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En el corazón de Aramburu

El autor de 'Patria' ha reunido en 'Autorretrato sin mí' una serie de poemas en prosa en los que la emoción y el lirismo conviven magistralmente con el humor

Fernando Aramburu, retratado hace dos semanas en Madrid.
Fernando Aramburu, retratado hace dos semanas en Madrid.

Con los años algún editor tendrá la tentación de editar conjuntamente cuatro libros de Fernando Aramburu de filiación visiblemente autobiográfica: El artista y su cadáver, Años lentos, Las letras entornadas y este recién llegado, Autorretrato sin mí, tan lujosamente editado como número 300 de la colección Marginales de Tusquets. Pero será un error porque desobedecería el aliento más secreto de este último libro. Es prosa pero late la poesía en cada poema en prosa, en cada ensayo de un escritor sin ínfulas líricas pero con una veta secreta, clandestina, de lector y relector de poetas.

Aquellos dos primeros libros daban muchas pistas de esa querencia de un escritor que no ha dejado rastro de ella en su prosa narrativa más fresca y cuajada, desde Fuegos con limón, que era un bromazo festivo tocado de elegía, hasta la biblia laica del sofocante sotobosque vasco, Patria. Y si no lo hizo, quizá la explicación más convincente se halla en las prosas púdicas de estos poemas reunidos en Autorretrato sin mí. Si no me confundo con los datos interiores al libro, debió escribirse antes de la publicación de Patria, o incluso mientras redactaba Patria. Si fuese así, no hay duda de que la soledad es la única alma posible de este escritor, tal como dice uno de los poemas. Tampoco hay duda de la turbamulta de evocaciones y memorias que activó aquella escritura, convertidas ahora en pasmos en prosa sobre uno mismo. Esos asaltos inverosímiles de la memoria afectiva pueden convertirse también en urgencia autojustificativa, vital y literaria, de un hombre tranquilo. Y eso incluye la determinación apacible de programar el final de su vida a la altura del propio deseo y no al dictado de la consunción biológica.

Me pongo pesado con que son poemas porque abordar el libro con la disposición de lectura de sus otros libros neutraliza su mejor efecto y lo daña irremisiblemente. Ha hecho santamente en renunciar a la versificación, pero la semilla o el motor de cada página y media es inequívocamente líricos, incluso cuando narra un episodio del pasado, una fantasía turbia o una aprensión angustiosa en presente o en pasado. Siguen siendo poemas porque el peso recae fuera de la prosa, en otro lugar a veces de inquietante candidez, o de ternura y delicadeza tan inasible que parece infantil. Otras veces el lugar del poema anida en la viscosidad de la memoria o en la perplejidad de una pérdida (o el terror de una enfermedad, propia y ajena: Isabel), mientras otras tantas despliega el poema como acertijo, como asedio a una emoción difícil, imprecisable y honda.

Este Aramburu no ha dejado de ser Aramburu. La ironía bienhumorada, la calidez de un individuo que ama, que desea y evoca lo salpican todo

Pero este Aramburu no ha dejado de ser Aramburu. La ironía bienhumorada, la calidez de un individuo que ama, que desea y evoca lo salpican todo. El quiebro humorístico en la prosa que va levantándose al séptimo cielo, el giro verbal que corrige el empantanamiento lírico son secretos suyos antiguos en muchos de sus libros, pero en este hay uno más, muy productivo y eficaz. La pluralidad de los desdoblamientos no son solo herramientas para superar la timidez o el pudor, sino instrumentos de conocimiento perplejo, espejado, de uno mismo y sus anclajes a la experiencia vivida y amasada con literatura propia y ajena.

Extrañamente me asalta a ratos el recuerdo del Gabriel Celaya más humildemente confesional y desamparado, pero también algo de un Blas de Otero puritano y ensimismado. Con ambos conjuga Aramburu una dosis de humor que humaniza la prosa e impide tanto la frivolización (cobarde) de la memoria sentimental como la solemnización (embustera) de la misma memoria sentimental. El efecto a veces es un vitalismo mate o plácidamente vegetativo, a veces es una desnudez inquietante de la emoción, y casi siempre la sensación es física: más autorretrato que sin mí, sea cuando regresa a una casa familiar atribulada, sea cuando se sumerge en el arrebato de amor que lo llevó a Alemania con la literatura, y ahí sigue: en el amor, en la literatura y en Alemania.

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Autor: Fernando Aramburu Irigoyen.

Editorial: Tusquets Editores S.A (2018).

Formato: versión kindle y tapa dura (192 páginas)

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