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Esa felicidad geométrica

La abstracción óptica invade el Museo Thyssen con una amplia exposición de Victor Vasarely

'Marsan-2' (1964-1974), obra de Victor Vasarely expuesta en el Museo Thyssen (Madrid). Ampliar foto
'Marsan-2' (1964-1974), obra de Victor Vasarely expuesta en el Museo Thyssen (Madrid).

En el peor de los casos fue un competente diseñador de salvapantallas para el ordenador avant la lettre; un pulquérrimo artesano del macramé tecnológico; un creador de azulejos para cuartos de baño. Aunque pensándolo bien, ¿qué tienen de malo los azulejos bonitos? ¿Acaso toda la lírica constelada de Miró no se plasmó como en ningún otro sitio en la estrella del logotipo de un banco?

Es curioso: ya hace semanas que se inauguró la exposición en el Museo Thyssen, muy completa, muy bien dispuesta…, pero nadie me telefonea y dice: “¡Guau, Vasarely en el ­Thyssen! ¡Corramos a verla!”. Tampoco los medios de comunicación difunden un entusiasmo indescriptible. Parece que esas composiciones sin centro que representan nódulos en una trama potencialmente infinita, en una continuidad combinatoria de figuras geométricas sencillas y colores puros, incomodan o dejan frío.

Efectivamente, los efectos ópticos de las obras cinéticas tienen una cualidad perturbadora y mareante que hace que, a pesar de su sensacional irrupción en el escenario artístico a mediados de los años sesenta —la exposición fundacional Le mouvement en la galería parisiense de la abnegada y encantadora Denise René se celebró en 1955—, no se consolidasen en el gusto de la clientela particular: la provocación retiniana no descansa, no se integra bien en el contexto doméstico.

La era del algoritmo actual es la era del arte geométrico de Vasarely, un programador artístico de formas infinitas

Claro que ese contexto a Victor Vasarely (1908-1997) le importaba bien poco, pues sólo tenía en consideración al coleccionista particular como una forma de financiar su trabajo para la sociedad. El propósito declarado de aquel ex grafista publicitario formado en la sucursal de la Bauhaus en Budapest y emigrado a París a principios de los años sesenta para trabajar en varias agencias de publicidad, gran jugador de ajedrez, pero mal perdedor, y experto manipulador del cubo de Rubik, que se sentía un arquitecto frustrado y se apasionaba por la geometría en la arquitectura islámica “porque no son cuadros geométricos colgados en las paredes, sino decoraciones geométricas perfectamente integradas en la arquitectura”, no era embellecer la vivienda de uno o de 100.000 clientes, sino transformar el paisaje humano, el paisaje urbano, con sus intervenciones plásticas, a favor de la dicha colectiva. “El porvenir nos tiene reservada la felicidad en la nueva belleza plástica, móvil y conmovedora”, sostiene en el Manifiesto amarillo publicado en el catálogo de la mencionada exposición.

Quizá esto contribuya a explicar, dicho sea de paso, el misterio de que fuese tan bien acogido en su país, que le tributó su primera gran retrospectiva en 1969, en plena dictadura comunista de Kádár, donde el dogma era el realismo socialista, y la abstracción, una forma de la clandestinidad. Consecuente con esa ambición redentora, esparció sus obras por espacios colectivos de Europa y América, centros deportivos, nudos de comunicaciones, campos universitarios, factorías, teatros, hoteles. Y como centros de irradiación de tanta felicidad geométrica y cinética, en 1970 se abrió el Musée Didactique Vasarely en el Château de Gordes, una fortaleza en un parque natural de la región de Provence-Alpes-Côte d’Azur, que funcionaría hasta 1996. En 1976, la Fondation Vasarely en Aix-en-Provence y el Museo Vasarely en Pécs, su ciudad natal, con una colección de obras que donó el artista. En 1978, un Centro Vasarely en Nueva York. En 1987, el Museo Vasarely en un palacio de Óbuda, al norte de Budapest.

Hablaba de “salvapantallas”. Después de unas décadas de cierto postergamiento, las propuestas plásticas de Vasarely están de renovada actualidad y de brillante porvenir precisamente gracias a la revolución digital y los cambios en la idea de autoría (lo más simpático del op art es su impersonalidad) y en los gustos estéticos asociados a la informática. La era del algoritmo es la era del arte geométrico de Vasarely, que podría definirse como un programador artístico de combinaciones de unidades de colores y formas elementales —cuadrados, rombos, círculos, óvalos— que se prestan a infinitas variaciones. De ahí que sea tan oportuna la exposición en el Thyssen, a la que da suntuosa conversación la de Eusebio Sempere en el Museo Reina Sofía.

La joven conservadora del Museo Vasarely de Budapest, Maïlys Facchi, está en lo cierto, “la obra sólo es visible y alcanza todo su interés cuando el espectador la observa moviéndose. Bienvenidos al mundo fantástico e infernal de la ilusión óptica. Las líneas se deshacen, aparecen tramas, los rombos se confunden y refunden, surgen las estructuras y vuelven a cruzarse…”.

Victor Vasarely. El nacimiento del Op Art. Museo Thyssen-Bornemisza. Madrid. Hasta el 9 de septiembre.