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Variopinta vecindad

Penelope Fitzgerald hace un excelente ejercicio de virtuosismo literario dedicado a contar las vidas de gente una tanto excéntrica con problemas comunes al resto de los humanos

La estilista británica Mary Quant en 1966 en Londres.
La estilista británica Mary Quant en 1966 en Londres. Getty Images

Al comienzo del decenio de los años sesenta, Londres se convirtió en el epicentro de la modernidad: Mary Quant impuso la minifalda; Vivienne Westwood era la reina de la moda más atrevida; Cliff Richard y los Beatles, cada uno en su estilo, convirtieron a Londres en la ciudad de moda, una ciudad que el joven conde austriaco que las niñas Martha y Tilda recogen califica de “vibrante”. Las niñas son hijas de una joven canadiense, Nenna James, casada con un inglés convencional, Edward, del que está separada y aún enamorada, o eso cree ella. Vive con las niñas en una gabarra (Grace) anclada en el muelle junto a Battersea Reach, con una vecindad formada por gabarras de distintos tamaños y grados de conservación. La vecindad es variopinta: un viejo marino que vive en El Acorazado y se dedica a pintar y vender marinas; un homosexual que consiente a un joven que almacene en su barcaza el producto de sus robos; un reservista voluntario de la Marina Real que vive en la embarcación más limpia y ordenada y que cada día va a trabajar en la City, pero su mujer vive en tierra; Woodie y su esposa, él en su barcaza Rochester y ella en una caravana, aunque planean vender la gabarra y mudarse a una casa que tienen en Purley. Vidas a la deriva entre mar y tierra, entre la indecisión y la espera.

El relato ni empieza ni termina; es una parte de una historia que pertenece a una historia más compleja que se deja desear

El relato procede, como casi todo en su literatura, de la propia experiencia de la autora. En realidad, más que una novela, es un conjunto de escenas en las barcas con alguna que otra salida al exterior, tomadas como un trozo de vida o sucesión de anécdotas pertenecientes a una hipotética obra más amplia. Están contadas con eficiencia, pero también con una cierta frialdad, con problemas enunciados e incardinados en los personajes, pero problemas vistos desde un lado convencionalmente superficial debido a que presta más atención a los detalles (la descripción ambiental es magnífica) y diluye en ellos la posible importancia de unos personajes que se quedan en estereotipos, cargados de sentimientos obvios, más tendentes a ilustrar una visión del mundo en pérdida, “a la deriva”, que a construirse por sí mismos y por su propia potencia para dar personalidad, convicción y consistencia a esa “deriva”. Apenas hay escenas de intensidad, pero tampoco las hay de esa sutileza inglesa que muestra vidas de verdadero fuste en lugar de escenas más o menos previsibles. En realidad, nos limitamos a asistir a pequeños dramas hogareños en barcazas. A estas vidas apaciblemente sórdidas les falta el mordiente, la sordidez, la mala uva y el humor de una Barbara Pym.

El de Fitzgerald es, en cambio, un excelente ejercicio de virtuosismo literario dedicado a contar unas vidas de gente una tanto excéntrica con problemas comunes al resto de los humanos y que anda detrás de una soñada vida de libertad que la realidad de sus vidas se va ocupando de demoler cuidadosamente. El relato ni empieza ni termina; es, como decía al principio, una parte de una historia que pertenece a una historia más compleja que se deja desear y que se escurre entre sentimientos bien contados y algo menos sentidos, más bien observados, servido todo ello con la tradicional eficacia y atención a la vida cotidiana de la novela inglesa.

A la deriva. Penelope Fitzgerald. Traducción de Mariano Peyrou. Impedimenta, 2018 224 páginas. 20,50 euros