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arte

Nueva Babilonia flamenca

'Máquinas de vivir' reflexiona sobre el espacio entre vivir y habitar a partir de la traducción de Lorca de la 'machine à habiter' de Le Corbusier y de la experiencia gitana

Cartel de 'Les Princes', de Tony Gatlif (1983), con intervención de Guy Debord. Ampliar foto
Cartel de 'Les Princes', de Tony Gatlif (1983), con intervención de Guy Debord.

El flamenco es el fino hilo conductor del que parten los tres ejes que articulan la compleja muestra Máquinas de vivir: el interés de la Internacional Situacionista por el modo de vivir de los gitanos, su nomadismo y su carácter outsider; los proyectos de viviendas sociales que en España, Francia y Portugal intentaron atender a esa idiosincrasia vital; y la toma de conciencia política de los artistas flamencos durante la transición española, sobre todo en su vinculación con el teatro. Tres ejes, un arco temporal (segunda mitad del siglo XX) y el abundante material de archivo (audio, vídeo, pósteres, fotografías, pero también carpetas de elepés, casetes, fotocopias de manifiestos, libros, planos, maquetas o recreaciones de espacios escénicos) delimitan una propuesta que parte en CentroCentro de la traducción de Lorca de la célebre machine à habiter de Le Corbusier.

A la entrada y a la salida aguardan las láminas del calendario Un an à Séville (pour toujours), realizado por el colectivo artístico itinerante francés 4taxis durante su estancia en la capital andaluza y publicado en 1992. En este se muestran imágenes en las que lo popular, lo flamenco y lo religioso aparecen descontextualizados, mezclados, en un ejercicio de pura iconoclastia. La descontextualización y la búsqueda en las grietas y la periferia son esenciales aquí (no debería sorprender: la iconoclastia es esencial en la obra de Pedro G. Romero, comisario de la muestra junto a María García).

En esta exposición, lo popular, lo flamenco y lo religioso aparecen descontextualizados, mezclados entre sí, pura iconoclastia

El nomadismo, la habitación/ocupación del espacio urbano y su desprecio por la sociedad capitalista-productivista son tres lugares de encuentro entre los gitanos y la Internacional Situacionista. Los tapices de Jan Yoors, Le Corbusier y Teresa Lanceta definen a un tiempo la arquitectura de la exposición y la idea que la sobrevuela: el muro móvil, la arquitectura portátil, la “unidad de habitación de lo nómada”. El proyecto de ciudad utópica y transportable New Babylon (1956-1979) de Constant Nieuwenhuys, los estudios etnográficos de Guy Debord y Alice Becker-Ho sobre los gitanos o la película del director argelino Tony Gatlif Les princes (1983) destacan en el recorrido por estas máquinas de vivir.

De los proyectos de viviendas a las que “dirigir” a los itinerantes romaníes trata otra parte de la muestra. Los experimentos fallidos que entre principios de los cincuenta y los ochenta se dieron en Évora (la Malagueira), Aviñón (Cité du Soleil), Madrid (Plata y Castañar) y Granada (la Virgencica), entre otros, ilustran el intento de convertir a los gitanos en sedentarios y “normalizar” su lugar en la sociedad: en palabras del propio Debord, “el capitalismo los atraviesa de parte a parte y en nada cambia su forma de vida”. Los barrios de Caño Roto (Madrid) y el Polígono Sur (Sevilla) son apéndices tardíos de estos ensayos de arquitectura periférica.

El tardofranquismo, la Transición y una nueva conciencia política alumbraron el movimiento del teatro ritual andaluz, con su evocación de lo rural y el mundo del trabajo, el abandono de escenarios tradicionales por ventas, fábricas u otro espacio urbano y la aparición de lo flamenco y su espectro más ritual. Ahí están Juan Bernabé con su Teatro Estudio Lebrijano, Salvador Távora y La Cuadra de Sevilla, y Mario Maya con su Teatro Gitano Andaluz. La reunión de cante jondo de La Puebla de Cazalla que impulsó Francisco Moreno Galván con un joven José Menese como estandarte o la irrepetible idiosincrasia del cortijo espartero de Morón de la Frontera con el guitarrista Diego del Gastor y el artista neozelandés Darcy Lange como dos de sus cabezas visibles son otros dos laboratorios creativos en que los nuevos espacios de representación flamenca dejarán huella en las prácticas por venir. Aparecen también las extraordinarias fotografías en blanco y negro de cuatro proyectos que podrían funcionar como otro subtexto desde el que enfrentar la muestra: Luces y sombras, de Colita y Caballero Bonald; la colectiva liderada por Steve Kahn Flamenco Project; el libro de Jan Yoors y André A. López The Gypsies of Spain, y Gypsies, de Joe Spence.

La profusión de datos es ciertamente abrumadora y exigiría la edición de un catálogo alrededor de estas Máquinas de vivir (que se podrá ver también a partir de mediados de febrero en Barcelona, en La Virreina Centre de la Imatge) en las que la vida habita en una periferia que demuestra que otro centro es posible.

‘Máquinas de vivir. Flamenco y arquitectura en la ocupación y desocupación de espacios’. CentroCentro (Madrid), hasta el 4 de febrero. La Virreina Centre de la Imatge (Barcelona), del 21 de febrero al 20 de mayo.