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IDA Y VUELTA COLUMNA i

Fábula del expulsado

El desclasado vive en rebeldía contra sus limitaciones y quiere conquistar el rango al que considera que tiene derecho

Elizabeth Taylor y Montgomery Clift, en 'Un lugar en el sol' (1951). Ampliar foto
Elizabeth Taylor y Montgomery Clift, en 'Un lugar en el sol' (1951).

Algunas historias cardinales, la literatura está contándolas siempre: una de ellas es la del heredero o la heredera perdidos, la criatura robada o extraviada al nacer que crece como extraña en un mundo que no es el suyo, señalada y aparte, destinada sin embargo al cabo de muchas peripecias a recobrar la posición y el nombre que le pertenecen. Es la historia, la fábula más bien, del Patito Feo, la del Gato con Botas, la de Cenicienta. Está ya en los cuentos orales más antiguos y sigue estando en los culebrones de la televisión, en la mejor literatura y en la más barata; incluso, de manera al parecer instintiva, en la imaginación de muchos niños, en eso que Freud llamó “la novela familiar”, perturbadora y consoladora a la vez, la idea que el niño alberga de que sus padres son unos impostores, de que él o ella en realidad son hijos de personas con mucho más dinero o más lustre, que alguna vez encontrarán su rastro y vendrán a su rescate.

Cervantes inventó versiones jugosas de la fábula en varias de las Novelas ejemplares. Sobrevive y se renueva a través de todas las tecnologías narrativas: en las novelas por entregas del siglo XIX, en los melodramas del cine mudo, en los seriales de la radio que yo escuchaba de niño, corriendo a veces al salir de la escuela para llegar a tiempo a casa, oyendo al empujar la puerta la sintonía prometedora, las palabras del locutor que anunciaba el capítulo del día.

En el folletín, en el melodrama, la restitución del expulsado corrige un abuso y por lo tanto legitima el orden social: la afrenta no era la condición universal de los pobres o los marginados, sino el malentendido de que se confundiera con ellos a un hijo extraviado de la nobleza. El Patito Feo en realidad era un cisne. La Gitanilla de Cervantes tiene sangre aristocrática. En el siglo XIX, las ficciones serias aprovechan estos elementos inmemoriales para dar cuenta de la realidad contemporánea, los trastornos originados por la expansión del capitalismo y la revolución industrial, los extremos de pobreza y riqueza que separan a las personas por abismos más profundos todavía que los del antiguo orden feudal. En la fauna humana de las novelas de Balzac resalta siempre la figura del desclasado que vive en rebeldía contra sus limitaciones de origen y quiere conquistar el rango al que se considera con derecho, el dinero, la gloria, el amor de las mujeres resplandecientes que no serían tan atractivas si no miraran desde la altura de su privilegio.

El Pijoaparte nunca conseguirá limpiar la mancha de su origen, por mucho que seduzca a unos niñatos de la oligarquía catalana que juegan a ­revolucionarios

El héroe de estas novelas siente las diferencias de clase como una injuria y una herida personal. Su sentido de la justicia puede ser menos claro que su resentimiento. Su ambición de ascenso y revancha social cobra con frecuencia la forma de una fiebre de conquista erótica, que será también el imán de su desastre. El Julien Sorel de Stendhal es un antepasado del personaje de Montgomery Clift en A Place in the Sun, que ya venía de una novela de Theodore Dreiser. Nuestro Juan Marsé, enÚltimas tardes con Teresa convirtió a Manolo, El Pijoaparte, en la encarnación española de todos esos héroes de la rebeldía visceral de clase, un Julien Sorel de la periferia charnega de Barcelona en los años sesenta que nunca conseguirá limpiar la mancha de su origen, por mucho que su exotismo de marginal y de obrero seduzca transitoriamente a unos niñatos de la oligarquía catalana que juegan a ­revolucionarios.

Últimas tardes con Teresa es una de esas novelas que se vuelven cada año más contemporáneas. He pensado mucho en ella leyendo ahora otra novela del mismo linaje, otra historia de un descastado y desclasado, The Princess Casamassima, de Henry James. James es un escritor tan inmenso que uno puede llevar toda la vida leyéndolo y sin embargo seguir llevándose grandes sorpresas, como cuando lo descubrió por primera vez. Yo no había leído esta novela y ni siquiera tenía una idea vaga de lo que trataba. Ahora no me explico cómo he tardado tanto en llegar a ella. The Princess Casamassina, que se publicó en 1886, pertenece a la madurez de Henry James, a la plenitud de su poderío como novelista.

Como en las fábulas, en la novela hay, desde luego, una princesa que lleva ese bello nombre, y en la que James concentra su talento incomparable para los retratos de mujeres. Pero lo que hay, sobre todo, es un viaje a los confines de la injusticia social, de la pobreza, de la condición obrera; una topografía alucinante de las clases sociales cristalizada en el mapa de Londres, dotada de una realidad irrespirable y táctil: la atmósfera empapada de humedad y oscurecida por el humo del carbón, el barro y el frío del invierno en las calles mal iluminadas por faroles de gas. James contó que había urdido esta novela mientras daba caminatas de muchas horas por Londres, observándolo todo. Es la ciudad donde nacieron las ficciones tenebrosas del último ­Dickens y en la que Karl Marx escribía El capital.

El propio Marx podría haber sido uno de sus personajes: refugiados políticos, revolucionarios justicieros o delirantes, como los de Conrad en The Secret Agent. Entre esa menesterosa multitud humana surge alguien singular que muy pronto resulta ser un antiguo conocido nuestro, un descastado, Hyacinth Robinson, alguien que no cuadra, que nunca va a encontrar su sitio, que lleva en su cara, en su figura, hasta en su nombre los signos de su rareza, porque nació en la miseria y estuvo a punto de ser tragado por ella, pero ahora tiene un oficio digno, aunque trabaja con sus manos, y eso ya lo sitúa muy abajo en el orden social. Viste como un artesano, pero hay en él una distinción innata, quizá conectada al misterio de su origen. Su capacidad de observar la injusticia y su rabia de clase están tan arraigadas en él como su sentido de la belleza. No ha podido tener una educación formal, pero lo aprende todo rápido porque se fija mucho, y ejerce su capacidad estética en el oficio de encuadernador.

Como Manolo, El Pijoaparte, Hyacinth Robinson lleva estampada su singularidad en su nombre y, lo mismo que él, será fatalmente seducido por la belleza luminosa de una mujer de otra clase y por su círculo de lo que llama Juan Marsé, con gran precisión técnica, “señoritos de mierda”. Seguimos la vida de este héroe con nuestra fascinación antigua por la fábula: pero sabemos, casi desde el principio, que el destino que le aguarda pertenece al reino amargo de las novelas y de la realidad.