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Naipaul en el mundo

El británico es un escritor político incluso cuando cuenta historias sobre su familia y su vocación

V. S. Naipaul, en 1992 en París. Ampliar foto
V. S. Naipaul, en 1992 en París. MAGNUM / CONTACTO

Un hecho simple bien contado adquiere por sí mismo una cualidad de símbolo. No es un adorno literario: es un hallazgo cognitivo. El símbolo sintetiza y explica lo real, a la manera de una ecuación o de una fórmula química. Un hecho así está en el corazón de The Enigma of Arrival, que es ya de por sí una síntesis de toda la literatura de V. S. Naipaul, de su idea del mundo y de sí mismo, del origen de su vocación literaria y el proceso difícil de autoconocimiento sin el cual no es posible el aprendizaje del oficio. En la novela, que solo lo es hasta cierto punto, el joven Naipaul ha empezado por fin el viaje que lo llevará de Trinidad a Inglaterra, de la periferia semicolonial a la metrópolis. Va a ser un viaje largo y laborioso para el estudiante becado que no sabe nada del mundo, que ha vivido la partida con una mezcla de exaltación y de pánico. La despedida de la familia ha sido premiosa, sofocante en su lentitud y en su espesor sentimental para el joven impaciente por desprenderse del agobio de la familia. El avión despega por fin y cuando toma altura Naipaul mira por la ventanilla y ve lo que hasta ahora no había visto nunca: la forma completa de la isla en la que ha vivido hasta entonces. Los contornos del territorio al que uno pertenece solo se vuelven visibles al abandonarlo.

En una época de veleidades expresivas, de brillos irresponsables de palabrería, nadie ha cultivado igual que él la prosa como una forma de conocimiento

Todo lo que Naipaul escribió a lo largo de 30 años de fertilidad incomparable tiene que ver con ese primer viaje, con esa ambición de asomarse a la anchura del mundo y ese descubrimiento de lo que se ha dejado atrás. Su propia vida le dio el símbolo en el que se cifra toda la riqueza y la amplitud de un espacio narrativo que es íntimamente suyo y a la vez abarca la geografía de varios continentes, la historia de la expansión imperialista de Europa, las turbulencias y los fracasos del mundo que los colonizadores dejaron tras siglos de explotación despótica, en una retirada tan atropellada y tan irresponsable como lo había sido la conquista. Por eso Naipaul es un escritor político incluso cuando cuenta historias sobre su familia y sobre su propia vocación, y es autobiográfico cuando al buscar los orígenes de la calamidad poscolonial se remonta a los viajes de Colón y a los de Sir Walter Raleigh, a la conjunción de codicia y fantasmagoría delirante que animaba en el siglo XVI a los conquistadores a dejarse la vida buscando El Dorado o la Fuente de la Eterna Juventud. En el joven Naipaul está la melancolía del adolescente de provincia que alimenta como puede su vocación precoz en una comunidad que le parece cerrada y hostil, muy lejos del resplandor de las capitales de las que vienen los libros que lee y en las que imagina que sucede la literatura. La distancia geográfica no tiene por qué ser demasiado grande. Entrevisté una vez a Don DeLillo, que había nacido en una familia trabajadora italiana del Bronx, y me contó que para él Manhattan, el lugar de la literatura, le parecía tan remota como París aunque estuviera a unas cuantas paradas de metro de su barrio. La provincia de Naipaul estaba más apartada todavía porque era una isla sin pasado ni consistencia social o económica, sin la posibilidad de una tradición en la que haberse educado. El pasado de las poblaciones indígenas había sido borrado sin huella por las matanzas y las epidemias. Los paisajes de la isla habían sufrido una extinción semejante, al ser arrasados para convertir todo el territorio en una vasta plantación de caña de azúcar. Esclavos de África y, después del fin de la esclavitud, trabajadores traídos de India cultivaban la caña y producían el azúcar al servicio de propietarios europeos que no tenían otro vínculo con la tierra en la que vivían que la extracción sin miramientos del máximo beneficio.

En su provincia asentada y opresiva, el aspirante a rebelde quiere hacer borrón y cuenta nueva, romper con sus raíces: Naipaul, el joven colonial, miembro de una familia de emigrantes indios que siguen siendo extranjeros al cabo de las generaciones, no puede apoyarse más que en su propia obstinación, y como viene de un territorio culturalmente devastado, necesita hacer suya, aunque en sus propios términos, la cultura de los colonizadores. Sus primeros modelos fueron El Lazarillo de Tormes y Dickens. El español del Lazarillo era el de los conquistadores y el de los cronistas de Indias: pero la mirada y la escritura de Lázaro, de su autor anónimo, eran una lección de claridad y de irreverencia que desmentía las palabrerías imperiales y enseñaba a contar las cosas tal como son, a la luz fría y desengañada de la verdad. Y el oficio narrativo que le había servido a Dickens para mostrar por dentro el tejido de las vidas inglesas y el funcionamiento social en la época del gran empeño imperial podía ser usado para contar el otro mundo, el de la experiencia lejana de los colonizados en su isla perdida en el Caribe. V. S. Naipaul, en A House For Mr. Biswas, se apoderó de la forma clásica de la novela de Dickens con la misma ambición y el mismo descaro con que su coetáneo caribeño Derek Walcott hizo suya la tradición igual de sacralizada del gran poema épico. El marginal lleno de talento toma por asalto la ciudadela de lo intocable como el que se cuela de noche en un museo, y lo hace suyo y a la vez contemporáneo, lo devuelve de la arqueología a la vida.

Nada más alcanzar la maestría en el arte de la novela clásica V. S. Naipaul abjuró de ella. Tanteó otras formas más fragmentarias de ficción que se correspondieran con las vidas de desarraigo y desplazamiento que quería contar. Consideró que la ficción no le bastaba y tomó otro género clásico de la literatura colonial, el relato de viajes, y le dio la vuelta para contar con urgencia y con una claridad corrosiva como la del Lazarillo historias que ya no podían ser abarcadas dentro de los límites de la novela. Daba igual el género: lo que importaba era la precisión de la escritura y la agudeza de la mirada y el oído. Nadie, que yo sepa, ha llegado tan lejos en estos tiempos como V. S. Naipaul en convertir la transparencia en estilo; en una época de veleidades expresivas, de brillos irresponsables de palabrería, nadie ha cultivado igual que él la prosa como una forma de conocimiento.