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Un tornillo en la cabeza

Cuando acabé el capítulo uno de ‘El capital’ sentí que mi cabeza hacía ruido, como si un cirujano invisible interviniera mi cerebro

Un cuadro de la exposición 'Karl Marx Forever?', en 2018 en San Petersburgo.
Un cuadro de la exposición 'Karl Marx Forever?', en 2018 en San Petersburgo. TASS / Getty Images

Me sucedió con El capital. Podría haberme sucedido con algún otro libro muy difícil. Sucesivas escenas de lectura agregaron obstáculos a los que mi nula formación filosófica ya encontraba por sus propios medios. Eran años de dictadura en Argentina, y algunos pensábamos que justamente había que aprovecharlos para convertirnos en expertos de la teoría que nos ayudaría a liberarnos de los militares para siempre. Los más inteligentes elegían a Antonio Gramsci. Pero yo me propuse comenzar por las bases económicas y filosóficas que debían convertirse en mis armas de pensamiento. Por eso me dije: “Vamos a leer El capital”. El plural me incluía a mí y un amigo. La edición era, en aquellos años pretéritos, la de Fondo de Cultura Económica, traducción de Wenceslao Roces, en tres tomos, encuadernados y de fino papel sobre el cual era difícil subrayar o escribir en los márgenes.

Naturalmente, esto no era un obstáculo. Lo que no podía subrayar, lo copiaría en hojas aparte. La librería Galerna de Buenos Aires regalaba a sus clientes unos cuadernillos preciosos, de buen papel y tapa de cartulina. Esa librería era el simpático refugio para las tertulias de quienes no siempre podían permitirse gastar en un bar. Yo pasaba por allí todas las tardes, para conversar, hojear las novedades casi siempre inalcanzables, llevarme algún libro prestado o enterarme de todo lo que todavía no había leído. Cuando tomé la decisión de atreverme con El capital, me agencié uno de los cuadernitos de Galerna. Todavía lo conservo con mi intrépido resumen de la “Sección primera”, escrito con lapicera fuente y tinta verde, que era una de mis manías de falso dandismo. Con esa lapicera, que había superado muchos olvidos, traslados y mudanzas, escribí aquel primer resumen de Marx sobre la teoría del valor y el fetichismo de la mercancía.

Un compañero de formación filosófica, que había estudiado en Italia con Lucio Colletti, nos instruyó en la Lógica de Hegel durante muchas mañanas que, cuando ya todos estábamos borrachos por la dificultad, culminaban con almuerzos en un restaurante frecuentado por periodistas y letristas de tango de la generación del 40. Nos reponíamos de Hegel con unas croquetas de arroz y pollo, nunca tan perfectas como las que décadas después probé en España. Pero, como no conocía las españolas, aquellas croquetas porteñas me parecían excelentes.

Otro escenario para mi estudio de El capital fue una línea de buses que recorría todo Buenos Aires hasta alcanzar los suburbios del norte, situados a una hora de viaje. Viajaba para cumplir tareas políticas completamente incongruentes con Marx, aunque se realizaran en su nombre, y por lo general conseguía un asiento. Tarde en la noche, las luces del bus eran mortecinas, pero yo seguía repasando mis resúmenes del tomo I, tratando de aprender algunas definiciones de memoria. Me intrigaba por qué Marx habría elegido ejemplificar la mercancía con levitas y varas de lienzo, en lugar de vestidos o metros de percal.

Otro de mis escenarios preferidos para la lectura de El capital fue una placita insignificante, al costado de las vías del tren. Tenía la ventaja de que no la frecuentaban niños ni perros ni viejos. En ese lugar del que habían desertado casi todas las especies vivas, nada podía distraerme de la tarea que me excedía: leer a Marx y dejar que mi cabeza diera vueltas, como si fuera una planta en un remolino.

Esta historia de voluntarismo filosófico realizada por alguien que no estaba preparada para encararla, hoy me parece un acto de orgullosa desmesura, si se la mide por mis recursos intelectuales, que alcanzaban, apenas, para otros textos de Marx, pero no para ese tomo I de El capital que acarreaba de un lado a otro.

Cuando creí que lo había entendido suficientemente (no del todo), y cuando terminé de escribir el correspondiente resumen de la “Sección primera” en el cuadernito, sentí que mi cabeza hacía ruido, como si alguien estuviera girando un tornillo o un cirujano invisible interviniera sobre mi cerebro.

Ya antes me habían pasado cosas similares. A los 15 años con El rojo y el negro; a los 16 con Las flores del mal, que mi madre destruyó ante mis ojos, atribuyendo a Baudelaire todos mis defectos y desplantes. Posiblemente el maternal acto de barbarie estuviera sustentado por la moral, porque esos libros me hicieron distinta de aquello para lo que la familia me había destinado.

El capital fue el gran paso, lo que Bachelard llamó la ruptura epistemológica. Después de leer la “Sección primera”, nadie puede seguir igual. No solo por lo que revela sobre el capitalismo, sino por la dificultad de entender esa revelación. Después he leído comentarios y muchas exégesis a ese tomo I de El capital. Sin embargo, aquel primer contacto no perdió ni intensidad ni importancia en mi vida. Aprendí que leer puede ser un desafío casi imposible, como me sucedió a los 17 años, cuando quise traducir un ‘Canto’ de Ezra Pound. Entendía todas las palabras y, sin embargo, no podía alcanzar ningún sentido.