Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
arte

Escultura atmosférica

KölnSkulpture celebra su 9ª edición pensando el rol del arte público y coincidiendo con las dos décadas de este parque en Colonia

Escultura atmosférica

El río Rin discurre tranquilo pero imponente a su paso por la ciudad de Colonia en su inexorable camino hacia el mar. El día está nublado, pero aun así disfruto la caminata junto a él, apreciando el sonido de tal masa de agua en movimiento y el fresco aire del invierno. El parque de esculturas de Colonia, que esta edición cumple 20 años, se encuentra a orillas del río más grande de Europa, y no me imagino un emplazamiento más apropiado. El KölnSkulptur #9, comisariado este año por Chus Martínez, pareciera tomar esa inercia del agua como fuente de energía. Titulado La fin de Babylone, el proyecto imagina un nuevo comienzo para la cultura y la sociedad, y reúne ocho nuevas producciones que entran en un cuidado diálogo con el parque y el resto de las esculturas que han ido poblando el recinto cada dos años. Realizadas por artistas relativamente jóvenes con relación a años anteriores, conviven con las ya existentes, creando distintos recorridos interconectados que cuidan el parque como un todo. El espacio no es grande, pero aun así contiene la posibilidad de custodiar un conjunto de formas, materiales y relatos que pueden ser, como dice el título, el punto de partida para un nuevo mundo que emerge.

'The nordic cactuses' de Claudia Comte (2017). ampliar foto
'The nordic cactuses' de Claudia Comte (2017).

Las nuevas propuestas, también de escala modesta, desplazan el punto de gravedad hacia el suelo, como si quisieran acumular en su propia materialidad la energía del universo. Por ejemplo, en las orgánicas formas realizadas en talco de Solange Pessoa, emisarias de otros mundos que se abren completamente al sol, a la lluvia o a los vientos, y que parecen moldeadas por el propio río. Muy cerca, algunas hojas caen sobre Letters to Earth, un grupo de nueces realizadas en bronce por Eduardo Navarro que se integran perfectamente en el entorno, hasta el punto de guardar en su interior una semilla real. Agua de lluvia, hojas, tierra y otros elementos se resguardan en Schale, de Andrea Büttner, un cuenco de cemento coloreado en el que los pájaros beben, y que recoge todo lo que cae del cielo, incluso su reflejo. Y algunas avellanas descansan sobre Thaealab, una escultura con forma de zorro de Lin May Saeed, que nos recuerda que estamos en la ciudad, pero que aun así somos parte de un todo mucho más vasto.

Me pregunto si habrá ardillas en el parque, y si se comerán las avellanas subidas al zorro, o intentarán abrir el bronce de las nueces. Lo que es seguro es que se extrañarán ante el tamaño de Pumping Station, una especie de babosa gigante con incrustaciones brillantes de Teresa Solar Abboud, y que de algún modo rompe la escala del resto. O ante los cactus realizados en mármol blanco de Claudia Comte, que introducen una especie desértica en un ecosistema norteño. Por otro lado, el mármol es un material indicador de cambio climático, su presencia indica la cristalización de nácar y bosque. Algo extraño sucede al observar esa planta caliente en un parque tan frío.

Las nuevas propuestas desplazan el punto de gravedad hacia el suelo, como si quisieran acumular en su propia materialidad la energía del universo

La temperatura baja mientras anochece. Me acerco y abro una de las misteriosas cajas con forma de cruz atadas a algunos de los árboles instaladas por Jan Kiefer. Contienen schnapps, un licor que dispuesto en cajas similares pueden encontrar también, en las rutas alpinas de las montañas suizas, aquellos que transitan el camino. Una suerte de estaciones de cuidado para un caminante que no conocemos pero que pisará el mismo sendero.

Paseando por los pequeños itinerarios —mientras pienso en el porqué de la escasa existencia de proyectos de arte en el espacio público en nuestras latitudes— no puedo dejar de sentir la relación que sobreviene de un modo muy directo entre estas esculturas y el parque, entre el parque y el río, entre el río y las nubes que cubren el cielo y amenazan con descargar el agua que contienen. Como si la mera existencia de estas esculturas afectara el orden del mundo. Como si lo atmosférico, lo morfológico y lo matérico estuvieran en contacto directo. Como si las pequeñas semillas que habitan ahora en el interior de las nueces de bronce pudieran ser el germen de un nuevo comienzo.

‘La fin de Babylone’. KölnSkulptur #9. Colonia. Hasta junio de 2019.