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EP Tendencias BLOGS Coordinado por ENEKO RUIZ JIMÉNEZ Y ÁNGEL LUIS SUCASAS
CRÓNICA

Jornadas de cómic de Avilés. Dentro, fuera y entre las viñetas

Las Jornadas de Cómic de Avilés arrancan con un brillante retrato de tres décadas del cómic español a cargo de Kiko da Silva y Federico del Barrio

Detalle del cartel de la 23ª Jornadas Internacionales del Cómic de Avilés. Ampliar foto
Detalle del cartel de la 23ª Jornadas Internacionales del Cómic de Avilés.

Sabiduría. Ironía. Templanza. Es una trinidad de voces que tienen mucho que ver entre sí y mucho que ver también con el tebeo. Porque el arte de las viñetas es una disciplina que exige de las tres para llevar a buen puerto tareas titánicas que, al menos en este país, hay que compatibilizar con la mera supervivencia.

Ayer, dos autores de fuste y de generaciones sucesivas, el dibujante Federico del Barrio y el dibujante/editor/profesor/guionista y quién sabe cuántos sombreros más Kiko da Silva, sacaron a relucir esta trinidad en el pistoletazo de salida de la vigésimo tercera edición de las Jornadas de Cómic de Avilés. Fueron dos conferencias extraordinarias, ambas tuteladas con maestría por el ilustrador y coorganizador del evento Ángel de la Calle, porque permitieron levantarle el capó al mundo de las viñetas y descubrir en una gran panorámica, a través de la mirada de dos testigos privilegiados, las miserias y glorias de tres décadas de noveno arte en España.

Los ponentes hablaron de manera sucesiva durante más de una hora y de forma totalmente natural los temas de sus conferencias se entreveraron porque del Barrio, que fue el segundo, se mostró extraordinariamente sorprendido por la brillantez, humor e ideas claras de Da Silva. “Si hubiéramos tenido a un Kiko en nuestra época, qué bien nos hubiera venido”, se le oyó decir. En esa construcción a dos voces quedaron claras algunas cosas sobre la historia del tebeo en nuestro país. Más que ninguna, que como en cualquier otro hecho humano, la historia tiende a repetirse.

Da Silva y Del Barrio coinciden en que el último medio siglo de historietas en España queda marcado por un tiovivo que tiene en la década de los noventa su punto más bajo. Ambos coincidieron en la misma definición de tal periodo: “Fue un erial”. Y ambos describieron cómo vivieron dos épocas de florecer muy diferentes y de sentidos contrapuestos, Del Barrio de arriba abajo y Da Silva de abajo a arriba.

A Del Barrio le tocó experimentar la primera línea de las vanguardias del tebeo que, en paralelo a la Movida, se gestaron en torno a revistas como Tótem, Bumerang, Rambla y Cimoc. Experimentación, que en el caso de Del Barrio, estuvo muy marcada por arrumbar la función meramente narrativa del tebeo y exportar la lírica a sus imágenes y textos. Da Silva, por su parte, es representante de la generación novela gráfica, esa que después de sufrir la travesía por el desierto de los noventa, capeada a resguardo de fancines y revistas, vivió el segundo renacer gracias a una obra, Arrugas, y a un autor, Paco Roca. Aunque Da Silva se permitió también disparar su ácida y divertida ironía gallega —retranca, es la voz por esos lares para el sarcasmo y el título de una de las exitosas revistas que este autor ha editado— contra la señorial definición de tebeo como novela gráfica. Más adelante dedicaremos un párrafo propio a esa divertida reflexión.

Portada de 'El infierno del dibujante', de Kiko Da Silva. ampliar foto
Portada de 'El infierno del dibujante', de Kiko Da Silva.

Los males del tebeo español son profundos y muy difíciles de solucionar, porque están asociados a esa precariedad endémica en la que viven los artistas en nuestro país. Allá por febrero de 2017, se desveló un estudio brutal y exhaustivo —La actividad económica de los/las artistas en España, de los profesores Isidro López-Aparicio (Universidad de Granada) y Marta Pérez (Universidad Antonio de Nebrija)— cuyo resumen, rebotado una y otra vez en los medios en una concisa cita, fue el siguiente: “Más del 45% de los artistas afirma que sus ingresos totales anuales, ya sea por actividades artísticas o de otra índole, se sitúa por debajo de los 8.000 euros, es decir, por debajo del salario mínimo interprofesional en España. De esos ingresos, los que proceden del arte llegan al 20%”. Es decir, que anualmente la mitad de los artistas ganan menos de 1.600 euros al año de ejercer su condición. Dos meses y pico (con poco pico) de salario mínimo interprofesional. Dos meses y pico para sobrevivir 12.

Da Silva y Del Barrio no son, a pesar del reconocimiento de sus respectivas carreras, excepciones a la norma. A Del Barrio lo salvó su trabajo conjunto con su gran amigo, el guionista Felipe Hernández Cava, en el diario La Razón, las tiras cómicas que llevan 20 años produciendo a dúo bajo el seudónimo de Caín. Da Silva, como comentábamos, es funambulista de múltiples alambres: la edición de revistas como Retranca o de exitosos volúmenes como ganador del premio nacional de cómic Las serpientes ciegas en su sello BD Banda, las clases que imparte en su escuela O garaxe hermético, su trabajo para revistas como El jueves, escarceos “poco agradecidos, pero muy bien pagados” en el mundillo de la publicidad y el marketing y su propia obra.

¿Pero es posible seguir siendo artista con este panorama? Lo es. Da Silva llegó a desvelar al detalle cómo lo hace él: “Yo tuve claro durante toda mi carrera que tenía que robarle tiempo a lo que realmente quería hacer. Así que uso un método, que le transmito a los alumnos, para robar ese tiempo. Durante la mitad del año pillo muchos curros de supervivencia, bien pagados, en publicidad, ayuntamientos, etc. Estos curros me pagan la segunda mitad del año en la que me dedico a lo que realmente quiero hacer. Cuando veo que se me acaba la gasolina, pues vuelvo a buscar esos curros”.

Destacó ayer, en ambos autores, algo que por desgracia suele verse más bien poco en las ponencias cuando toca hablar de lo mal que está la cosa a nivel profesional: se suele estilar más el echar balones fuera que el asumir una profunda autocrítica. No fue así ayer. Da Silva y Del Barrio volvieron a sintonizar en que el tópico del artista embriagado de musas tiene como primer culpable al artista. “Son asignaturas que me tengo que comer yo, porque nadie quiere darlas porque son un coñazo, pero en mi escuela enseñamos todo lo que tiene que ver con legalidad, marketing y contratos para que los futuros autores de tebeo estén alertas de qué firmar y qué no firmar”. Da Silva criticó a su propio gremio por descuidar constantemente los aspectos prácticos que hacen viable y profesional la vida artística, el “echar los números”. Del Barrio entonó el mea culpa: “Yo era de los que pensaba que el dinero perturbaba la creación artística. Pero… Se me ha pasado”, confesó, y recibió las carcajadas cómplices del público en respuesta.

Otra cosa que se quiso dejar patente es el esfuerzo que lleva detrás el tebeo, sobre todo en sus vertientes más artesanales. Kiko da Silva, que se encuentra inmerso en el gran proyecto de su vida —una novela gráfica por encima de las 100 páginas que entreteje un fantástico próximo al realismo mágico con una investigación sobre las piedras naturales más curiosas del mundo— explicó con humor que su intención al abrir un blog para desentrañar, literalmente, cómo elabora su trabajo, se ha visto frustrada: “No me habéis entendido, porque seguís preguntándome cuándo va a salir. Me lo preguntáis más que mi editor”. Da Silva explicó que cada página —elaboradas con una técnica mixta que mezcla el lápiz, acuarelas, gouache y acrílico, más diversas técnicas digitales— le lleva al menos dos semanas de trabajo, y eso si puede dedicarle tres horas al día mientras las restantes vuelan en lo de siempre, la supervivencia.

Portada de 'Impertérrito', de Silvestre, seudónimo de Federico del Barrio. ampliar foto
Portada de 'Impertérrito', de Silvestre, seudónimo de Federico del Barrio.

Y respecto a la novela gráfica, lo prometido es deuda. La anécdota, que desató una de las mayores carcajadas de la noche, la protagonizó Da Silva: "Vaya invento os sacasteis con la novela gráfica. No solo se nos pide hacer libros más gordos si no que aún por encima solo cobramos un adelanto", bromeó ácidamente el autor, refiriéndose a su propia experiencia con su novela gráfica inacabada, que por él hubieran sido tres libros que, por exigencias editoriales impuestas por este mercado de la novela gráfica, se quedó en un gran volumen en el que lleva enfrascado ya seis años.

Hay que explicar al lector que las Jornadas de Avilés son una rara avis entre los múltiples eventos en torno al cómic que pueblan la geografía nacional. Para los que llevamos muchos kilómetros y carpas en las mochilas, la diferencia es abismal. Si una Heroes Comic Con en Madrid o en un Salón del Cómic de Barcelona se estilan las prisas, el espectáculo, la sensación de estarse perdiendo siempre algo y de que todo es fugaz y multitudinario, las Jornadas son la antítesis de este espíritu. No hay evento que pueda comparársele en la calidad, densidad y profundidad de las charlas que se ofrecen, gratuitamente además, a los espectadores.

La sensación que uno tiene es de ser el invitado invisible a la mesa de dos amigos que charlan sobre el arte que dominan. Que Kiko da Silva se atreva a abominar, sin tapujos y en público, de la formación que imparte la Facultad de Bellas Artes de Pontevedra: “una mierda que de arte no tenía nada” o que Del Barrio confiese que uno de sus editores “no era un profesional, sino un empresario que gastó el dinero ahí como lo podría haber gastado en otra cosa” se explica porque en estas charlas de una hora se genera una atmósfera de camaradería que diluye toda la parafernalia asociada a una charla en sí. Los autores pierden las máscaras o directamente se suben sin ellas al Auditorio de Cultura y cuentan los entresijos de su arte con una transparencia inaudita. Es una oportunidad de oro para el verdadero apasionado del cómic, el que ansía entender los flujos y reflujos de su historia, las divertidas anécdotas entre bambalinas y la búsqueda de la identidad artística genuina al tebeo.

Sobre esto último, Del Barrio se destapó con una cita brillante, que tal vez exprese como nada lo extraordinario de lo vivido ayer desde el patio de butacas del Auditorio Casa de Cultura de Avilés: “En el segundo libro de Silvestre —su seudónimo de su proyecto más experimental, que arrancó en 1990 en el número 7 de la revista Medios revueltos y que ahora recibe un nuevo álbum: Impertérrito (Reino de Cordelia, 2018)— me encontré con lo que creo que es la esencia de la historieta: que los dibujos hablan, que los dibujos dicen cosas, porque si a una historieta le quitas los bocadillos, si tomas esa opción, las historietas se caen. ¿Qué ocurre si un personaje dibujado no tiene un parlamento asociado? Pues sucede que te quedas sin posibilidad de avanzar. Pero yo me rebelé contra esto, contra que los dibujos tengan que ser los títeres de los autores, pero me di cuenta de que soy incapaz de contar nada sin asociar un parlamento. Mi último libro va de eso, qué pasa cuando personaje no hace nada, cuando no habla, ni se mueve. Absolutamente nada.”