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ida y vuelta

Recuérdalo tú

Fueron ellos, los aislados, los muy escasos, los amenazados por ETA, los que mantuvieron la dignidad civil. No quiero que se me olvide nunca

El coche bomba, aún en llamas, utilizado por ETA para asesinar a Fernando Buesa y su escolta en 2012.
El coche bomba, aún en llamas, utilizado por ETA para asesinar a Fernando Buesa y su escolta en 2012.

Ibamos en un taxi, de noche, para cenar con alguien, o ya de vuelta a casa, eso no lo recuerdo. Sí me acuerdo de que el taxi subía por la calle de San Bernardo, y de que el conductor llevaba puesta la radio, aunque nosotros no hacíamos caso. Entonces empezó un boletín de noticias y ya sí escuchamos. Unos pistoleros de la banda ETA acababan de asesinar a Ernest Lluch. La dulzura y la rutina de lo cotidiano se quebró de golpe, una vez más, por el mismo motivo, que se repetía tanto entonces. Mi mujer, a mi lado, rompió a llorar. Lloraba sin poder contenerse en el interior oscuro del taxi, en la noche de Madrid, mientras en la radio sonaban las frases habituales, la “enérgica condena” de los partidos políticos, de unos más que de otros, todo mezclándose con la voz urgente de un periodista que hablaba desde el lugar de los hechos, y con la rabia, con la impotencia inmensa, con la fatiga sin esperanza, que ya ni inspiraba palabras de ira, tan solo ese llanto roto, entrecortado, sin consuelo.

Acababan de asesinar a Ernest Lluch y al cabo de unos días o de unas semanas alguien más sería asesinado, quizás alguien a quien también conociéramos, alguno de los amigos del País Vasco que vivían amenazados y rodeados de escoltas, personas como nosotros, aunque dotadas de un temple, de una cabezonería, de las que tal vez nosotros no seríamos capaces. Nosotros los acompañábamos a veces en actos públicos, en Euskadi o en Madrid, comíamos con ellos en salas reservadas y vigiladas de restaurantes. Los escoltas aguardaban en alguna mesa cercana, o esperaban en la puerta. Si el restaurante al que íbamos estaba en San Sebastián o en Bilbao, había gente que se quedaba mirando en silencio desde las otras mesas, cuando atravesábamos en dirección al reservado. Personas de aire perfectamente respetable hacían una mueca disimulada o abierta de rechazo, de desagrado, de asco. O simplemente miraban sin expresión, o hacían como que no miraban.

Todos tenían amigos o familiares o compañeros asesinados. Algunos habían visto morir a alguien a su lado, en una mesa de restaurante, en la barra de un bar

En el comedor, los perseguidos y acosados disfrutaban de una admirable camaradería jubilosa, caldeada por los antiguos saberes vascos del disfrute de la vida, la comida insuperable, el vino, las voces enérgicas, de hombres y mujeres, con el timbre, la entonación de esa tierra. Todos tenían amigos o familiares o compañeros asesinados. Algunos habían visto morir a alguien a su lado, en una mesa de restaurante, en la barra de un bar. Una parte de la monstruosidad del crimen era su presencia en lo cotidiano, en lugares en los que todo el mundo se conoce. Me acordaré siempre de la humanidad cordial, la lucidez política, el coraje civil, el amor por la literatura y la conversación de Mario Onaindia. Lo había condenado a muerte un tribunal franquista cuando era joven y en su madurez lo habían vuelto a condenar los ejecutores que se presentaban en público con una liturgia de tribunal de una Inquisición sanguinaria, la capucha negra coronada grotescamente por la boina racial.

Vuelven imágenes de entonces, escenas. Habíamos presentado en Madrid un libro de José María Calleja, y con el calor de la conversación se nos olvidaba la sombra que pesaba sobre todos nosotros, en todo momento: una comida literaria como tantas otras. Pero la gente fue marchándose, y cuando nosotros también nos íbamos vi que Calleja se quedaba solo, de pie, junto a la mesa de la que aún no se habían retirado las tazas de los cafés, las últimas copas. Nosotros nos íbamos, pero él se quedaba solo esperando a los escoltas.

Esa era la vida para unos cuantos, entonces. No para la mayoría. El peligro era mayor porque eran pocos y por tanto muy visibles, muy señalados, en una atmósfera social de coacción y silencio, cuando no de un odio visceral que helaba más la sangre porque ni siquiera respetaba a los muertos, como si para seguir vengándose de ellos tuvieran que profanar sus tumbas. No hace tanto tiempo: por ahí andarán todavía algunos de los que entraban al cementerio a manchar de pintadas inmundas la lápida de Gregorio Ordóñez, al que habían asesinado a tiros mientras comía en una taberna de la Parte Vieja de San Sebastián. Almas de hielo intoxicadas de ideología, con frecuencia religiosa, excusaban la grosería física y moral del crimen, envolviéndola en palabras untuosas, en circunloquios clericales o marxistas. Hace tan poco tiempo que todavía está vivo y probablemente lúcido aquel monseñor Setién que negaba funerales católicos para los asesinados y aseguraba que en ninguna parte estaba escrito que un pastor debiera sentir el mismo aprecio por todas sus ovejas. Aquel pastor no tuvo nunca el menor gesto de compasión hacia las víctimas de aquellos pistoleros a los que consideraba soldados de la patria. Una señora católica, esposa de un asesinado, me contó que después de muchas peticiones sin éxito, monseñor Setién al final se avino a recibir a un grupo de víctimas. Las recibió echado en un sofá, en su despacho episcopal, con impaciencia y fastidio. Ni se dignó levantarse.

Pero ellos no se rendían, los pocos que aguantaban, que alzaban la voz, justo allí, donde más vulnerables eran, donde se les señalaba con más descaro, con chulería impune. Un día, a media tarde, saliendo del Museo Thyssen, me encontré por sorpresa con mi amigo Iñaki Esteban. La alegría de verlo quedó cortada por la expresión de su cara. Me dijo que acababan de asesinar en Vitoria a Fernando Buesa y al policía que lo escoltaba. Esa tarde, en San Sebastián, en Bilbao, con lluvia o sin ella, en silencio, en grupo, bajo los paraguas, frente a la hostilidad o a la indiferencia, conscientes del peligro mortal, se congregarían algunos militantes de Basta Ya, de izquierdas y de derechas, conocidos y desconocidos, algunos creyentes y otros ateos, unidos por algo mucho más hondo que las etiquetas partidistas, por una entereza moral que era también una determinación política. Los pistoleros y sus sacristanes y sus lameculos y sus hooligans usaban el lenguaje de la épica, el romanticismo venenoso y exaltado del Pueblo, esa abstracción tan conveniente para derramar sangre con la conciencia limpia. Ellos, los acosados, los señalados, las probables víctimas futuras, estaban defendiendo la democracia, ejerciendo con miedo y coraje la decisión de no aceptar la tiranía de las armas. Policías, guardias civiles, jueces preservaron ese don tan frágil y tan poco celebrado cuando se le disfruta que es el imperio de la ley. Pero fueron ellos, los aislados, los muy escasos, los amenazados, los que mantuvieron la dignidad civil. No quiero que se me olvide nunca.