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COLUMNA i

Abyección

Cada vez que entrevistaban a Juan Carlos Quer me impresionaba en esa persona desolada el tono de voz, la necesidad de justicia

Juan Carlos Quer, saliendo de los juzgados de Majadahonda el pasado miércoles.
Juan Carlos Quer, saliendo de los juzgados de Majadahonda el pasado miércoles. GTRES

"En todas partes he visto océanos de tristeza”, aseguraba Antonio Machado. Sabía mucho del tema. Vio morir a su esposa, Leonor, aquel milagro que le regaló la primavera. Huye de España, pobre, acosado y roto. La palma en Colliure y su madre le acompaña al otro barrio tres días después. Ese interminable mar de tristeza, de depresión a perpetuidad, era lo que mostraba el rostro, la mirada, la expresión de Juan Carlos Quer al constatar que su hija adolescente, desaparecida durante año y medio, fue secuestrada, violada, torturada, exterminada por alguien que otorga señas de identidad al mal en estado puro.

Cada vez que le entrevistaban me impresionaba en esa persona desolada el tono de voz, la necesidad de justicia, el lenguaje tan pausado como entendible, la determinación, la resignada pena, el coraje que demostraba exigiendo la cadena perpetua (lo de prisión permanente revisable me suena a eufemismo), una supervivencia imagino que atroz después de que haya ocurrido lo peor en tu existencia. Su templanza me creaba desasosiego.

Y se supone que hay un vínculo sagrado entre los que han compartido esa tragedia. Por ello, resulta espeluznante oír que su exmujer le acusa de golpearla e intentar atropellarla con su coche. También de ser el culpable de la muerte de la hija y de creerse el rey del universo. Es la novena denuncia que le pone. Ocho han sido sobreseídas. Por esta le detienen. La hija que les queda llama mentirosa a la madre. Alguien está utilizando la calumnia. Si Diana Quer resucitara y viviera la ignominia que está ocurriendo entre el padre que la engendró y la madre que la parió es probable que quisiera volver a morirse. Hay algo turbio, tenebroso, en la siniestra batalla entre dos personas machacadas, cuyo infierno provocaba una inmensa piedad.

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