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El arte de ensamblar ruidos

Beatriz Ferreyra integró en los sesenta en París el Grupo de Investigaciones Musicales, principal agente de la música concreta. Desde entonces, no ha dejado de componer paisajes sonoros

Beatriz Ferreyra, esta semana en Madrid. Ampliar foto
Beatriz Ferreyra, esta semana en Madrid.

La hierba mecida por el viento, el puré de verduras revuelto con la cucharilla o una bisagra chillona. A los 82 años, Beatriz Ferreyra sigue capturando los sonidos de su entorno cotidiano. Afincada en la campiña normanda, no sale a pasear sin llevar consigo una grabadora. Junto a elementos vocales, instrumentales y electrónicos, la música concreta se sirve también del ruido ambiental. Y de ruido el mundo está repleto.

Ferreyra llegó a París desde su Argentina natal fantaseando con la idea de comenzar allí una carrera pictórica. Se había formado como pianista, pero la música clásica dejó de interesarle. Sus planes cambiaron cuando se topó por azar con el Grupo de Investigaciones Musicales que dirigía Pierre Schaeffer, padre del sonido electroacústico. Así fue como Ferreyra comenzó a recortar, unir o superponer metros y metros de cinta magnética que contenía grabaciones realizadas previamente. Después de montarlo todo, el resultado final se mezclaba con otros rollos y filtros, dando lugar a una partitura auditiva de estructura compleja.

Los músicos del colectivo trabajaban por separado encerrados durante horas en los estudios de la radio parisiense. Solo allí contaban con los medios técnicos necesarios para producir. Una vez a la semana, se reunían para compartir sus respectivos avances y Schaeffer era el preceptor. El autor de Tratado de los objetos musicales (Alianza), texto fundacional de la música concreta, respaldaba en su proceso creativo a esta singular troupe de ingenieros, matemáticos y musicólogos. Aquel era un lugar de juego y experimentación en mitad de la Francia conservadora de De Gaulle.

Beatriz Ferreyra, en 1965 en París en los estudios del Grupo de Investigaciones Musicales. ampliar foto
Beatriz Ferreyra, en 1965 en París en los estudios del Grupo de Investigaciones Musicales.

“En aquellos años el sonido era mono, no estéreo como ahora, y nos rompíamos la cabeza para tratar de generar sensación de espacio acercando o alejando el ruido”, cuenta hoy Ferreyra, con el cabello cano y unas grandes gafas retro de pasta transparente. La creadora aterriza en Madrid avalada por un centenar de composiciones musicales a sus espaldas —algunas destinadas al cine o al teatro— para actuar en La Casa Encendida durante una sesión celebrada el martes pasado comisariada por el colectivo a_mal_gam_a. “Como en la computadora puedes ver la onda sonora, un gráfico de la música que estás confeccionando, los jóvenes se han olvidado de escuchar. Nosotros nos limitábamos a cerrar los ojos y dejarnos llevar”, relata.

El ingenio de Beatriz Ferreyra se educó en la escuela analógica, pero ella ha sabido adaptarse a la era digital y presume de traer los sonidos base del recital guardados en un lápiz USB. Lejos queda el magnetófono de bobina y el equipaje cargado de cintas. “Los medios han cambiado, pero el problema al que me enfrento siempre es el mismo: cómo articular un todo a través de sus partes. Elegir el tiempo, respirar con la música, descubrir nuevas cualidades del sonido. Para mí es siempre una aventura”, declara. Unas horas después, en la actuación, bajo una jaima que oscurece la atmósfera, el público la rodeará recostado sobre el suelo con cojines y mantas.

“Tengo amigos que nunca han venido a mis conciertos, les parece horrendo. Yo les digo: ‘No vengáis, no os quiero torturar”

Como intérprete femenina, Ferreyra siempre lo tuvo más difícil: “En el grupo había algunos que pensaban que la música es cosa solo de hombres. Ha pasado siempre a lo largo de la historia. Gustav Mahler, por ejemplo, se casó con una compositora a la que nunca permitió ejercer. Yo misma no me he casado porque los hombres que pasaron por mi vida trataron de apartarme de la música”. Algo de todo esto cambió, relata, con la revuelta parisiense de mayo y junio de 1968; una eclosión política y cultural que tomó la vida cotidiana por asalto. “Nunca he vuelto a ver tanta inquietud y actividad como entonces. La gente se arriesgaba y el arte rejuveneció”, rememora.

Ese mismo espíritu innovador imprime aún hoy el carácter de esta octogenaria, que defiende la necesidad de romper con ideas preconcebidas: “Siempre habrá alguien que defienda la pureza. A nosotros mucha gente nos dijo que, al carecer de armonía y melodía, lo que hacíamos no podía llamarse música. Claro, eso ocurría porque estábamos alterando las concepciones habituales del sonido”. Aunque la música concreta influenció en la obra de referentes de la cultura popular como Frank Zappa o Sonic Youth, el género es un gran desconocido fuera de Francia.

“Tengo amigos que nunca han venido a mis conciertos porque les parece horrendo lo que hago. Yo les digo: ‘No vengáis por amistad, no os quiero torturar”, bromea esta pionera de la música electrónica. En sus conciertos, Ferreyra propone un viaje a través de paisajes sonoros en los que perderse. Como ella misma recomienda, lo mejor es no ofrecer resistencia y entornar los ojos. ¡Clac! Suena el obturador de la cámara durante la sesión de fotos: “¿Ves? Ese ruido, por ejemplo, no tiene suficiente cuerpo, no me serviría para componer”.