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El pueblo, ¡un horror!

Jean Meckert publicó su primera y deslumbrante novela 'Los golpes' en 1941, una obra que retrata como pocas la violencia machista y la realidad de la clase obrera

El escritor Jean Meckert en 1960. 
El escritor Jean Meckert en 1960.  getty

La personalidad y los avatares biográficos de Jean Meckert serían dignos de esas novelas que, protagonizadas por un escritor, exploran la condición humana en un contexto histórico concreto y tienen un toque metaliterario sustentado en torno a un interrogante sobre la cultura popular. La difícil subsistencia de quien vive del escribir como oficio se solapa con la hipótesis de que la literatura de género pueda ser un modo de acceder a las clases populares desacralizando la palabra órfica de sacerdotes y mandarines. De un lado y otro de las palabras, todos obreros, todos pueblo. Meckert utilizó heterónimos como Jean Amila o Marcel Pivert para firmar novelas negras y de ciencia-ficción, thrillers… Este escritor profesional, reivindicado por autores actuales de una novela negra que ha pasado del pulp al canon, exhibió la conciencia libertaria de un hombre herido moralmente por la Segunda Guerra Mundial. Los golpes fue publicada en 1941. “Meckert es el antídoto de Céline”, afirma Annie Le Brun.

Los golpes es una propuesta deslumbrante. A Félix, el narrador protagonista, le rechinan los dientes con cada letra que escribe. Porque Félix es un obrero que escribe y esa actitud no le resta un ápice de verosimilitud al relato: no constituye el robo de una voz, sino que retrata un momento en el que la cultura funciona como herramienta de indagación crítica y, a la vez, como bisutería ostentosa de una pequeña burguesía rampante que, para Félix, representa lo más abyecto de la sociedad. La carne de Félix es la de una historia violenta y su búsqueda del amor una pulsión infantil que descansa en los celos, la posesión, la mueca sensual.

El pueblo, ¡un horror!

En la novela un mundo enfermo se traduce en relaciones sentimentales que son relaciones de poder. La mujer es el saco de boxeo que recibirá los golpes de esos hijos de la guerra que ahora son obreros sin trabajo o trabajadores, con una conciencia de clase ajena a los partidos políticos, que beben y vociferan contra todo: instituciones, solidaridad obrera, mítines como “ferias de la política”, gente de pro –“distinguidos, cristianos, protestantes, practicantes…”–. Los golpes retumban en la conciencia a través de la construcción de una voz, acaso pegada ideológicamente al elitismo anarquista de Meckert: “Así como la moda está hecha para las personas que no tienen gusto, la charla es el biombo de los que no tienen nada dentro”.

Una escena doméstica mal ventilada, opresiva, va desgranando eslabones de una cadena social y familiar en la que los personajes se asfixian como carpas sacadas del estanque. La imposibilidad del amor y la comunicación, el existencialismo, se tiñen de una sociología sin ilusiones ni espejismos de emprendimiento; ocurren cosas sencillas, preñadas de complejidad, ajenas a toda deriva trascendente: Félix busca una mujer en un momento en que “no pedía vivir, ya había vivido, estaba consumido por la miseria. Me gustaba mi vida cotidiana, mantenida gracias al subsidio…”. Un hombre, deseoso de amor pero preñado de ira, se resiste a ser integrado en un entorno de “quiero y no puedo” o seducido por una cultura que se entiende como marca de distinción –“¿llenado o vaciado de sesos?”–.

En la novela un mundo enfermo se traduce en relaciones sentimentales que son relaciones de poder

La melosidad del diálogo amoroso de guardarropía se transforma en furia medular –histórica– contra Paulette, “su pequeña”, que huele a sudor y es un poco afectada –“pero también estaba bien un poco de comedia en mi habitación”–. Todos somos víctimas de una civilización voraz, pero incluso aquí unas víctimas son más víctimas que otras. Paulette es un ser hermoso o repugnante según el estado de ánimo de Félix; su puño es el de una violencia más brutal que él y que las palabras de las que se sirve para destruir una sociedad que odia como espectador: “Gilipollas y más gilipollas, todos oliendo al vecino, petardeando en la nota alargada, (…) un público de oro, una mierda de sala, una masa amorfa que verborrea, el pueblo, ¡un horror!”. Quizá este párrafo también refleje la actitud de Meckert como escritor: esa luxación ideológica respecto al propio trabajo y a sus receptores, junto a un apoliticismo, visceral y desencantado, y a la crítica contra la violencia de género, representan las posturas más contemporáneas, críticas y desasosegantes de Los golpes. En consonancia con sus salvajes logros lingüísticos.

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Autor: Jean Meckert .

Editorial: Las Afueras (2017).

Formato: tapa blanda (272 páginas)

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