Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

Viaje a la ciudad borrada

Caminar ahora por Varsovia es estremecerse con la certeza de estar pisando encima de un gran cementerio sepultado

El gueto de Varsovia tras su liquidación en torno a 1943. Ampliar foto
El gueto de Varsovia tras su liquidación en torno a 1943.

En una calle de Varsovia, un letrero en polaco e inglés atraviesa en diagonal la acera. Sería fácil no reparar en él, ir distraído y pisarlo sin darse cuenta. Indica el punto exacto donde comenzaba uno de los muros del gueto. No hay ninguna indicación más, ni un rastro de algo. Es una calle tranquila en la mañana del sábado, en la ciudad agrisada por la llovizna. Hay edificios modernos con zonas verdes, sin nada en particular, a unos minutos de distancia de la ciudad antigua. Al frente se abre una amplitud limitada a lo lejos por las obligatorias torres de cristal que ya no faltan nunca en el horizonte de ninguna ciudad, y por el volumen macizo, arcaico, visualmente despótico del Palacio de la Cultura y la Ciencia, regalo de la Unión Soviética al fraternal pueblo polaco y a la ciudad de Varsovia con motivo del 70º cumpleaños de Stalin.

En Varsovia la historia es unas veces invisible y otras muy visible. Varsovia es la capital universal de la ausencia. El amigo español que me hace de guía esta mañana señala con la mano extendida los confines de lo que fue el gueto. Después de la llovizna ha vuelto a salir el sol y en el aire fresco y muy limpio es más difícil imaginar lo que no está, y más aún el horror que terminó en una ausencia tan definitiva. El presente es esta mañana de nuevo soleada, esta ciudad de centros comerciales y letreros de marcas que abren paréntesis de familiaridad en lo indescifrable de los mensajes públicos. El pasado es un blanco y negro de imágenes documentales y fotografías, un gris de cenizas de incendios y de llanuras y acantilados de escombros. En algunos paneles informativos, en cruces de avenidas céntricas, hay fotos ampliadas de esos mismos lugares en los años veinte del siglo pasado, en los años treinta, la breve edad de oro de Varsovia, quizá la edad de oro de las metrópolis más resplandecientes de la Europa Central, Berlín, Budapest, Bucarest, Viena, con su modernidad recién inaugurada de letreros luminosos de cines y cafés, las mujeres que por primera vez paseaban solas y soberanas por las calles, la racionalidad de los tranvías eléctricos, las avenidas amplias, las viviendas con ventanas grandes y cuarto de baño. Varsovia resaltaba más por la rapidez de su crecimiento, que se correspondía con la euforia colectiva de la independencia recién ganada de Polonia. Los libros de fotografías que se regalan al visitante cuentan una historia que dura apenas 20 años, y que termina de golpe en las primeras semanas de septiembre de 1939, cuando los aviones de guerra alemanes bombardearon sin tregua la ciudad, poniendo en práctica y ampliando una estrategia ensayada muy poco antes en los bombardeos de ciudades españolas inermes, Gernika, Barcelona, Madrid. Casi 30.000 personas murieron en esas semanas de la guerra. Los aviones bombardeaban y ametrallaban los trenes cargados de fugitivos que salían de la ciudad, las columnas de coches y de gente por las carreteras.

Leer algo o saber algo en abstracto significa muy poco. Es recorriendo los lugares cuando uno puede empezar a hacerse una idea del espanto que se contiene en las cifras

Eso mismo ocurría en otros lugares de Europa. Lo singular de Varsovia fue la escala metódica de un castigo que aspiraba no ya al sometimiento, sino a la completa desaparición, a borrar literalmente del mapa a una ciudad de 1.300.000 habitantes. Caminar ahora por ella es estremecerse a cada momento con la certeza de estar pisando encima de una gran cementerio sepultado, de esa llanura lunar de ruinas que se ve en las fotos de 1943, después de la aniquilación del gueto, o las de 1944, cuando tras el aplastamiento de la sublevación vino la orden dictada por Hitler de destruir toda la ciudad, sin dejar nada en pie, y de matar sin excepción a todos sus habitantes.

Por influencia de las fotos y de las películas, uno imagina que el gueto, con tanta gente apresada en calles tan estrechas, ocuparía una parte reducida de la ciudad. Pero la población judía de Varsovia al principio de la guerra ascendía a 400.000 personas: por muy hacinados que los forzaran a vivir, el espacio tenía que ser enorme. Leer algo o saber algo en abstracto significa muy poco. Es recorriendo los lugares cuando uno puede empezar a hacerse una idea del espanto que se contiene en las cifras. Es caminando por la ciudad visible cuando uno puede, respetuosamente, tentativamente, imaginar algo de lo que debió de ser la ciudad invisible, la Varsovia fantasma del esplendor y luego del apocalipsis, la capital del dolor, del heroísmo, de los extremos últimos de la destructividad humana. La orden de Hitler dice literalmente: “1. Los insurgentes detenidos serán ejecutados. 2. Los no combatientes, incluyendo mujeres, niños, etcétera, serán también ejecutados. 3. La ciudad entera será arrasada hasta los cimientos”.

Ahora es de noche y estoy solo, sin ganas de volver al hotel, explorando al azar un barrio de sepulcrales amplitudes y monumentalidades soviéticas. Como es tarde y está oscuro y en esta zona hay muy pocos locales abiertos, es más fácil sentir que se adentra uno en otra región del pasado. El presente emite señales débiles en este escenario de nocturnidad: en una esquina hay un bar de sushi vacío; de un Tapas Bar medio escondido en unos soportales cavernosos sale un clamor de celebración futbolística. Las figuras humanas se reducen y parecen más desvalidas cuando pasan junto a estos muros de ministerios ciclópeos, con altos atrios de columnas como miradores monstruosos, iluminados desde abajo por reflectores que exageran su tamaño. La estética siempre dice la verdad, pero la dice involuntariamente. Estos centros oficiales de la era soviética y ese Palacio de la Cultura y de la Ciencia se imponen a la mirada con el mismo inapelable despotismo con el que se imponía sobre la vida de las personas y sobre el tejido de la ciudad el régimen comunista que representan. Este pasado no hay manera humana de disimularlo. Quizá solo la pura amnesia podrá hacerlo invisible.

Es en la amnesia en lo que pienso más tarde, cuando me encuentro paseando, entre la animación repentina del viernes por la noche, por la Nowy Swiat, la calle principal que conduce hasta la Ciudad Vieja. Los edificios tan meticu­losamente reconstruidos uno por uno después de la guerra alojan ahora bares de copas, franquicias de comida rápida, restaurantes indios, japoneses, mexicanos. Aprovechando la noche templada, turistas y beneficiarios evidentes del plan Erasmus beben y celebran ruidosamente en la calle. No sé si habrá muchos de ellos que hayan visto las fotos de este lugar al final de la guerra, que tengan alguna conciencia del sufrimiento que sucedió aquí y del esfuerzo inmenso de reconstrucción gracias al cual esta calle tan hospitalaria existe ahora.