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‘Bailando con las estrellas’, ni mucho baile ni demasiadas estrellas

Está Televisión Española empeñada en encontrar el talento allá donde esté. Incluso donde no. Ahora lo hace en los pies de famosos que antes no se habían dedicado al baile

David Bustamante, en 'Bailando con las estrellas'.

Está Televisión Española empeñada en encontrar el talento allá donde esté. Incluso donde no. Es la moda: buscar el genio en las cuerdas vocales de futuros cantantes, entre fogones o patrones y, ahora, en los pies de famosos que antes no se habían dedicado al baile.

Se vendió Bailando con las estrellas como un formato nuevo, aunque ya habíamos visto piruetear a otros personajes populares en versiones anteriores. El mayor riesgo del programa estuvo en la pista en la que resbalaron bailarines y un esforzado cámara que derrapó como un futbolista sobre césped mojado. Fernando Guillén Cuervo -cada vez más parecido a Pepín Tre con su renovada juventud capilar- tuvo al menos la gracia de confesarlo: “Vaya morrazo”.

El otro reto del concurso fue reconocer a algunos de los participantes. Conscientes de dónde guardaban los ases, los responsables del programa se reservaron a Bustamante para el final. Bailó con ilusión, con toda la carga polisémica de la palabra: la de sus épocas de cantante bisoño que se emocionaba en OT y con esa otra “nueva ilusión”, su compañera, que le atribuye el ¡Hola! Los jurados alabaron la compenetración de la pareja con un vaticinio que las revistas del corazón podrían utilizar como titular: “El baile te va a cambiar la vida”. Bustamante lo hizo bien, recuperó su papel de joven generoso, agradeció a la banda que tocara en directo y robó plano ante la sonrisa congelada de sus compañeros de concurso, disecada hasta el infinito cuando el cantante se llevaba la máxima puntuación.

No deja de tener gracia cómo se cierran los círculos televisivos: el muchacho que se hizo famoso en el talent show por excelencia volvía, tras 17 años, a enfrentarse a los jurados. Desde su mesa iluminada como la nave de los Supersónicos miraban mayestáticos para que no se les adivinara la nota en el rostro. Entre Isabel Pérez -coreográfa benévola-, Moira Chapman -defensora del minimalismo excepto cuando se trata de sus barrocas intervenciones- y Joaquín Cortés -campechano y compresivo- no sabemos todavía quién hará el papel de malo. Sí que sabemos que les gusta hablar y explicar didácticos que hay foxtrot lento y foxtrot rápido, tango argentino y tango europeo y que el vals vienés tiene su origen en Viena.

Tanto es ese afán didáctico que Moira Chapman está empeñada en que si no aprendemos a bailar, los espectadores al menos perfeccionemos nuestro inglés: show it, oh my God, what’s gonna happen, quick, magnífico conection. Con un poco de suerte, Chapman, directora del musical El Rey León -o como diría ella, The Lion King- acabará la temporada hablando sólo en el idioma de Shakespeare.

En algunos momentos fueron las manitas de Roberto Leal las que tuvieron más ritmo. Repitió ese gesto fetiche tan suyo de frotárselas en un incesante caracolillo. Aunque también repitió mucho la palabra “venga”, como si la cosa se le hiciera larga. Corta no fue. Cuanto más extenso el formato, más se rentabilizan las llamadas telefónicas para apoyar a los concursantes. De hecho, se abrieron las líneas antes incluso de que hubieran dado un paso. Roberto Leal recordaba que las cosas pueden cambiar mucho con ese arma de doble filo que es el televoto. A juzgar por lo poco que el nuevo concurso se comentó en Twitter no parece que las centralitas se colapsaran. MasterChef convirtió a los espectadores en incipientes cocineros, pero mucho tiene que cambiar Bailando con las estrellas para que al día siguiente las masas se lancen a danzar en medio del atasco como si la vida fuera un La La Land en el que todos bailamos.

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