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COLUMNA i

‘Black Mirror Bandersnatch’: la simplonería de elegir tu propia aventura

El último episodio entretiene, claro, como cualquier videojuego, pero no traslada al lector la responsabilidad ni la culpa porque las cosas no funcionan así en la narrativa

Nunca he compartido el entusiasmo por Black Mirror, salvo por aquel primer episodio cuya sinopsis bestialista no se puede enunciar en horario infantil. Aquel arranque tenía la fuerza y la inteligencia de un Marqués de Sade, y se parecía bastante a Filosofía en el boudoir, pero el resto de la serie se parece mucho más a un discurso de telepredicador. Y hay discursos de telepredicadores muy brillantes, mejores incluso que una novela de Sade, pero todos son lo contrario de una novela de Sade. Mientras esta desbarata los esquemas morales del lector, Black Mirror moraliza con esta letanía beata: ay, Virgencica, ¿adónde iremos a parar en este mundo de locos con tantos cacharricos y tantos interneses?

El último episodio no escapa a ese tufo de moralina, con la agravante de la interactividad. Bandersnatch, que acaba de estrenar Netflix, es una versión con mando a distancia de los viejos libros de Elige tu propia aventura, que los de mi generación leíamos. O algo así, porque la experiencia se parecía más al juego de la oca que a la lectura de una novela. El propósito, dicen, es hacer sentir al espectador responsable de lo que ocurre, lo que no consiguen ni de lejos. Entretiene, claro, como cualquier videojuego, pero no traslada al lector la responsabilidad ni la culpa porque las cosas no funcionan así en la narrativa.

Cuando somos espectadores, suspendemos la incredulidad. Es decir: nos olvidamos, por arte del narrador, de que somos espectadores, y solo entonces podemos hacer nuestra la historia y sus personajes y sentirnos afectados e incómodos por lo que les pasa y lo que hacen. Si tenemos que adoptar el rol del narrador cada pocos minutos, nunca suspendemos la incredulidad y, por tanto, nunca nos hacemos responsables de nada. Quien quiera empoderar al espectador ha de ofrecer relatos con aristas, con capas, con muchas interpretaciones posibles, que no den una respuesta fácil a dilemas complejos y que no contengan moralejas. Eso es responsabilizar al espectador. Lo demás es ponerle más botones y luces a un juguete rancio.

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