el castillo de Peralada en 1970. FONS NARCÍS SANS
Carmen Polo, Franco y Dalí en el castillo de Peralada en 1970. FONS NARCÍS SANS

Los diarios inéditos del coleccionista Reynolds Morse, inéditos hasta para los biógrafos de Salvador Dalí, aportan nueva luz sobre las relaciones personales entre el pintor catalán y Francisco Franco. En los años sesenta, Morse, que tenía por costumbre anotar sus conversaciones con el artista, le preguntó si temía, en caso de que en España triunfara una revolución y Franco muriera, ser uno de los primeros fusilados. “Sí”, contestó, “igual que los campesinos ignorantes habían matado a Lorca(...). Su muerte fue una tragedia. Tuvo un affaire con un chico en un pueblo y las gentes se pusieron coléricas y le fusilaron”. “Yo estoy absolutamente seguro de que si no me hubiera ido de España antes de la guerra, ahora estaría muerto”, le confesó otro día a Morse, dedicado comprador de la obra del pintor, cuya colección nutre el Salvador Dalí Museum, en St. Petersburg (Florida).

El franquismo pagó con honores, halagos y exposiciones la colaboración activa del artista, que regresó de EE UU a España en 1948, pero a este le faltaba el reconocimiento personal de Franco, que le dio dos plantones y le hizo esperar ocho años, hasta 1956, como demuestran los diarios de Morse, conservados en los Archives of American Art del Smithsonian, y a pesar de todas sus alabanzas: “Soy el símbolo que muestra la tolerancia de Franco”, le dijo Dalí.

Dalí recibió a un emisario que le anunció la inminente visita del dictador. El pintor se afeitó y, entusiasmado, se aprestó a vestirse con sus mejores galas: un llamativo uniforme blanco de almirante. Pero el dictador no apareció

La elección de su pintura clásica La cesta de pan como imagen para el plan Marshall, gracias a la portada de febrero de 1948 de The Week Magazine, revista con una difusión de 15 millones de ejemplares, mostraba a Dalí como un pintor virtuoso que, amparado en el cliché que asocia genialidad con locura, podía compensar su vida escandalosa en un momento en que la administración Truman veía a Franco como dique ante el comunismo. Eso ayudó a preparar su retorno a España.

Según relató a Morse, en 1955, con el yate Azor del dictador fondeado en la bahía de Cadaqués, Dalí recibió a un emisario que le anunció la inminente visita de Franco. En las colinas se vieron policías. El pintor se afeitó y, entusiasmado, se aprestó a vestirse con sus mejores galas: un llamativo uniforme blanco de almirante.

Dalí vestido de almirante para ver a Franco en 1955.
Dalí vestido de almirante para ver a Franco en 1955.

Dalí esperó en vano todo el día a la comitiva. Al día siguiente, llegó el mismo emisario con el mismo anuncio. El artista repitió el ritual, aguardando con su pomposa vestimenta la llegada de Franco, que nunca se produjo. Al tercer día, nuevo aviso con el mismo mensaje. Esta vez, Dalí ya no hizo ningún preparativo ni se engalanó y, efectivamente, el dictador no hizo acto de presencia. Franco solía visitar la zona para encontrarse con el influyente empresario falangista Miguel Mateu, uno de sus asesores más estrechos, dueño del castillo de Peralada y de una casa en la cercana Garbet.

Dalí le contó a Morse que Franco le había parecido “muy inteligente e interesado en el arte” y le elogió por haber creado “una monarquía con la misma genialidad con la que Velázquez había creado ‘Las meninas”

En 1956 hubo un segundo plantón. “Dalí”, siempre según relato de Morse, “emprendió un largo viaje a Madrid para ver a Franco, esperando ansiosamente día tras día la confirmación de una audiencia que no llegaba. Dalí [acompañado de Gala], estaba impaciente para volver a Port Lligat y seguir pintando, así que al cabo de tres días volvieron a Port Lligat. Tan pronto como llegaron y, apenas instalados, llegó un telegrama notificando que Franco les recibiría. Se desplazaron rápidamente a Barcelona para coger el tren, pues a Dalí no le gustaba volar”. La reunión tuvo lugar en El Pardo el 6 de junio. Fue primera de sus cinco entrevistas.

Dalí le contó a Morse que Franco le había parecido “muy inteligente e interesado en el arte” y le elogió por haber creado “una monarquía con la misma genialidad con la que Velázquez había creado Las meninas”. “Franco rió un poco, rechazando modestamente el genio que Dalí le atribuía, pero lo importante es que la idea de la monarquía quedó plantada en la mente de Franco, pues España tendría que restaurar la monarquía, con Franco como jefe de los ejércitos”, escribió Morse.

Portada de la revista 'The Week Magazine' de febrero de 1948 con 'La cesta de pan', obra de Dalí, para anunciar el Plan Marshall.
Portada de la revista 'The Week Magazine' de febrero de 1948 con 'La cesta de pan', obra de Dalí, para anunciar el Plan Marshall.

Morse recordaría toda su vida la mañana de marzo de 1958 en que sonó el teléfono de su casa en Denver y oyó la voz furiosa de Dalí al otro lado de la línea. El coleccionista había escrito un artículo sobre Dalí en la revista Art in America en el que decía que su pintura religiosa obedecía al intento de estar a bien con Franco. “Nunca he pintado para agradar a nadie, sólo a mí mismo. ¡Eres un don nadie! ¡Un mequetrefe!”, vociferaba el artista. “El curso de los acontecimientos me ha llevado del anarquismo al conservadurismo, del ateísmo sacrílego al más grande mundo místico. Yo soy el mismo que cuando era joven, lo que ha cambiado es el mundo: la Guerra Civil y la bomba atómica”.

Monumental enfado

El monumental enfado del pintor no obedecía solo a que Morse cuestionaba su falta de inspiración o de autonomía artística, sino a que dinamitaba su pacto tácito con Franco. Dalí y su pintura histórica y religiosa eran el ejemplo que el régimen exponía en el exterior para contrarrestar a Picasso, exiliado en París, y a Miró, que callaba sin ocultar su antifranquismo retirado en Mallorca.

Franco se entrevistó con Dalí al menos cuatro veces más. El pintor contó a Morse detalles del encuentro mantenido en el castillo de Peralada en 1970. “Primero llegó un helicóptero, después soldados con fusiles, luego dos limusinas. De una de ellas salió tambaleante un pequeño anciano que tenía a todo el mundo bajo su control”, y aún así, escribe Morse, “se negó a hacer la siesta cuando todos estaban exhaustos”. A Dalí le maravilló la energía que demostraba una figura tan frágil. “Tiene que ser un místico”, dijo.

Dalí, que se creía muy superior a Picasso y Miró, se entregó con entusiasmo a sacar rédito de su colaboración con una dictadura necesitada de emplear la cultura como campaña de imagen

Allí mismo, el pintor hizo un rápido retrato de la esposa de Franco, Carmen Polo, y aceptó pintar otro de su nieta. Dalí buscaría la intervención del dictador para obtener apoyo incluso financiero de sus lienzos de exaltación mística y patriótica y para la construcción del Teatro Museo de Figueres, que vendió como contrapunto a la apertura del Museo Picasso de Barcelona y como foco de atracción turística.

Dalí, que se creía muy superior a Picasso y Miró, se entregó con entusiasmo a sacar rédito de su colaboración con una dictadura necesitada de emplear la cultura como campaña de imagen ante las democracias occidentales. Durante la inauguración de la I Bienal de Arte Hispanoamericano de 1951 hay una foto en la que se ve a Franco, vestido de uniforme militar, riendo. Tàpies contaba que la imagen capta el momento en que el dictador fue informado de que se hallaba en “la sala de los artistas revolucionarios”, a lo que este respondió: “¡Ah, bueno, mientras hagan la revolución así…!”.

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