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Muere Javier Muguerza, una de las grandes figuras de la filosofía española

Pasará a la historia del pensamiento español tanto por su obra como por ser uno de los introductores del llamado pensamiento analítico

Javier Muguerza en 2005.
Javier Muguerza en 2005.

Se ha ido definitivamente Javier Muguerza, una de las figuras más descollantes de la filosofía española de las últimas décadas. Nacido en Coín (Málaga) en 1936, se afincó definitivamente en Madrid, donde fue catedrático de Ética en la UNED hasta su jubilación, quedando luego como emérito. Antes había dejado ya su huella en las universidades de La Laguna y Autónoma de Barcelona.

Al dejar la docencia por cumplir los 70 años se le dedicó un libro homenaje cuyo título Disenso e incertidumbre, es ya una síntesis de sus posiciones teóricas y prácticas. Años más tarde, cuando cumplió los 80, se editó un segundo volumen titulado genéricamente Diálogos con Javier Muguerza. El volumen dispone de edición en papel (más de 750 páginas) y también de una electrónica gratuita a través de la web de la revista Isegoría, en la que participó activamente hasta que no pudo ya hacerlo.

Quien acuda a consultar estos textos se encontrará con un panorama general del pensamiento que se ha hecho en España en particular, y en el mundo en general, en los últimos años. Tanto por los colaboradores como por los asuntos tratados.

Javier Muguerza pasará a la historia del pensamiento español tanto por su obra como por ser uno de los introductores del llamado pensamiento analítico. Entre sus obras destacan dos: La razón sin esperanza y Desde la perplejidad, lo que no significa que haya que dejar de lado ni los artículos que publicó en diversos medios ni algunos otros títulos que hayan tenido menor repercusión.

Pero la obra de Muguerza no se agota en sus relaciones con los analíticos: frecuentó también de modo fructífero a los herederos del marxismo, en especial la Escuela de Francfort y Ernst Bloch, y sobre todo, retomó la figura de Kant, en coincidencia con otros autores españoles (Adela Cortina) o extranjeros (Axel Honeth). Con todos ellos participaba del convencimiento de que la filosofía no puede vivir en una torre de marfil sino que tiene como función principal la organización de la convivencia. Si se prefiere decirlo en términos más académicos: que debe haber una relación directa entre teoría y praxis.

Coincide en esto con otros pensadores contemporáneos suyos: Manuel Sacristán (a quien dedicó La razón sin esperanza), Victoria Camps, Fernando Savater, Adela Cortina, por citar sólo a algunos.

Participaba del convencimiento de que la filosofía no puede vivir en una torre de marfil

En una de sus últimas visitas a la Universidad de La Laguna aprovechó para enlazar ambos campos al hilo de la crisis y de la aparición de los movimientos de protesta conocidos como 15-M. Estaba, decía, a favor del diálogo que iniciaban, del derecho a la disidencia, y les animaba a “romper con el pensamiento hegemónico”, a condición de que no pretendieran encumbrar otro. Pero les alertaba contra un “no nos representan demasiado rotundo” porque “con arreglo a ciertas reglas, sí nos representan”.

También se manifestaba, enlazando con Pi i Margall y Saramago, como convencido confederalista, sugiriendo que la solución confederal era la adecuada para el conjunto de la Península Ibérica. Y aprovechaba para evocar un poema de Jaime Gil de Biedma en el que el poeta aseguraba que la historia de España es la más triste de todas porque acaba mal, para añadir que pese a todo, pese a que “España es un país hecho de retales”, él preferiría que siguiera unido, sumando a los portugueses, un sector de cuya izquierda ha sido tradicionalmente iberista.

Reflexiones sobre el presente a las que llegaba por la vía kantiana: el individuo como base de la moral, pero un individuo de raíz universal, cosmopolita. Expresión tomada del propio Kant.

Se puede aceptar la propuesta habermasiana del consenso como objetivo, pero ese consenso se obtiene a través de las reglas de las mayorías y la decisión moral última, en la medida en que es autónoma, es necesariamente individual. Se acepta pues el consenso, pero se retiene el derecho al disenso.

Otro asunto, que él apuntó reiteradamente en artículos y conferencias pero no desarrolló de modo sistemático, es la base metafísica de ese individualismo ético. Francisco Álvarez y Carlos Gómez recordaban, con motivo de la aparición del libro de homenaje a sus 80 años, que la idea kantiana del hombre como fin en sí mismo no es empírica y que tal vez necesite de una justificación que Muguerza no acabó de desarrollar. Pero seguramente eso es lo que hacen los grandes: abrir caminos con la propia obra y señalar que quedan amplios derroteros que explorar para quienes llegan más tarde “dulcemente empujando”. 

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