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Columna
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Su Majestad ‘The Crown’

El placer dura diez horas y está enemistado con las interrupciones. Se trata de la tercera temporada de la serie sobre la reina Isabel II

Carlos Boyero

Conviene disponer de mucho tiempo libre y apagar esos aparatos que te conectan con las redes sociales, al parecer tan adictivos como la droga dura y tan imprescindibles para vivir como respirar trece veces por minuto. El placer dura diez horas y está enemistado con las interrupciones. Se trata de la tercera temporada de la serie The Crown. Al igual que los locos y los insomnes hablo solo y al final de algunos capítulos, o en determinadas secuencias y diálogos, exclamo con regocijo: “Qué buen cine”. Me ocurre con las grandes series de televisión. Sigo identificándolas con las sensaciones que me ha transmimitido siempre el mejor cine, el que me hace feliz. Y que puede diferir parcialemente del que decretan o santifican academias, enciclopedias y biblias.

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Aseguran que The Crown es el mayor ejercicio de blanqueo que se ha realizado sobre la monarquía británica, esa institución tan antipática, rígida o anacrónica que pervive desde la noche de los tiempos, inmune al derrocamiento o a la extinción sangrienta, como sí ocurrió con sus colegas franceses o rusos que subestimaron el hambre, la penuria y la cólera de la mayoría de sus siervos. Y efectivamente, descubres en la serie que esos personajes pueden ser muy humanos y vulnerables, que poseen matices y sentimientos, que su labor y el mantenimiento de su ancestral estatus exige sacrificios y renuncias, que detrás de las coronas puede haber mucho barro.

Y qué magistralmente está contado. No sé si los guiones y los personajes se ajustan a la realidad, pero son brillantes, primorosa la carísima ambientación y la atmósfera, veraces y atractivos sus intérpretes, directores que saben imprimir complejidad, tensión y arte. Todo es un lujo en The Crown.

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