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José María Íñigo, el entretenimiento digno

La historia de la televisión le debe un lugar de honor a Íñigo. Fue el primer gran creador de formatos que combinaban las entrevistas y la música en directo

José María Iñigo.

José María Íñigo, la más enorme estrella de los programas de entretenimiento en televisión, falleció este sábado en su domicilio de Madrid, tras haber permanecido 20 días en el hospital de Sanchinarro, donde había sido ingresado a causa de una enfermedad que conoció dos años atrás. El mes próximo habría cumplido 76 años.

Nació en Bilbao, de lo que solía presumir; estaba casado con Pilar Piniella y tenía cuatro hijos.

La historia de la televisión le debe un lugar de honor a Íñigo. Programas como Estudio abierto o Directísimo supusieron una irrupción innovadora que enganchó a los telespectadores de tres décadas completas (desde los sesenta hasta entrados los noventa) cuando los dos canales de la televisión única reunían a todos los telespectadores posibles. Pero esa falta de competencia no implicaba la renuncia al esfuerzo de conseguir unos espacios dignos y a la altura de cualquier televisión del mundo. A pesar de las tenazas de la dictadura franquista (control absoluto de los informativos, censura férrea en el vestuario y el tratamiento del sexo en los programas de entretenimiento), Televisión Española ofrecía por entonces el talento de algunos periodistas y creadores que marcarían época por su originalidad: Alfredo Amestoy, Chicho Ibáñez Serrador, Jesús Hermida, Joaquín Prat...

Entre ellos destacó José María Íñigo, el primer gran creador de formatos que combinaban las entrevistas y la música en directo. Por su estudio pasaban lo mismo Rita Hayworth o Johnny Weissmuller que un paisano que tocaba el serrucho como si fuera el violín.

Íñigo fue primero un muchacho inquieto que hablaba algo de inglés y que estaba atento a todo lo que sucedía en el mundo de la música y los discos. Un día de 1965, cuando tenía 22 años, sintió que Bilbao, España y su propio mundo se le quedaban pequeños, se montó en un tren en la estación de Abando y se fue a Madrid para volar a Londres. Por las buenas. Tenía la obsesión de trabajar en la radio de la BBC, ni más ni menos. Ya llevaba unos meses en la capital británica alimentándose a base de tortillas cuando vio que actuaba Peret en un teatro, y allá se fue para ofrecerse como guía y traductor de él y de sus músicos. Gracias a eso, conoció a Derek Witts, directivo de la discográfica CBS..., que acabó dándole un contacto en la BBC, donde consiguió algunas colaboraciones. Y desde allí se ofreció a Radio Madrid para entrar en antena diciendo: “Desde los estudios de la BBC de Londres, en Regent Street, os habla José María Íñigo”. Y así ocurrió. Celebró ese éxito dejándose un bigote que ya siempre sería su carné de identidad.

Íñigo regresó a Madrid en 1966, y, como él pretendía, su currículo ya consignaba una línea que lo presentaba como “locutor de la BBC”. La Cadena SER lo contrató por fin, y allí creó poco después el programa El Musiquero; luego se haría cargo de El Gran Musical. Y también creó Los 40 principales, algo que apenas se ha recordado.

Nadie sabía más de la música moderna que él, atento a los artistas internacionales que España aún no se conocían o quedaban muy lejos. Fue un crítico duro y temible, rasgos compatibles con su carácter bonachón y gruñón. A veces decía: “Karina acaba de lanzar su último disco. Y eso esperamos, que sea el último”. O “aparece un nuevo disco de Julio Iglesias. ¿Por qué?”.

El gran éxito en la televisión llegó después de crearse en 1968 la segunda cadena de TVE, que se dotó de un aire moderno, divertido. Y allí creó José María Íñigo el programa Estudio abierto, que removió los esquemas establecidos. En sus entrevistas podía preguntarle a un rompedor Víctor Manuel: “¿Le gusta Raphael?” El cantante de Linares representaba entonces el mundo oficial, el adepto al franquismo, el que actuaba ante la esposa del dictador cada Navidad; lo opuesto al cantautor asturiano. Y Víctor Manuel no tenía más remedio que responder: “Hombre, no”.

El momento cumbre que recuerdan los españoles de toda una generación llegó del 6 de septiembre de 1975 con la presencia en su programa de Uri Geller, el mago israelí que lograba que se doblasen las cucharas en los domicilios de los espectadores, con solo acariciarlas. Ese y otros momentos estelares se detallan en el libro autobiográfico La tele que he vivido (Domen, 2006).

Con la llegada de la democracia y de las televisiones privadas y autonómicas, el mercado le despreció. Se formó en torno a él la imagen del pasado, de la televisón única, de lo antiguo. Nada más injusto en un gran innovador, que no dejó de inventar hasta su muerte, que tenía 112.000 seguidores en Twitter, que terminó sabiendo de tecnología y de aplicaciones más que cualquier adolescente. En ese periodo de ostracismo, creó y dirigió revistas de viajes, dio conferencias, colaboró en algunos programas de aquí y de allá. Y en 2001 fue rescatado para el gran público por Pepa Fernández en su programa finisemanal No es un día cualquiera (RNE). Se sumó al proyecto con un entusiasmo juvenil, recorrió España con el equipo del programa más viajero de la radio, alumbró secciones brillantes (Los éxitos musicales de las gasolineras, Hablemos español, leches, o su último espacio sobre nuevas aplicaciones para el móvil, muchas de ellas disparatadas).

En esos viajes volvió a encontrarse con su público de siempre.

En un pueblo de Salamanca, cuando Íñigo tendría unos 60 años, una anciana que podía aparentar una edad de 90 le interrumpió en la calle para decirle: “¡Hombre, Íñigo! Si yo le veía de pequeña en la televisión!”.

La gente le trataba con toda familiaridad: “Está usted más gordo”, le dijo una mujer. A lo que él respondió: “Y usted tiene menos dientes”.

Caminar tras él en cualquier ciudad española significaba una experiencia inolvidable, al ver las reacciones de la gente a su paso. Un día en Calahorra (La Rioja), Pilar Tafur, periodista colombiana que no podía tener la medida sobre la fama de Íñigo que estaría al alcance de cualquier español, vivió ese momento; y no pudo sino exclamar: “Caramba, es como ir detrás del Pato Donald”.

El programa de RNE, el que Íñigo hizo suyo, que se emitía este sábado desde Tarragona, fue una sucesión de voces entrecortadas, sollozos ahogados, homenajes entre lágrimas. Y cómo no emocionarse ante la muerte de ese gran gruñón simpático, ante esa leyenda del periodismo y del entretenimiento, ese trozo de la historia de la tele, el amigo de corazón tan grande.

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