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El lugar de Franco

En la Ley de Responsabilidades Políticas de 1939 reflejó el dictador su propósito de aniquilar al enemigo más allá de la guerra

La tumba de Francisco Franco, cubierta de flores frescas, en agosto del 2018.
La tumba de Francisco Franco, cubierta de flores frescas, en agosto del 2018.

El tema de la exhumación de Franco suscitó unas tensiones que antes se habían registrado con la Ley de la Memoria Histórica. Con uno u otro pretexto, la derecha se levantó como un solo hombre para recusar la razonable medida de suprimir los honores fúnebres al dictador, del mismo modo que antes viera un desafío revanchista en los propósitos de enterrar dignamente a los republicanos dispersos por las cunetas. El espíritu cainita del 36 resurgía y provocó una respuesta asimismo beligerante. De manera que el traslado discreto de los restos de un dictador, realizado en otros países sin traumas, aquí ha provocado un despertar de neofranquismo, bien como rechazo abierto a la medida gubernamental, bien acudiendo a todo tipo de subterfugios retardatarios.

El auto del Tribunal Supremo viene a sumarse a esta creación de obstáculos. Primero, al degradar un asunto de Estado, la retirada por el Gobierno del símbolo de una Guerra Civil y de una tremenda represión, al nivel de una causa donde es conferido el mismo valor a la negativa de la familia del dictador. Segundo, con la declaración de que Franco fue jefe de Estado entre 1936 y 1975, a partir de lo cual alguien ha sugerido en serio que debería recibir honores de Estado para un nuevo entierro. Enrique Moradiellos opina que el 1 de octubre de 1936 había un jefe de Estado legítimo, Manuel Azaña, y solo al renunciar este quedó libre el camino para el general golpista. Pero, sobre todo, la cosa no venía al caso, ¿para qué introducir un elemento de juicio irrelevante a la hora de respaldar el aplazamiento? Además, de ser cuestión de Estado por la jefatura, es el Estado quien tendría que decidir.

La represión a ultranza, decía Queipo, debía durar “hasta hacerlos desaparecer a todos”. Eso es un genocidio. ¿Cómo una democracia puede conservar los honores a quien dirigió semejante masacre?

Por encima de las peripecias judiciales, sigue en pie lo esencial: ¿por qué es necesaria la exhumación del dictador, su exclusión del puesto de honor que ocupa en la basílica, como salvador de España al ganar la guerra? Si examinamos los antecedentes y el desarrollo del golpe militar vemos que Franco y sus comilitones protagonizaron un exterminio consciente y premeditado de buena parte de la población, producto de una conspiración dirigida a acabar con todo lo que consideraban la Antiespaña. Solo el fracaso parcial del pronunciamiento, con la respuesta popular, llevó a la Guerra Civil. La “operación quirúrgica”, anunciada por Franco desde noviembre de 1935, se prolongará incluso después del fin de la guerra, sacralizada como cruzada, con decenas de miles de ejecuciones. La represión a ultranza, decía Queipo, debía durar “hasta hacerlos desaparecer a todos”. Eso es un genocidio. ¿Cómo una democracia puede conservar los honores a quien dirigió semejante masacre?

Dos libros recientes vuelven sobre el tema. Moradiellos ha escrito una Anatomía de un dictador, después de su brillante historia mínima de la guerra. El análisis de Ángel Viñas en¿Quién quiso la Guerra Civil? aporta nuevos datos para el trazado de su figura, aquí participante secundario en la conspiración monárquico-italiana que llevó al 18 de julio. Así como los apartados sobre el caudillaje y el régimen resultan esclarecedores, la monografía de Moradiellos ofrece un punto discutible, cuyas raíces ya se encontraban en la Historia mínima: la presentación de la guerra como dos mitologías enfrentadas, la visión dualista que refrendaba el triunfo de la España católica sobre la Antiespaña, y la republicana clasista y político-ideológica (sic). Pero su propia descripción confirma que por parte republicana nunca existió una mitología unitaria.

De esa voluntad de equilibrio, en la Anatomía surgen otras oscuridades, tales como presentar un Franco dubitativo, resuelto solo tras el asesinato de Calvo Sotelo. Sobre todo para dibujar con precisión su figura, hubiera sido necesario contrastar el comportamiento de Franco en guerra con la cita previa del Diario de una bandera, donde celebraba la actuación bárbara de sus legionarios. Moradiellos reconoce el peso del africanismo en la psicología de Franco —“sin África, yo apenas puedo explicarme a mí mismo”—, pero sin entrar en cómo la experiencia africana moldeó su forma de hacer la guerra y de vencer a los enemigos. No cabe eludir Badajoz, Guernica y, sobre todo, la Ley de Responsabilidades Políticas, de 1939, donde refleja su propósito de aniquilamiento más allá de la guerra. Aun cuando de modo preciso Moradiellos explique la eficacia de “la despiadada represión inclemente” que Franco puso en práctica, sellando con el miedo la duración indefinida de su régimen.

Pero hubo un desbordamiento de la represión técnica en el respaldo africanista a la barbarie de los suyos, la exaltación de la muerte y la voluntad declarada de “hundir los dientes hasta el alma” a sus enemigos. La ideología de Franco fue la expresión en clave legionaria del corporativismo militar antidemocrático que surge del 98. Él mismo lo contó en Raza. Vale la pena seguirle. Y, cuanto antes, exhumarle.