La vida por aquí

“¡Sapo! ¡Tilonorrinco! ¡Iris!”

“Los diputados que se hieren tendrían que buscar diálogo, no usar palabras coronavíricas”, cree Carme Riera

Fernando Fernán-Gómez y Manuel Lozano, en 'La lengua de las mariposas'.
Fernando Fernán-Gómez y Manuel Lozano, en 'La lengua de las mariposas'.

Don Gregorio, maestro republicano, enseñaba Ciencias Naturales. De ahí aprendió Pardal, el niño de La lengua de las mariposas, de Manuel Rivas. Cuando se le puso mecha a la guerra el pueblo persiguió al maestro hasta el camión que fue cárcel. Pardal ya no sabía qué añadir (“¡Cabrón, hijo de mala madre!”) al repertorio de sus padres, y arrojándole piedras le gritó palabras que había aprendido en clase: “¡Sapo! ¡Tilonorrinco! ¡Iris”. En otra escena real a Unamuno le gritan “¡rojo!” porque irrumpió contra el “Viva la Muerte” de Millán Astray.

La mala educación no era entonces el único apoyo de esas interjecciones. Pero habitó entre los disparos verbales que impulsaron la guerra. Dice el historiador José Álvarez Junco que, aunque no es privativa de España, “esa descalificación completa del adversario corresponde al mundo del catolicismo”. Cualquier disidente “es un agente del demonio, un representante del error, al que no hay que escucharle”. Esa intransigencia viene de que hay algo que se llama verdad, que excluye al que no se atiene a ella. “En la cultura protestante habrá de todo, pero existe la tolerancia que obliga a pensar que el otro tiene algo que decir”. Aunque sea “una enfermedad mundial” aquí se traduce en el monopolio de las palabras patria y verdad, que convierte en “ilegítimos” a los que no sienten como nosotros.

Carme Riera, académica, novelista, ve la mala educación “en la falta de palabras que han dado de sí otras que ya no tienen nada dentro. Rojo, fascista. No es necesaria la educación política, con la educación bastaría para que desaparecieran de las manifestaciones, del Parlamento…”. La enseñanza se ha olvidado de la Literatura “que es la que nos enseña a utilizar bien las palabras. Estos diputados que se hieren así tendrían que buscar consenso y diálogo, en lugar de recurrir a palabras yo diría que coronavíricas, y luchar juntos contra la pandemia”. Esas palabras, rojo, fascista, como en tiempos de Pardal, “sólo sirven para contagiar a otros”. Su colega académico Pedro Álvarez de Miranda (cuya pasión es buscar todos los sentidos de las palabras) ve en esta derivación al insulto del lenguaje político “un motivo de vergüenza”. En la radio escuchó hace días intercambios de diputados de tiempos en que se discutía la Constitución. “Uno decía: ‘Estoy de acuerdo con usted, pero…’. ¡Eso hoy es inconcebible, decir que se está de acuerdo con el otro! Sigue habiendo mucho ‘señoría’, pero los diputados entran a degüello. ¿Cuántos muertos son necesarios para remar juntos? Es tan grave la situación que ha habido un diputado, Luis Garicano, de Ciudadanos, que pidió una tregua”.

José Luis Gómez, actor, académico también, fue Unamuno en el cine y en el teatro, e incluso en aquel Paraninfo. “Se ha dicho que es mala educación, pero no: se trata de mala intención, algo mucho peor. La intención define la calidad de nuestros actos, más allá de su acierto o desacierto”. Aquí no se busca “convencer, corregir o enmendar, sino destruir, ultrajar, anular al contrincante político”. Azaña (otro de sus personajes) le regala al actor lo que aquel presidente de la República dijo en las Cortes: “Permítame su señoría que me sonroje en su lugar”.

Rivas, que le dio voz a Pardal, dice ante los gritos de hoy: “Hay una literatura y un periodismo depositarios de la civilización y de la libertad. La zona a defender frente a gente que sólo sabe embestir…”. Hoy pones el oído y escuchas un grito que lleva dentro mucho más que sapo o tilonorrinco o iris. Lleva bilis.

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