FESTIVAL DE SALZBURGO
Crónica
Texto informativo con interpretación

United colors of Mozart

Sellars y Currentzis alertan del cambio climático en un arbitrario y prodigioso "Idomeneo"

Russell Thomas (Idomeneo) y Jonathan Lemalu (Neptuno), en un pasaje de la producción de Idomeneo estrenada en el Festival de Salzburgo.
Russell Thomas (Idomeneo) y Jonathan Lemalu (Neptuno), en un pasaje de la producción de Idomeneo estrenada en el Festival de Salzburgo.BARBARA GINDL (AFP)

Coristas, bailarines y cantantes ocuparon el escenario en acción de gracias para trasladar al graderío la alegoría de la fraternidad. Diferentes razas, indumentarias y culturas. Un himno a la paz y a la concordia que se resentía de su propia cursilería; que pretendía alertar contra el negacionismo del cambio climático; y que puso fin a un extravagante y arbitrario espectáculo de Idomeneo, aunque no proceda mencionar íntegra o integralmente el titulo de la ópera de Mozart.

Así se anunciaba en los carteles del Festival de Salzburgo y así se estrenó este sábado, pero Teodor Currentzis (dirección musical) y Peter Sellars (dramaturgia) la expusieron a una revisión y un desguace. No solo suprimiendo recitativos y hasta personajes -Arbace quedó reducido a la mínima expresión-, sino incorporando fragmentos de otras óperas -Thamos, rey de Egipto- y convirtiendo el Rondó para soprano, piano y orquesta KV505 en el centro de gravedad del último acto.

Lo interpretó con sensibilidad la mezzo irlandesa Paula Murrihy (Idamante) en representación de un reparto que más parecía una misión de las Naciones Unidas. El tenor estadounidense Russell Thomas, Idomeneo vociferante y descuidado, compartió ovaciones con una soprano china -Ying Fang (Ilia)-, un colega sudafricano (Levy Sekgapane) y hasta un bajo de Samoa.

Sabían cantar, es cierto, pero no con la excelencia que requiere Salzburgo. Y sí con los requisitos de United Colors of Mozart que prevalecieron en la lectura político-poética de Sellars. Las grandes ovaciones del público demuestran que las conductas transgresoras de antaño han cedido al escrúpulo estético y al buenismo. Llegó a decir Sellars que los océanos de amor son el remedio a la desgracia medioambiental, ahora que los mares devoran la tierra firme.

Semejante perspectiva edulcorante predispuso un alegato sobre el cambio climático que Sellars traslada conceptual y alegóricamente. La dramaturgia comienza con una alusión explícita a la crisis de refugiados aprovechando que el Mediterráneo pasa por Grecia -Idomeneo transcurre originalmente en Creta, bajo el tridente de Neptuno-, pero al realizador estadounidense le interesan más las derivadas abstractas de la iracundia oceánica. Y describe un mar de plásticos modernos y criaturas arcaicas cuya moraleja represalia el desafío del hombre a los poderes superiores.

El mayor defecto de la producción radica en las divagaciones y onanismos mentales. Las mejores virtudes recaen en el espacio estético y las atmósferas escénicas, más o menos como si representaran la caja acústica que a Teodor Currentzis conviene para exponer los prodigios de su asombrosa lectura musical.

Todos los colores que Sellars pone al servicio del anuncio de Benetton, Currentzis los matiza y explora en oleaje del coro  y en la combustión del foso. Que no es un foso, sino el cráter del volcán, la hendidura telúrica de la que emana un Idomeneo trepidante y sutil, poderoso y ligero, enjundioso e intenso.

El maestro griego no comparecía con la orquesta que ha creado a su imagen y semejanza (MusicAeterna). Lo hacía con las huestes de la Orquesta Barroca de Friburgo, un prodigio de virtuosismo y de plasticidad al que Currentzis aportó sus cualidades chamánicas.

Ha encontrado Salzburgo al sacerdote que buscaba para la exégesis y la hermenéutica de Mozart. Un director excéntrico y heterodoxo, pero provisto un instinto y de una musicalidad que transubstancian sus interpretaciones en experiencias lisérgicas. Por dinámica. Por cromatismo. Por tensión teatral. Y porque su capacidad integradora entre el foso y los cantantes -la homogeneidad- no contradice la peculiaridad de los solistas, el detalle minucioso, la orfebrería de un sonido inverosímil.

Currentzis lee y escucha. Es el amo del circo. Sabe cuándo tiene que aparecer el payaso triste y cuándo debe hacerlo el domador de leones. La pulcra Ilia de Ying Fang desempeñó el primer papel, como si Currentzis la meciera entre sus brazos, mientras que la imponente Nicole Chevalier aprovechó el aria del despecho de Electra para incendiar el teatro salzburgués. Una versión flamígera que el maestro griego excitaba con la gestualidad de un poseído.

Era el contraste al remanso de la última escena. Decidieron Sellars y Currentzis finalizar la ópera no como estableció Mozart, sino con un ballet escrito anteriormente de cuya coreografía exótica se ocupó Lemi Pontifasio. Natural de Samoa. Y artífice de un paso a dos desconcertante al que dieron cuerpo una bailarina polinesia y un bailarín de Kiribati, perseverando así en la pedagogía de las islas amenazadas por el desafío de los humanos a los cielos.

Se trataba de proponer a los espectadores un ejercicio poético sobre el amor y la armonía de la naturaleza, más o menos como expuso Pedro Sánchez en su hiperglucémico discurso de investidura. Una extravagancia arriesgada y muy discutible que los espectadores toleraron con la misma naturalidad con que consintieron la tergiversación de Idomeneo en la propia casa de Mozart.

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